Lagartijas, la nueva novela de Leonardo Gil Gómez, convierte la muerte del padre en un duelo íntimo que cuestiona la masculinidad, la violencia y la forma de ser hombre en Colombia.

Publicado por: Redacción Cultural
En Colombia, la muerte suele ser un asunto público. Se discute en cifras, titulares y estadísticas de guerra. En Lagartijas, la nueva novela del escritor, Leonardo Gil Gómez, la muerte del padre es, en cambio, una experiencia doméstica, casi silenciosa. Pero no por eso menos política.
Publicada por el sello independiente Animal Extinto, Lagartijas cuenta el regreso de Gonzalo, un fotógrafo radicado en el extranjero, al lecho de muerte de su padre. En ese trayecto breve pero denso, lo que parece una historia de duelo personal se transforma en un retrato de la masculinidad contemporánea, hecha de fragmentos rotos, ternura diferida y una violencia que lo atraviesa todo.
“La novela nació mucho antes de que mi papá muriera”, explica Gil en entrevista con este medio. “Yo ya estaba pensando en cómo se vive el duelo. Cuando llegó ese momento, simplemente apareció el archivo emocional que venía guardando”.
Ese archivo era una acumulación de escenas, frases y gestos cotidianos: “Esto lo quiero recordar, esto lo quiero escribir, esto lo quiero transformar”. De ahí emergió una novela que observa la herida con la precisión clínica porque el escritor sabe que lo privado también puede ser político.
A diferencia de otras narrativas latinoamericanas sobre el padre, tan abundantes como obsesivas, Lagartijas evita el sentimentalismo y el arquetipo del hijo autodestructivo. Gil, que también es editor en Himpar Editores y profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, reconoce haber estudiado esa tradición para evitar sus lugares comunes.
“Me puse a leer cómo se había escrito la muerte del padre en la literatura. Me encontré con un patrón: el padre como figura violenta, el hijo como hombre roto. Mi novela tenía un poco de eso, claro, porque esa violencia está ahí. Pero quería buscarle otra vuelta, salirme de esa narrativa repetida”, dice.
Su solución fue múltiple: incluir momentos de humor, construir una figura paterna ambigua, “un caleidoscopio afectivo” entre la ternura y el daño, y sobre todo tomar distancia de la autobiografía. Gil escribió diarios íntimos durante el duelo, sí, pero se cuidó de no convertir la novela en autoficción.
“Desde el inicio dije: esto es ficción. No quiero que el lector vea mi catarsis, sino una historia con sus propios personajes y tensiones. Gonzalo no soy yo, aunque haya cosas que compartimos”.
Publicidad
Uno de los aportes más contundentes del libro es su exploración de la masculinidad. Gonzalo, el protagonista, carga con una herencia que no ha elegido: un padre autoritario, una incapacidad para nombrar lo que siente, una tendencia a repetir lo que aprendió sin saberlo. La novela lo retrata en su torpeza emocional, en sus intentos fallidos por cambiar, en su deseo sincero, pero incompleto, de ser otro tipo de hombre.
“Yo no creo que la novela ofrezca respuestas”, reconoce Gil. “Pero sí pone en cuestión, y a veces en ridículo, esos gestos violentos que los hombres tenemos tan interiorizados. Esa forma de callar, de evadir, de destruirnos. Gonzalo no logra desmontarlos del todo, pero al menos empieza a preguntarse por ellos”.
En ese punto, Lagartijas dialoga con un momento particular de la literatura colombiana: el de los hombres que escriben desde la herida para desmontar el ego. Si Celebraciones, la primera novela de Gil, publicada en 2018, abordaba los falsos positivos desde el archivo de prensa, Lagartijas lo hace desde el archivo emocional, el que se fotografía con los ojos.
Sí, porque Gonzalo es fotógrafo. Y eso no es un dato menor.
“La fotografía me permitió desplazar mis propias inquietudes a otro lenguaje”, dice Gil, quien estudió imagen de manera autodidacta y trabajó como asistente de investigación en un proyecto sobre fotógrafas argentinas mientras escribía la novela. Alicia D’Amico y Sara Facio, figuras centrales de ese archivo, aparecen como un contrapunto visual a la relación fallida entre Gonzalo y su ex pareja, Beatriz.
Así, la fotografía organiza la estructura misma del libro: un conjunto de escenas que podrían leerse como capturas emocionales, donde cada encuadre deja fuera más de lo que muestra. La escritura de Gil es sobria, contenida, sin alardes líricos. Pero ahí, en esa economía de recursos, se sostiene su potencia.
Como en una imagen bien tomada, lo que no se dice resuena más.
Publicidad
Aunque la novela se concentra en la esfera íntima, el padre, la casa, el regreso al país natal, hay momentos donde la violencia estructural asoma sin preámbulos: la tortura a unos ambientalistas, el pasado político de ciertos personajes, el eco de un país que sigue siendo el más letal para el activismo social. Gil no subraya esos elementos, pero los deja allí, flotando, como recordatorios de que la violencia con mayúscula no está tan lejos de la cama donde muere el padre.
“Colombia es un país donde la violencia atraviesa todo. Y además tenemos una violencia patriarcal que no es solo colombiana, sino global”, dice. “Yo creo que necesitamos reflexionar más sobre eso desde lo estético. Muchos manuscritos que llegan a la editorial, escritos por hombres, siguen siendo acríticos frente a esas violencias. Contar las mismas historias. Reproducir el mismo personaje”.
Lagartijas propone una la escritura del yo que no se da por sentada, que se revisa, que se incomoda a sí misma.
“Esta novela insiste en que esas ficciones del yo todavía tienen vigencia, pero siempre que se interroguen”, dice Gil. “No basta con decir: se murió mi papá y sufrí mucho. Hay que preguntarse por qué repetimos ciertos duelos, por qué heredamos ciertos patrones, por qué seguimos escribiendo con los mismos recursos”.
En esa medida, Lagartijas no es una novela sobre un padre que muere. Es una novela sobre lo que pasa cuando un hombre intenta no convertirse en su padre. Sobre lo difícil que es escapar de los gestos que nos enseñaron. Sobre el amor torpe, la tristeza sin palabras y el regreso a una casa que ya no nos reconoce.














