Tras su partida el pasado 9 de enero, el legado de Beatriz González aterriza hoy en el Barbican de Londres con su mayor retrospectiva europea. La muestra consagra a la artista que transformó el color y los objetos cotidianos en un archivo ético de la memoria del país.

Publicado por: Redacción Cultural
Aquel 9 de enero, Bogotá no solo despidió a una pintora; le dijo adiós a la artista que transformó el lienzo en el archivo ético y visual de nuestra memoria colectiva. La partida de Beatriz González, a sus 93 años, se sintió como el cierre de un capítulo fundamental para el arte latinoamericano, pero su narrativa cobra una relevancia casi profética en el Reino Unido.
Este miércoles 25 de febrero, la Barbican Art Gallery de Londres inaugura la que es ya la primera gran retrospectiva póstuma de su obra. El evento no ha pasado desapercibido para la crítica europea: Alastair Sooke, director de crítica de arte de The Telegraph, la ha calificado como una exhibición que “abre los ojos” de par en par, ofreciendo perspectivas frescas y desgarradoras sobre la dialéctica entre la vida y la muerte en esta era saturada por el consumo mediático.
Para el ojo desprevenido, la obra de Beatriz González puede confundirse con el Pop Art tradicional por su uso de formas gráficas planas y colores eléctricos. Sin embargo, como bien anota Sooke, lo que en Andy Warhol podía ser frivolidad, en Beatriz es un lamento por las víctimas de la violencia que cicatrizó a Colombia. Es, en sus palabras, una exhibición poderosa y conmovedora que busca sacudir.
La retrospectiva arranca desafiando las jerarquías del arte occidental. Allí, entre las paredes del Barbican, destaca esa Mona Lisa de piel naranja incrustada en un perchero, una pieza que la crítica británica ha recibido como un golpe subversivo a la mirada masculina. Pero quizás lo más irreverente para el público inglés sean sus retratos de Isabel II. Basados en una postal, la Maestra pintó a la Reina con un tono rosa salmón, casi como si fuera una turista sofocada en Costa Caribe; un uso del color que genera una inquietud inmediata y que Beatriz González perfeccionó para satirizar a la clase dirigente de su país.
La crónica visual de la Maestra no tuvo piedad con el poder. En la muestra, cuadros como “Señor Presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico”, de 1987 (Óleo sobre papel. 150 x 150 cm), nos devuelven la imagen de Belisario Betancur y sus generales transformados en duendes de ojos reptilianos y pieles verde cocodrilo. Es la estética de la náusea política.
Sin embargo, la muestra hace referencia al quiebre fundamental en la pintura de la maestra en los años 90, cuando dejó de pintar a los gobernantes para enfocarse en el rostro del dolor. Su paleta se volvió crepuscular, abandonando los ácidos por los borgoñas, mostazas y verdes botella para retratar a las madres y esposas que buscaban a sus desaparecidos. El “Autorretrato desnuda y llorando”, de 1997, con su piel teñida de un azul espectral, se levanta en la sala como la síntesis de su concepto: “El arte dice cosas que la historia no puede”.
Aunque algunos sectores criticaron en su momento su técnica como “torpe”, la mirada especializada de Londres hoy celebra ese estilo “faux-naïf” (del francés “falso ingenuo” y que describe un estilo artístico o literario que adopta deliberadamente una apariencia de simplicidad), como una decisión brillante para minar la cultura visual kitsch.
Beatriz González nos dejó una arquitectura del pensamiento. Fue curadora, historiadora y, sobre todo, la guardiana de esas “Auras Anónimas” que hoy cubren los columbarios de Bogotá. Al final del recorrido en el Barbican, el papel de colgadura evoca precisamente ese cementerio. Aunque la Maestra se ha ido físicamente su capacidad para transformar la tragedia en una imagen eterna nos seguirá abriendo los ojos.
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Cinco obras clave para entender la retrospectiva en el Barbican
Si recorriera las salas de la Barbican Art Gallery, estas son las cinco piezas que trazan el arco narrativo y estético de Beatriz González, desde la irreverencia pop hasta el lamento por la historia de Colombia:
1. Los suicidas del Sisga (1965) La pieza fundacional. Nacida de una fotografía de crónica roja, esta pintura define su gramática visual: figuras planas, contornos firmes y un color que golpea. Es el momento en que la Maestra decide que la tragedia no necesita sentimentalismos para ser retratada, sino una verdad cruda.
2. Nací en Florencia y tenía veintiséis años cuando fue pintado mi retrato..." (1974). Una apropiación subversiva que la crítica británica ha aplaudido. González incrustó un simulacro de la Gioconda, con una inusual piel naranja, en un mueble cotidiano. Es un desafío directo a las jerarquías del arte occidental, al “buen gusto” y, según Alastair Sooke, un golpe magistral a la mirada masculina tradicional.
3. África Adiós (1968) - El retrato de Isabel II La ironía aplicada a la monarquía. Basada en una postal que le envió su hermana, la artista pintó a la fallecida reina con la piel rosa salmón, asemejándose a una turista sofocada por el sol caribeño. Es un uso del color que genera incomodidad inmediata y anticipa su genialidad para la sátira.
4. Señor presidente, qué honor estar con usted en este momento histórico (1987) La estética de la náusea política. Inspirada en la clase dirigente colombiana, esta obra transforma al expresidente Belisario Betancur y a sus generales en una suerte de duendes con ojos reptilianos y pieles verde cocodrilo. El ceremonial del poder desnudado como una monstruosidad.
5. Autorretrato desnuda llorando (1997) El giro hacia el silencio de las víctimas. Representa la etapa en la que la Maestra cambió los colores ácidos por tonos crepusculares. En esta obra, con su piel teñida de un azul espectral y el rostro oculto entre las manos, González encarna el dolor universal de las mujeres y madres que buscan a sus desaparecidos.
















