Antes de morir, Beatriz González alcanzó a participar en la planeación de esta exposición. Desde el 12 de junio, el Astrup Fearnley Museet de Oslo presenta una gran retrospectiva con más de 150 obras de la artista bumanguesa.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Beatriz González alcanzó a ayudar a planear esta retrospectiva antes de morir. Es, de alguna manera, una última conversación con una artista que pasó más de seis décadas mirando a Colombia con ironía, con ternura y, muchas veces, con dolor.
El 12 de junio, el Astrup Fearnley Museet de Oslo abre al público una gran retrospectiva dedicada a González, nacida en Bucaramanga en 1932 y fallecida en Bogotá en enero 9 de 2026. La muestra reúne más de 150 obras y propone un recorrido amplio por su trayectoria: desde sus primeras pinturas de los años sesenta hasta sus últimos trabajos, atravesados por la violencia política, la memoria colectiva, el desplazamiento, las imágenes de prensa y las heridas que deja la historia.
“Hay artistas que pintan lo bello; Beatriz González pintó lo que un país no siempre sabía cómo mirar”, podría decirse al recorrer su obra. En sus cuadros, muebles intervenidos, grabados, telones, papeles de colgadura e instalaciones monumentales aparece una Colombia hecha de noticias, retratos oficiales, fotografías borrosas, tragedias repetidas y colores que parecen alegres hasta que uno se queda mirando un poco más.

La propia artista lo resumió en una frase que hoy vuelve a sentirse como una clave de lectura: “El arte dice cosas que la historia no puede”. Esa declaración, citada por el Astrup Fearnley Museet, acompaña una exposición que entiende su obra no solo como producción estética, sino como una forma de testimonio.
Beatriz González fue pintora, grabadora, curadora, historiadora del arte, crítica y maestra. Estudió Bellas Artes en la Universidad de los Andes y muy pronto comenzó a ocupar un lugar singular dentro del arte colombiano. En 1964 realizó una de sus primeras exposiciones individuales en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, y en 1965 su obra Los suicidas del Sisga, inspirada en una fotografía de prensa, marcó un punto de quiebre. Allí ya estaba una de sus obsesiones: tomar una imagen aparentemente pasajera y convertirla en una pregunta duradera.
A diferencia de otros artistas de su generación, no buscó imitar las grandes corrientes europeas o estadounidenses. Su mirada se posó en los objetos cotidianos, en las imágenes populares, en las estampas religiosas, en los periódicos, en los muebles baratos, en las reproducciones gastadas de obras famosas. Con esos materiales construyó un lenguaje propio. Por eso, aunque muchas veces se la ha relacionado con el arte pop, su obra va más allá de esa categoría: en ella hay sátira, sí, pero también duelo; hay humor, pero también una conciencia profunda de la violencia.

La retrospectiva en Oslo permite ver esa evolución. En sus primeros trabajos aparece el juego con la historia del arte occidental: Vermeer, Velázquez, Manet, Leonardo da Vinci, todos filtrados por una mirada colombiana, irreverente y “de provincia”, como ella misma llegó a nombrarse. Luego vienen los muebles, las camas, las mesas, los televisores, los objetos domésticos convertidos en soportes de pintura. Y más adelante aparece con fuerza la Colombia política: los presidentes, los muertos, las víctimas, las madres que lloran, las comunidades desplazadas, los cuerpos anónimos.
Desde el Barbican Centre de Londres, donde la muestra se presentó antes de viajar a Oslo, Shanay Jhaveri, jefe de Artes Visuales de la institución, destacó que la obra de González ha influido en generaciones de artistas y pensadores en el mundo. Según señaló, su práctica habla de conflicto, duelo, memoria y del poder que pueden tener las imágenes cotidianas, temas que siguen resonando con públicos globales.
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La exposición es una coproducción entre la Pinacoteca de São Paulo, el Barbican Centre de Londres y el Astrup Fearnley Museet de Oslo. Antes de llegar a Noruega, la retrospectiva pasó por São Paulo y Londres, confirmando algo que en Colombia se sabe desde hace tiempo: Beatriz González es una figura fundamental para pensar el arte latinoamericano contemporáneo.

Uno de los momentos más conmovedores de su trayectoria es Auras Anónimas, intervención realizada en los Columbarios del Cementerio Central de Bogotá. Allí, González trabajó con siluetas de cargueros que llevan cuerpos, una imagen repetida como un eco, como una procesión interminable. La obra no grita, pero acompaña. No explica la violencia, pero la vuelve imposible de ignorar.
Esta restropsectiva llega después de su muerte y su hijo, Daniel Ripoll, expresó en medio de la bienvenida a la exposición unas palabras conmovedoras: es la segunda vez que lo hace solo, sin la maestra a su lado.
Sus imágenes siguen hablando. Hablan de cualquier sociedad que haya intentado esconder su dolor bajo discursos oficiales, ceremonias, retratos, cortinas o titulares de prensa.
La muestra estará abierta hasta el 11 de octubre de 2026 en el Astrup Fearnley Museet, en Oslo.















