Después de diez años en los bancos y una crisis de salud que lo llevó a preguntarse qué quería hacer con su vida, Christian Albarracín encontró en el papel elaborado con bagazo de caña una forma de hablar de fragilidad y resistencia. Ahora incorpora la piedra a sus esculturas y se prepara para llevarlas al espacio público.

Publicado por: Redacción Cultural
Antes de construir cuerpos con miles de capas de papel, Christian Albarracín pasó diez años entre bancos, números y finanzas. Su llegada al arte no siguió el camino previsible de las academias ni comenzó con la certeza de quien conoce de antemano su oficio. Fue, más bien, una decisión tomada entre el miedo, la enfermedad y la sensación de que la vida se le podía acabar sin haber intentado hacer aquello que realmente quería.
“Yo primero trabajé diez años en bancos. Siento que la misma vida te va empujando hacia lo que vas haciendo, hacia lo que vas anhelando. Si la vida no me hubiera empujado, creo que no habría tomado el paso de ser artista”, contó Albarracín en entrevista con Vanguardia.
Después de dejar su trabajo atravesó varias complicaciones de salud y estuvo hospitalizado en tres ocasiones. Esa fragilidad terminó por convertirse en una pregunta urgente.
“Ese momento de salud me dio un empuje adicional para decir: ‘¿Qué quiero hacer con mi vida?’. No quería irme de esta vida sin hacer lo que me gusta”, recordó.
Años después, esa experiencia parece continuar escondida en su obra. Las capas de papel con las que construye sus esculturas hablan de fragilidad, pero también de resistencia: una superficie sola puede romperse; cientos o miles, unidas, terminan formando un cuerpo.
Albarracín nació en Bogotá en 1984. Es publicista de formación y durante años estuvo vinculado al teatro y a las artes escénicas. No estudió Artes Plásticas y, todavía en 2020, prefería presentarse como alguien que seguía explorando un lenguaje propio antes que asumir sin reparos el título de artista plástico.

Su relación con la escultura comenzó entre escenarios, escenografías y obras interactivas. Le interesaban las piezas que permitían al público acercarse, tocarlas, intervenirlas o convertirse por unos minutos en parte de ellas. Esa influencia teatral continúa presente en sus figuras: cuerpos detenidos en medio de un gesto, como personajes que parecen sostener un monólogo sin pronunciar palabra.
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Su obra tampoco nació en la quietud de una galería. Antes de circular por ferias internacionales, Albarracín trabajó en proyectos sociales y culturales con comunidades de Bogotá. Desarrolló intervenciones con materiales reciclados y colaboró con las alcaldías locales de Chapinero, Engativá, Usaquén y Kennedy, entre otras, en iniciativas relacionadas con el medioambiente, el manejo de residuos, la convivencia y la recuperación de espacios públicos.
En algunos de esos procesos participaron mujeres, niñas y niños, personas mayores e integrantes de la población LGBTIQ+. Las esculturas podían ser pintadas e intervenidas por quienes habitaban el territorio. La intención era que la obra dejara de ser un objeto distante y se convirtiera en un bien común, ligado a la memoria de la comunidad. Una entrevista publicada por Pez Linterna documentó esos primeros proyectos.
Por eso su deseo de llevar las nuevas esculturas a parques, calles y plazas no representa un giro repentino. Es, más bien, un regreso a una inquietud que apareció antes del reconocimiento, los coleccionistas y las ferias: cómo hacer que una obra conviva con las personas y no permanezca encerrada en un espacio reservado para quienes ya conocen los códigos del arte.

Capas de papel
En sus primeros años, Albarracín tomó lo que tenía a mano: estuco, objetos en desuso y materiales que no necesariamente pertenecían al vocabulario tradicional de la escultura. No esperó a dominar el óleo, la pintura o el modelado. Empezó a experimentar.
En esa búsqueda encontró el papel elaborado con fibras de bagazo de caña de azúcar, un residuo agrícola que queda después de extraer el jugo de la caña. Durante más de ocho años investigó de manera autodidacta su gramaje, textura y durabilidad, hasta desarrollar una técnica propia que denomina “composiciones tridimensionales en capas de papel”.
El procedimiento recuerda la construcción de un mapa topográfico. Primero observa el entorno y toma fotografías. Después analiza los cuerpos, dibuja sobre ellos curvas que determinan el volumen y calcula cada capa de manera individual. Las láminas son impresas, cortadas y ensambladas a mano hasta que el papel deja de ser una superficie y adquiere cuerpo.
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Dependiendo de la pieza, puede utilizar entre 800 y 8.000 capas. Algunas esculturas miden apenas 30 centímetros; otras alcanzan los dos metros. Albarracín también las somete al agua y al ambiente natural para estudiar su resistencia. Su producción utiliza, según las cifras suministradas por su equipo, cerca de 30.000 unidades de papel reciclable y alrededor de 6.000 láminas al año. La Galería Duque Arango ha descrito el carácter metódico y manual del proceso.
La elección del bagazo no es solamente una respuesta ambiental. También contiene una contradicción que atraviesa su trabajo: utilizar un material considerado débil para construir objetos que aspiran a permanecer. El papel, tradicionalmente entendido como soporte para el dibujo o la escritura, se convierte en la materia principal de la escultura.

Los cuerpos anónimos de la ciudad
Con esas capas, Albarracín decidió no construir autorretratos ni representar a personas reconocidas. Volvió la mirada hacia quienes caminan, esperan, se sientan o permanecen de espaldas en las calles.
“No quise retratarme a mí mismo ni retratar personas conocidas. Quise registrar a esas personas anónimas que están en la calle, que están en la ciudad”, explicó.
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De esa observación nació Sujetos de Ciudad, una serie construida a partir de posturas y cuerpos cotidianos. Los rostros no permiten identificar a las personas que sirvieron como referencia. Lo importante no es saber quiénes son, sino descubrir algo propio en ellas.
La serie de las espaldas adquirió un sentido particular durante la pandemia. Mientras los tapabocas ocultaban los rostros y la distancia limitaba el contacto, Albarracín encontró en esos cuerpos sin identidad visible una manera de hablar del aislamiento que ya existía en las ciudades y que la emergencia sanitaria hizo más evidente. Su perfil en Contemporary Art Projects USA relaciona esa etapa con la distancia y la dificultad para reconocernos.
Algunos coleccionistas, contó el artista, le han dicho que descubren en una figura la manera de pararse de un esposo o la postura de un padre. La obra deja de representar a una persona concreta y comienza a contener muchas historias.
“Quise registrar lo real, a esas personas reales. Creo que estamos cansados de ese ambiente de las redes sociales, del postureo, de tener que sentarse de determinada forma o mostrar cierto cuerpo”, afirmó.
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Su interés está en colocar a esos cuerpos en un mismo nivel, sin jerarquías determinadas por el origen, la apariencia o la clase social. En sus esculturas, una espalda puede pertenecer a cualquier ciudad y una postura puede hablar de emociones compartidas: miedo, cansancio, distancia, deseo o fragilidad.
Ese interés por la memoria personal también apareció en Poder Volver, su primera exposición individual, presentada en 2022 en la Galería Duque Arango de Medellín. La muestra regresaba al universo del juego y la infancia a través de cuerpos infantiles y juguetes que hablaban de alegría, nostalgia, pérdidas y recuerdos incompletos.
En esa exposición, la niñez no aparecía como una época completamente feliz. Estaba atravesada por las normas de comportamiento, las expectativas de los adultos y las formas en que la sociedad comienza a ordenar los cuerpos desde los primeros años. Las piezas intentaban volver a un momento en el que la relación con el mundo todavía podía construirse desde el juego y la libertad. La curaduría de Poder Volver definió esas figuras como “geografías corporales” elaboradas con capas de papel.
Del reconocimiento a una nueva materia
La investigación con papel llevó a Albarracín a participar durante tres años consecutivos en Context Art Miami y a presentar su trabajo en la Lucca Biennale Cartasia, en Italia, una plataforma dedicada al papel como lenguaje artístico. Su obra también ha circulado por escenarios como Art Palm Beach y galerías de Norteamérica, Sudamérica y Europa.
Para el artista, cada serie ha marcado una etapa distinta. Poder Volver representó un momento de madurez, mientras que Sujetos de Ciudad abrió una puerta hacia los escenarios internacionales y encontró en Miami una recepción que, según ha contado, superó sus expectativas.
A comienzos de junio recibió el reconocimiento Maestro de Maestros, otorgado en el marco de las iniciativas culturales de la Fundación Corazón Verde y su plataforma El Coso, Contemporáneo Social. La distinción destacó su trayectoria, su proyección internacional y su aporte al arte contemporáneo colombiano.
El programa ha contado en otras ediciones con artistas como David Manzur, Pedro Ruiz, Ana Mercedes Hoyos y Hugo Zapata. Para Albarracín, el reconocimiento también confirma la capacidad del arte para crear vínculos y participar en procesos de transformación social, una dimensión que ha acompañado su trabajo desde las primeras intervenciones comunitarias.
Ahora, después de consolidar el papel como materia escultórica, inicia una investigación con cerca de 2.500 láminas de piedra. No pretende abandonar el bagazo de caña, sino unir ambos materiales para construir piezas capaces de permanecer en exteriores. También ha comenzado a explorar variaciones cromáticas y esculturas que modifican su apariencia de acuerdo con la luz y el contexto en el que son observadas.
“Desde que arranqué dije que quería hacer obras que resistieran afuera, que estuvieran en el espacio público. Quiero poder ver mis esculturas en esos lugares. Ahora voy a hacer una fusión entre el papel y otro material, que es como una piedra. También estará trabajado en capas”, explicó.
La piedra introduce peso, permanencia y resistencia, pero conserva el principio que ha organizado su trabajo: la acumulación. Una lámina sobre otra, una decisión sobre otra, una experiencia sobre otra.
El desafío no es solamente técnico. También implica disputar una idea tradicional de la escultura. Albarracín considera que en Colombia todavía existe desconfianza hacia los materiales que parecen frágiles o que se apartan del bronce, el mármol y otras materias asociadas con la duración.
“En Colombia, con la escultura, pasa algo: la gente quiere que dure por generaciones y piensa que tiene que ser de bronce. Lo que se sale de lo convencional, lo que parece frágil, genera miedo”, señaló.
Ese temor también está relacionado con el coleccionismo. Una obra de arte es una inversión y quien la compra espera conservarla. Sin embargo, Albarracín sostiene que en otros circuitos existe una mirada distinta: hay públicos interesados no solo en la permanencia del objeto, sino en el proceso, el trabajo manual y la transformación del material.
Primero, las ciudades colombianas
Aunque buena parte de su recorrido reciente ha ocurrido en escenarios internacionales, el artista quiere que esta nueva etapa sea conocida en Colombia. Su propósito es llevar las esculturas de papel y piedra a distintas regiones y establecer conversaciones con alcaldías y espacios culturales para instalarlas en lugares públicos.
“Me gustaría llevarlas a diferentes ciudades para que empiecen a conocerlas aquí, antes de pensar solamente en el ámbito internacional. Poner una obra en el espacio público es complicado en Colombia, pero no es imposible”, dijo.
El proyecto todavía se encuentra en construcción. Las nuevas piezas deberán responder a la lluvia, la luz, el polvo, el tránsito de las personas y el paso del tiempo. También tendrán que salir del espacio controlado de la galería y aceptar lo imprevisible de la calle.
Después de convertir un residuo agrícola en cuerpos capaces de sostenerse, Christian Albarracín agrega otra materia a su historia. Para un artista que aprendió a trabajar por capas, la piedra no representa una ruptura. Es una capa más: más pesada, más expuesta y, esta vez, mucho más cerca de la ciudad.














