Hace 12 años, Juliana Galindo* fue maltratada en la calle por un hombre que quiso violarla, pero no pudo. Hoy, esta mujer de 35 años aún no sabe explicar de dónde sacó la fuerza para impedirlo. Testimonio.
Publicado por: REDACCIÓN SÉPTIMO DÍA
El camino que separa la casa de mi papá del centro comercial, al sur de Bucaramanga, me sigue pareciendo oscuro y muy solo, a pesar de los conjuntos residenciales, la iglesia, el parque y los carritos de perros. Antes, cuando recién había cumplido los 23 años, ese mismo trayecto de 10 minutos me resultaba inofensivo y entonces sí que era solo, oscuro y lleno de maraña. Atravesarlo era una travesura, un desafío a tanta cantaleta. A mí no me podía pasar, decía sin pensarlo. Pero no faltaba el taxista que me recordaba el mito del violador cuando frenaba en plena vía para gritarme que me cuidara, que ese no era un sitio para que caminara sola. Yo, intocable, solamente apretaba el paso. Sí que estaba advertida. Sabía que el lugar durante la noche podía ser el retrato de una escena de terror. Sabía que un hombre podía aparecer de la nada con las ganas locas de dañarle la vida a una muchachita como yo. Y sabía que en el caso de que esa tragedia sucediera, había muy pocas posibilidades de que alguien oyera los gritos de la víctima. Pero, como suele ocurrir, todo lo olvidé ese sábado, pasada la medianoche, cuando regresaba del centro comercial con mi novio. Ya no recuerdo el mes y mucho menos el día, pero debía ser un sábado. El ataqueFue tal vez en la mitad del camino, cuando Lucas*, mi novio, quiso parar a orinar y yo seguí de largo unos cuantos metros. Hacía frío y llevaba puesta una de mis chaquetas favoritas. También unos tenis rojos. Ahora pienso que a los 23 años, definitivamente, caminar en la oscuridad no es un problema cuando estás acompañada y enamorada. No pensé en el mito. Pasó, quizá, un minuto. Y cuando me di la vuelta para esperar a Lucas, vi cómo un hombre que venía por la misma acera lo sobrepasaba y caminaba directo hacia mí. Un transeúnte más, pensé. Alguien del barrio. No desconfié. La luz débil de un poste me dejó ver a un hombre de unos 38 años, recién afeitado y con la camisa bien puesta. Todo sucedió muy rápido. Cuando lo tuve al lado me cogió con fuerza del brazo y me arrastró hacia la maleza, a unos 10 metros del borde de la carretera. Lucas corrió para alcanzarnos y como si tuviera un guión escrito, el hombre empezó a dar órdenes que los dos fuimos cumpliendo sin reaccionar. - Tírese al suelo le gritó a Lucas. Él obedeció mientras intentaba balbucear que éramos estudiantes, que sólo teníamos el dinero que estaba en su billetera, que podía llevarse los tenis e incluso mi chaqueta. Yo, la verdad, en ese momento no alcancé a pensar que ese hombre pudiera ser algo más que un ladrón de barrio y tal vez, por eso, tampoco me resistí cuando sacó una navaja y me la puso en el cuello mientras le exigía a Lucas que se quitara los cordones de los zapatos.Me ordenó que le entregara la chaqueta y luego se descontroló gritando que no lo miráramos. Le amarró las manos a Lucas con los cordones y le tapó la cabeza con mi chaqueta. Ahí supe que ese hombre de baja estatura que sudaba a borbotones era, tristemente, mucho más que un ladrón de billeteras. Hoy, cuando lo pienso, 12 años después, con rabia por el mal recuerdo, no entiendo cómo en menos de la nada, por culpa de nuestra estupidez y de una mezcla de miedo, buena fe e inocencia, Lucas quedó amarrado a dos metros de donde el hombre, excitado, ya estaba sobre mí. Los dos, boca abajo literalmente, estábamos a merced de un loco. Enseguida, sentado en mi espalda, utilizó mis cordones para amarrarme las manos. Aún no puedo entender cómo no quedé petrificada por el miedo. Le di patadas, logré desatar los cordones en dos ocasiones pero los volvió a amarrar, hasta pude voltearme y con rabia le grité que lo denunciaría. Enfurecido trozó su camisa y me amordazó pero opuse resistencia. De nuevo la lucha, una lucha que parecía gustarle. Me chuzó con la punta de la navaja en el cuello. Mi boca estaba reventada por el forcejeo, los minutos pasaban y como era de esperarse, finalmente su fuerza me dominó.Pensar en resistirDe cara sobre la maleza y amarrada de las manos, tuve unos pocos segundos para pensar lo siguiente: si este hombre me viola mi vida será triste, muy triste. Una tristeza que no creía poder soportar.Y porque las cosas tienen que ocurrir, mientras él por primera vez intentaba bajarme el pantalón, alcé la cabeza y vi que un carro se acercaba. Sabía que no nos vería en medio del monte, pero tal vez me oiría. Grité, lo hice tan desesperadamente que asusté a mi victimario. Era un taxi y alcanzó a disminuir la velocidad durante unos pocos segundos que bastaron para que el hombre, acobardado, saliera corriendo montaña abajo, llevándose los zapatos y mi chaqueta. Cuando todo se calmó sólo escuché la respiración de Lucas, que indefenso, había tenido que soportar mis lamentos. Estaba pálido del susto. Con esfuerzo nos desamarramos y terminamos de recorrer el camino hasta la casa de mi papá. Lucas, con la frustración atravesada en su corazón y yo, con una furia que me desbordaba.Es difícil saber cómo el instinto de conservación te hace reaccionar cuando te amenazan. Yo tuve suerte. Aún no se cómo pero mi agresor no tuvo la oportunidad de tocarme. Muchas veces he pensado que era la primera vez que intentaba algo así. Y siento alivio de mi hipótesis. Sin embargo, aún no logro borrar la cara de tristeza de mi papá. Me acuerdo verlo parado en la puerta de mi habitación, en silencio, perplejo, mientras mi mamá revisaba las heridas de la navaja. Mi cuerpo se brotó totalmente, como si tuviera una alergia. Quizás como una reacción tardía ante ese doloroso intento de violación.Nunca tuve una pesadilla con lo ocurrido; tampoco creí ver a mi agresor en cada hombre que me generaba desconfianza. Durante mucho tiempo no volví a caminar por el sector y hoy, cuando muy de vez en cuando lo hago, siempre me quedo mirando el lugar exacto del ataque, pero pronto lo olvido.Lucas, en cambio, sí soñó y volvió a soñar con ese hombre. Decía que quería agredirlo en sus sueños para calmar la impotencia a que fue doblegado esa noche.* Nombres cambiados.














