Más de 600 familias viven sobre un terreno en reptación. Estabilizar la ladera cuesta más de $80.000 millones y aún no tiene financiación asegurada.

Publicado por: Danilo Cárdenas
Los habitantes del asentamiento rural de Miramanga, en Bucaramanga, siguen durmiendo con el fantasma del fenómeno de La Niña en sus pesadillas. En 2022, la temporada de lluvias hizo que colapsaran 14 viviendas, se declarara la calamidad pública y más de 60 familias tuvieran que ser desalojadas. Hoy, casi cuatro años después, el Municipio sigue esperando los recursos del Gobierno nacional para iniciar las obras de mitigación.
“Miedo y zozobra”, así describe Milena Granados, líder comunal de la zona, la manera en que vive su comunidad. La gran mayoría de las familias ha logrado reconstruir sus casas, pese a que el sector sigue en riesgo de deslizamiento. Muchos recibieron subsidios de arriendo durante meses, pero, al terminarse, no tuvieron más opción que regresar a habitar el mismo terreno inestable.
Según Didier Rodríguez, director de la Unidad Municipal de Gestión del Riesgo, la obra supera los $80.000 millones. Se trata de un precio calculado en 2024, por lo que aumentaría al actualizarse a 2026 con la inflación y el alza del salario mínimo. Para dimensionar la cifra, equivale a una porción considerable del presupuesto de inversión de una dependencia municipal en un año, una suma que, según Rodríguez, el municipio no está en capacidad de asumir por sí solo.

Mientras esa discusión presupuestal avanza en oficinas, cientos de familias siguen viviendo sobre un terreno que continúa desplazándose lentamente, centímetro a centímetro, cada año.
En estos casos, el procedimiento consiste en elevar la petición a las entidades departamentales y nacionales de gestión del riesgo. En ambos casos, las respuestas fueron negativas. Rodríguez aclara un punto importante: que el proyecto llegue completo no obliga a la Nación a financiarlo; no es una camisa de fuerza. Además, queda sujeto al director de turno.
Desde la entidad esperan presentar nuevamente el proyecto ante el nuevo Gobierno nacional para gestionar los recursos. Pero el tiempo corre en contra: el estudio ya está en fase 3 y, si no se consiguen los fondos, perderá vigencia hacia 2028 y habría que replantearlo desde cero. Cada año que pasa sin obras es también un año en que el suelo sigue cediendo bajo las casas. Lea: Temor en el barrio Miramanga de Bucaramanga por posible nuevo deslizamiento
Mientras no se ejecuten las obras de estabilización, el asentamiento tampoco podrá legalizarse. Eso mantiene congelados proyectos como el alcantarillado y la independización de las redes de acueducto: sin terreno firme, no hay servicios formales ni certeza jurídica sobre la tierra que habitan.
Según el estimado de la JAC, en Miramanga viven más de 600 familias, mínimo 2.400 habitantes, entre ellos niños, adultos mayores, mujeres embarazadas, población desplazada y migrantes venezolanos. Es decir, población en alta vulnerabilidad asentada sobre una zona de riesgo.
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¿Qué es la reptación y por qué es peligrosa?
El fenómeno que afecta a Miramanga no es un derrumbe repentino, sino lo que los geotecnistas llaman reptación: un movimiento en masa muy lento que, según Gestión del Riesgo, avanza cerca de un centímetro por año. A simple vista, el terreno parece quieto, pero, de forma constante, el suelo se desplaza ladera abajo y arrastra consigo lo que tenga encima. Su peligro está en el sigilo: no da avisos claros como una avalancha, sino que va agrietando poco a poco las paredes, fracturando las placas y desnivelando los cimientos, hasta que la estructura cede.
El riesgo mayor aparece cuando se suma el agua. En temporadas de lluvias intensas, como la que trajo el fenómeno de La Niña en 2022, el terreno se satura, el movimiento se acelera y lo que tardaría años en ocurrir puede desencadenarse en semanas. Eso fue lo que quebró las viviendas hace casi cuatro años y es lo que la comunidad teme que se repita mientras no haya obras.
Para frenar ese proceso, el estudio en fase 3 contempla tres tipos de intervención. Las pantallas ancladas son muros reforzados que se sujetan a la parte firme y profunda de la montaña mediante largos tensores metálicos, para sostener el talud desde adentro. Los muros de contención son estructuras que se levantan al pie de la pendiente para contener el empuje de la tierra e impedir que siga bajando. Y los pilotes son columnas que se hincan en el subsuelo hasta alcanzar un estrato estable, de modo que anclan el terreno y le devuelven firmeza. Juntas, estas obras buscan estabilizar la ladera y detener la reptación que amenaza al asentamiento.














