La Casa Cultural El Solar inaugura este 10 de julio la exposición póstuma In Memoriam, un homenaje al artista bumangués Samuel Cadena Martínez y su universo de soles, laberintos y memoria pictórica.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
En la esquina de la calle 34 con carrera octava, frente a la Casa Cultural El Solar, algo se mueve entre las sombras y la luz del atardecer. No es un fantasma, pero tampoco es solo memoria. A veces, parece ser él: Samuel Cadena Martínez, el Gordo Cadena, como lo llamaban con cariño, que se nos aparece en murales, trazos, objetos y anécdotas. Como si nunca se hubiera ido del todo.
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El pasado jueves 10 de julio, a las 5:00 p.m., el maestro volvió a habitar El Solar y lo seguirá haciendo a lo largo de todo el mes. La exposición retrospectiva In Memoriam reúne parte de su legado plástico en una ceremonia que incluyó un homenaje religioso, proyección documental y bebidas aromáticas compartidas. La entrada es libre y gratuita, como lo era su arte cuando se sentaba a conversar con desconocidos, o a pintar sobre lo que tuviera a la mano: desde lienzos hasta una tabla de catre.

La muestra gira en torno a su célebre Mural de los Soles, y viene acompañada de un texto íntimo del cineasta Daniel Pineda, amigo cercano de Cadena. “A mí Samuel se me ha aparecido al menos unas tres veces”, escribe Pineda. “Lo vi venir en la noche, con lo que parecía un garrote. No sé cómo no salí corriendo aquella vez…”.
Lo que parecía un arma era, en realidad, un fragmento de cama convertido en arte. “A veces me imagino al gordo Samuel acostado en ese catre, en esa habitación quién sabe dónde, con su corazón agrandado y una incomprensión que a veces lo sobrepasaba”, confiesa el cineasta, quien fue testigo de muchas jornadas creativas del maestro.

Soles, mares y grafismos en una sola noche
Samuel Cadena era capaz de pintar todo un universo en una madrugada. “Vi cómo en una sola noche creaba sobre el lienzo su mundo”, cuenta Pineda. “El proceso de secado era el más húmedo que había… el óleo se calentaba con los primeros rayos del día siguiente, y antes del mediodía ya estaba en manos de algún coleccionista.”
Ese ritmo, casi ritual, no era producto del azar, sino de una energía vital inagotable, alimentada por su sensibilidad y su aguda percepción estética. Pintaba con óleo, con minas de kilométrico, con lo que hubiera. Lo importante era plasmar los soles, los cuerpos-tubérculo, los laberintos simbólicos que lo habitaban.
Aunque el apodo de “Gordo” se le quedó, quienes lo conocieron sabían que había en él un torito cebú indomable. “Nunca le dije gordo esto o gordo aquello”, anota Pineda. “Le decía Samuel. Y en algunas ocasiones, jorobita o torito cebú, cuando estaba muy contento”.
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Lo vieron renacer muchas veces, como un ave fénix artístico. En su última etapa, compartió con la hija e hijo de Pineda los últimos grafismos que pintó en su galería-taller. “Ellos miraban esas paredes con mares y soles que alumbran laberintos”, recuerda con ternura.
Pero su legado no es solo plástico. También fue benefactor, anfitrión callejero, cocinero para los desprotegidos. “Compartía almuerzos, cenas y desayunos con los que habitan la calle”, cuenta su amigo. En ese dar sin medida, sin pretensión, Samuel encontraba la paz que a veces le era esquiva.

El Mural de los Soles, ubicado en la Casa Cultural El Solar, es hoy un punto de partida para recordar y redescubrir su obra. Esta exposición retrospectiva propone un diálogo entre su arte y su humanidad, entre el color y la sombra, entre la memoria y la presencia.
Samuel Cadena Martínez fue un artista singular, sí. Pero también fue un hombre profundamente bueno, contradictorio, libre. “Tenía su firma artística hasta en la tabla de una cama”, dice Pineda. “Y esa tabla, que conservo, tiene curvas, magulladuras, y su rúbrica monocromática de su obra oscura”.
Este 10 de julio, frente a ese mural, volvió a aparecerse. No con un garrote, sino con su sonrisa. Y su sol.














