El conflicto entre el jugador de Boca Juniors con Mauricio Macri tenía origen en diferencias económicas.

No fue un festejo espontáneo ni una ocurrencia de último segundo, lo que ocurrió aquella noche en la cancha La Bombonera tuvo más de mensaje interno que de celebración pública.
El llamado “Topo Gigio” de Juan Román Riquelme no solo quedó como una postal del Superclásico, fue la forma más visible de un conflicto que ya venía escalando puertas adentro.
El 8 de abril de 2001, en una nueva edición del clásico entre Boca Junios y River Plate, el equipo dirigido por Carlos Bianchi dominaba sin discusión.
El contexto deportivo era favorable, incluso previsible; un Boca sólido, campeón de todo, frente a un rival al que tenía medido. Pero el partido terminó siendo recordado por otra cosa.

El punto de quiebre llegó con un penal en el segundo tiempo. Riquelme ejecutó, Franco Costanzo dio rebote y el ‘10’ definió para el 2-0. A partir de ahí, la escena cambió de eje, carrera corta, frenada brusca, manos en las orejas y mirada fija hacia el palco. No era para la tribuna. Era para la dirigencia.
En ese palco estaba Mauricio Macri, entonces presidente del club, en medio de una relación desgastada con el jugador. El gesto no necesitó explicación en ese momento, aunque públicamente Riquelme eligiera la ironía, “Es para mi hija, que le gusta el Topo Gigio”. La frase funcionó como cobertura, pero el mensaje ya estaba instalado.

El trasfondo era económico y de reconocimiento
Riquelme consideraba que su contrato no reflejaba el peso que tenía en un equipo que venía de ganar torneos locales, Copas Libertadores y una Intercontinental.
Desde el club, en cambio, la postura era sostener lo firmado y evitar excepciones que alteraran la estructura salarial.
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La diferencia no era menor, para el jugador, era una cuestión de valoración; para la dirigencia, de política institucional.
🔙 Se cumplen 25 años del “TOPO GIGIO” de Juan Román Riquelme. pic.twitter.com/UeejHXHujs
— JS (@juegosimple__) April 8, 2026
El “Topo Gigio” terminó siendo la ruptura simbólica. A partir de ese momento, la convivencia quedó prácticamente sin retorno.
Meses después, su transferencia al FC Barcelona por una cifra récord para el fútbol argentino terminó de cerrar el ciclo.
Veinticinco años después, la imagen sigue vigente no solo por lo que representó dentro de la cancha, sino por lo que expuso fuera de ella, la tensión entre la figura y la estructura, entre el rendimiento deportivo y el reconocimiento económico.
















