“De niño quería ser taxista, porque ellos llevaban a las personas a los lugares donde eran felices”: esta frase resume la filosofía de vida de Julián Pérez, emprendedor santandereano y becario del programa Lideremos.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Cuando era niño, Julián quería ser taxista. Su mamá, algo desconcertada, le preguntó por qué.
Lea también: Del servicio al liderazgo transformador: la historia de Maylin Jaramillo
-“Porque los taxistas nos llevan al lugar donde somos felices”, respondió él.
En su memoria infantil, los trayectos en taxi estaban cargados de magia: a casa de los abuelos, al cine, a los paseos. Ir en taxi era sinónimo de alegría. Años después, Julián quiere hacer eso: llevar a otros, desde lo empresarial o lo personal, a esos lugares donde puedan ser más felices.
Nació en Bucaramanga, de familia santandereana “de muchas generaciones hacia atrás”. Pero su infancia transcurrió en Bogotá. Eso lo volvió, según recuerda entre risas, un niño sin lugar: en Bogotá lo identificaban como santandereano y en Bucaramanga lo apodaban “el rolo”.
Durante años hizo un viaje de ida y vuelta entre ciudades. Bogotá era el lugar donde estudiaba; Santander, el que guardaba las raíces. Esa doble pertenencia, así como ese desplazamiento constante, fueron moldeando a un niño curioso, observador y sobre todo, muy despierto para los negocios.
A los siete años ya tenía su “empresa” de lustrado de zapatos, con su papá como cliente y su mamá como junta directiva. También montó una fábrica de limonadas que producía para un único consumidor: su papá. “Pero mi mamá me enseñaba a leer sus gustos, a generar valor. Y yo me lo tomaba muy en serio”.

El liderazgo como camino
Julián siente que la vida lo fue poniendo, poco a poco, en el camino del liderazgo. Ha sido emprendedor casi toda su vida. Solo tuvo empleo formal ocho meses. Lo demás ha sido una construcción propia, entre empresas, docencia universitaria y trabajo con comunidades. “Hoy siento que lo que hago es ser ese taxista de mi infancia. Solo que ahora conduzco proyectos, ideas, equipos humanos… hacia lugares donde puedan ser felices”.
Publicidad
Su vocación por enseñar y acompañar también nació temprano. En su juventud, tuvo un tío empresario que lo marcó profundamente. Lo recuerda como su primer mentor. “Él me escuchaba con paciencia. Yo le contaba mis problemas y antes de terminar ya sabía lo que iba a decirme. Me hacía sentir que no estaba solo, que eso que me pasaba ya lo había vivido él. Me decía: no es que seas de malas, es que así es la vida”. Años después, Julián se convertiría en mentor para otros. Hoy acompaña procesos en la Fundación Bolívar Davivienda, en Clean Tech Hub, en la Cámara de Comercio de Bucaramanga. Y está atento en su página web: julianpr.com.
Cree profundamente en el poder de las redes humanas para transformar la sociedad desde adentro.
Cuando le preguntan por el fracaso, es honesto. Emprender es navegar en la incertidumbre. Y también cargar con estigmas. “Si pierdes tu empleo, eres desempleado y la gente te ayuda. Si pierdes tu empresa, nadie dice que eres ‘desempresado’. Dicen que fracasaste. Y eso da miedo. Un miedo muy hondo”.

Durante la pandemia, Julián vivió uno de sus momentos más difíciles. Estuvo gravemente enfermo de COVID. Pasó más de 10 días hospitalizado, a punto de ser ingresado a UCI. “Alcancé a organizar mis cosas. A hacer una especie de despedida”. Pero su cuerpo resistió. Se recuperó. Y algo en él cambió.
De esa experiencia nació uno de sus proyectos más significativos: Trabajo sí hay. Un ecosistema de empleabilidad gratuito, que ya supera el 1.3 millones de seguidores en LinkedIn y ha impactado a miles de personas en búsqueda de oportunidades: “Cuando salí de la clínica, vi la necesidad. El desempleo superaba el 20 %. Las empresas no encontraban talento. Y muchos necesitaban herramientas. Fue el momento de hacer algo útil con lo que sabía”. Hoy lidera esa comunidad, casi solo, con ayuda de su equipo y voluntarios. Su sueño es convertirla en un legado que lo trascienda.
“No negocio la felicidad”, dice sin dudar. Tampoco la honestidad. “Un principio no es un principio hasta que te cuesta dinero”, afirma. Y lo ha comprobado: ha tomado decisiones difíciles por mantenerse fiel a lo que cree. Como cuando después de pagar la nómina caminaba a casa porque no le quedaba ni para el bus. Para él, la felicidad es el verdadero motor. “No hablo de alegría. Hablo de bienestar, de sentido, de poder cerrar el día sintiendo que valió la pena”.

Hoy participa en el programa Lideremos, donde comparte espacio con líderes de distintos sectores. Cada sábado sale de allí transformado: “Me vuelvo mejor persona, mejor ciudadano, mejor profesional. Siento que ahí está la fuerza: en rodearse de gente que también quiere construir”.
Publicidad
Cuando piensa en su legado, sueña con que lo recuerden con una frase: “Una vez conocí a un señor que se llamaba Julián. Me dijo algo. Me acompañó. Y sin saberlo, me cambió la vida”. Si alguien lo dice dentro de 20 años, él sentirá que todo valió la pena.














