Nadie debe alarmarse ni sorprenderse: toda negociación se hace entre opuestos; toda negociación se hace entre partes cuyas posiciones chocan. La diferencia de visiones y de propósitos manifestada en la rueda de prensa de Oslo, y evidenciada sobre todo en el largo discurso de ‘Iván Márquez’, no implica que será imposible conseguir acuerdos entre el Gobierno y la guerrilla.

Publicado por: Andrés Mejía Vergnaud
Del discurso de las Farc hay partes que son comprensibles, y otras que son sorprendentes. No me sorprende ni su extensión ni su tono: aprovechan esta oportunidad, que hace rato no se les presenta, para decir y decir duro muchas de las cosas que piensan.
Pero muy sorprendente es la estrechez y la inflexibilidad con la cual enfocan los asuntos sociales y de política económica. Se les ve aferrados a ciertos conceptos, e incapaces de examinar otros nuevos. Peor aún (peor para ellos), se les ve obsesionados con temas que, sin carecer de importancia, no son cruciales para resolver los problemas socioeconómicos del país.
Ejemplo de esto es la propiedad de la tierra. No se puede ignorar el drama de quienes han sufrido el despojo o de quienes viven en la pobreza rural. Pero la gran mayoría de problemas de pobreza en Colombia no tienen nada que ver con la propiedad de la tierra. Ubicarlo en el tope de la agenda muestra o desconexión con las realidades nacionales, o primacía del simbolismo histórico: al fin y al cabo, este sí era un tema de mayor importancia cuando nacieron las guerrillas campesinas que luego dieron forma a las Farc. Pero es un error fáctico creer que hoy por hoy la pobreza colombiana es básicamente cuestión de propiedad de la tierra.
Hay partes del discurso que son comprensibles. Uno es la fuerte diatriba de las Farc contra la Ley de Tierras. Es el juego de la negociación: el gobierno quiere presentarse como progresista, y exhibe para ello sus políticas sociales. Tal cosa les quitaría a las Farc parcialmente sus banderas, su espacio de legitimación. Ellas, como contraparte, buscan impedir tal cosa, y por ello su primer paso es descalificar las políticas que el Gobierno exhibe como estandartes sociales. En particular la de tierras, la cual, como decíamos, pertenece al corazón de las Farc: no quieren que su contraparte les robe las que han sido sus banderas históricas.
Las Farc hacen un cálculo político cuando atacan a la locomotora minero-energética, pues podrían hallar sintonía con sectores de la opinión que expresan crecientes temores sobre ese tema. Es importante que al respecto el gobierno sea firme y que no caiga en la debilidad de ceder fácilmente en asuntos como este sólo en virtud de lograr un acuerdo.
Pero las Farc hacen también un cálculo errado, que puede salirles muy mal: que el esfuerzo militar del Estado no es económicamente sostenible. El esfuerzo de guerra es costoso, pero está muy, muy lejos de ver comprometida su sostenibilidad. Dicho esfuerzo podría continuar por muchos años más.
Esto, claro está, no sería lo ideal: podría Colombia ahorrar mucho dolor y muchos recursos con una buena negociación. Y una buena negociación empieza así: con dos partes que se miran cara a cara y se dicen sus puntos de desacuerdo. Lo contrario sería el absurdo de pedir que se empezara por el final.















