La vida de Ena María Jiménez se entrelaza con la música y la cultura de su tierra. Criada en un hogar donde el acordeón y la tambora eran más que instrumentos, eran extensiones del alma, Ena emergió como la icónica cantaora de “Las Hijas de doña Diana”. Este es un corto recorrido por su talento y su voz.

Publicado por: Paola Esteban
A la orilla del río Magdalena, una mujer vio su vida marcada por la música y la cultura de su tierra. Hija de una familia donde el acordeón y la tambora eran más que instrumentos, eran extensiones de sus propias almas, ella creció en un hogar donde cada rincón resonaba con los sonidos del folclor colombiano: es Ena María Jiménez, la icónica cantante, cantaora, de Las Hijas de doña Diana.
Su abuelo, Pacho, fue el pionero en su pueblo, Bocas del Rosario, al comprar el primer acordeón que llegó en los barcos, y con él, tocaba la tambora, acompañado de alegres maracas y un trinche. En ese mismo pueblo, sus padres, Escolástico y Diana, se enamoraron al ritmo de la danza, rodeados de la vibrante cultura de las tamboras.
Estas mujeres y hombres, estos artistas que entregan su vida y llevan en su corazón ese legado, no lo hacen solo por ellos mismos, sino por las nuevas generaciones.
“Estando ahí mi padre llega mi madre, también con una cultura de río. Se enamoran en una danza de indio, porque ellos participaban de todas las actividades culturales del pueblo y por supuesto, de las tamboras”, cuenta Ena.
De niña sus padres se los llevaron, a ella y a sus hermanos, a Barrancabermeja. Allí conoció más de este pueblo aguerrido. Pero si bien la música corre por las venas o al menos eso dicen, viniendo de familia de cantaores Ena no la tuvo fácil.

“Hacíamos teatro, danza, música y hasta circo”, cuenta, pero el miedo escénico la paralizó en su primera experiencia con un micrófono fuera de casa. Con apenas cinco años y las bromas que sufrió tras su debut en la radio local, hicieron que su pasión por la música navegara más bien en aguas tranquilas.
Con el tiempo, Ena estudió artes plásticas en el Dicas y luego, gracias a que su papá era muy estricto, decidió irse a Bogotá con su enamorado, Jairo Vargas León, con quien continúa casada y feliz. Allí estuvo un tiempo hasta que su amor por la música la trajo de vuelta a Barrancabermeja, donde, junto a su esposo, fundó el Centro Cultural Yariguíes, un santuario para la danza y la música tradicional.

En medio de la violencia que azotó a la región en los años 80′s y 90′s, Ena y Jairo se aferraron a la música como un acto de resistencia y esperanza. Con los tambores y los cantos fuertes, buscaban expulsar la violencia de Barrancabermeja y del Magdalena Medio, dando voz a ese río testigo del dolor para que toda Colombia escuchara su mensaje de paz.
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En 1984, en diciembre 31 para amanecer del siguiente año, los hijos de doña Diana y Escolástico (Escolástico, Efrén, Ediltrudis, Euden, Eduardo, Edenis, Edgar, Erwin, Ela, Exsandra, Eberthy, Everilde, Every y Ena) hicieron una reunión en la puerta de la casa.
“Cada uno propuso un saber o una expresión artística por familia. Yo canto una canción folclórica y a mi hermano mayor, Efrén, le encantó cómo sonó”, explica Ena.

Ya en junio de 1985 graban su primer disco.
El proyecto familiar “Los Hijos de Doña Diana” se convirtió en una fusión cultural, mezclando la música del río con saxofones, clarinetes, bajos y palmas, reflejando los sentimientos de su gente en cada nota. A pesar de enfrentar otra ola de violencia que los obligó a dejar Barrancabermeja, encontraron en Bucaramanga y en la Universidad Industrial de Santander un nuevo hogar para continuar difundiendo su arte.
Pero Ena no abandonó al grupo. Junto con sus hermanas se presentó en Factor X, en el 2005. Como fueron solo las mujeres, Andrea Serna les cambió el nombre y así se quedaron: Las hijas de doña Diana. Y no solo ha compartido su música con Santander, sino que ha llevado la sonoridad del Magdalena a nuevas generaciones, enseñando en varios colegios de la región y mostrando que Barrancabermeja es parte integral de Santander.

Sin embargo, la lucha por preservar esta rica herencia cultural no ha sido fácil. La falta de apoyo institucional y las dificultades que enfrentan las mujeres y hombres que llevan en su corazón este legado son obstáculos constantes. A pesar de las convocatorias del Ministerio de Cultura, muchos artistas no logran acceder al proceso y se preguntan qué más puede hacer el Estado por estas voces valientes que resisten en el conflicto.
Ena, la cantaora, la voz del más potente río que nos cruza, es quien con cada nota canta la historia de su gente y lucha por un futuro en paz.












