Un viaje visual por el color, la ironía pop y el luto de un país. Descubra las cinco piezas definitivas para entender la monumental exposición de Beatriz González en la Barbican Art Gallery.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Si trazáramos una línea imaginaria por las salas de la Barbican Art Gallery en Londres, descubriríamos un arco estético impecable que define a Beatriz González: una travesía que arranca en la irreverencia de un pop muy nuestro y desemboca en el luto profundo por la historia de Colombia.


Gracias a las revelaciones que su hijo, Daniel Ripoll, compartió con Vanguardia sobre el montaje de esta retrospectiva, podemos desentrañar cinco obras que funcionan como paradas obligatorias para entender a la Maestra.

1. Los suicidas del Sisga (1965): Aquí está el big bang de su carrera. Beatriz González toma una decisión radical que se convertirá en su brújula estética: mirar la tragedia cara a cara, sin maquillarla. A partir de una fotografía de crónica roja, ese recorte de realidad hecho para el consumo rápido y el morbo, la maestra congela el instante. En el proceso, inventa su propia gramática visual: figuras planas, trazos exactos y una paleta de colores que, en lugar de invitar a la empatía, incomoda. Al elevar una imagen “menor” al rigor del lienzo, González nos da un golpe de realidad. No hay expresionismo ni lirismo poético; hay una frialdad casi forense que obliga al país a mirarse en un espejo implacable. Es su lección inaugural sobre cómo pintar lo insoportable sin volverlo un espectáculo.

2. “Nací en Florencia y tenía veintiséis años cuando fue pintado mi retrato…” (1974): Esta es la bisagra donde la maestra le guiña un ojo, y a la vez desafía, a la historia del arte occidental. Beatriz González no se conforma con citar a la icónica Gioconda; la arranca de su pedestal museístico y la incrusta en un objeto utilitario, en un mueble cotidiano. Con esa piel naranja, insolente e inverosímil, desarma las jerarquías del “buen gusto” y transforma la reliquia intocable en una imagen reproducible y maravillosamente vulgar. Como bien señala el crítico británico Alastair Sooke, hay aquí una magistral subversión de la mirada patriarcal: la mujer ya no es un objeto sublime para la contemplación, sino un artefacto bajo el control absoluto de una artista latinoamericana que no pide permiso para reescribir la historia a su antojo.

3. África Adiós (1968): La chispa de esta obra fue una simple postal enviada por su hermana, pero el resultado es una disección brillante de la monarquía. Beatriz González, una verdadera cazadora de las maquinarias de poder ocultas en la cultura visual, pinta a la reina Isabel II con un tono salmón, casi como una turista insolada. Ese color es una trampa: primero te atrae por su rareza, luego te revela que el símbolo supremo del imperio ha sido despojado de su aura y convertido en un cuerpo terrenal. Esta pieza anticipa una de sus grandes genialidades: demostrar que la ironía no es un chiste vacío, sino un método agudo para desinflar la solemnidad con la que se viste el poder.

4. Señor presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico (1987): Llegamos a un punto de quiebre. La mirada de González se afila y se clava en la clase dirigente colombiana. Tomando como base el protocolo, los uniformes y las sonrisas oficiales que buscan fabricar “historia”, la Maestra desnuda la farsa institucional. Transforma al expresidente Belisario Betancur y a su cúpula militar en criaturas verdosas, grotescas, casi reptilianas. Esta monstruosidad no es un capricho estético, sino la traducción visual de una profunda desconfianza cívica. El espectador queda atrapado entre la risa nerviosa y la repugnancia. Aquí, la crítica social abandona el tono pop y se convierte en una cruda anatomía moral del país.

5. Autorretrato desnuda llorando (1997): El final de este recorrido marca el silencio ensordecedor de las víctimas. Los colores estridentes se apagan para dar paso a tonos crepusculares y a una atmósfera que no grita, sino que pesa. Colombia deja de ser noticia para convertirse en un duelo perenne marcado por los desaparecidos y la espera. En un gesto de vulnerabilidad absoluta, González se pinta a sí misma desnuda, con la piel de un azul espectral y el rostro escondido entre las manos. Al usar su propio cuerpo, nos dice que la tragedia no se mira desde la barrera: atraviesa el tejido social y se aloja en nosotros. Es una imagen magistralmente contenida, alejada de cualquier sentimentalismo fácil, y es precisamente en ese silencio donde el golpe duele más.












