Cultura
Martes 13 de enero de 2026 - 04:16 PM

Waisman Mora, así era el fotógrafo de raíces santandereanas que murió con Yeison Jiménez

Waisman Mora, fotógrafo de raíces santandereanas y pieza clave del equipo visual de Yeison Jiménez, se hizo a pulso: de colegios públicos y una cámara curiosa a construir historias detrás del escenario.

Weisman Mora, fotógrafo de raíces santandereanas que murió con Yeison Jiménez. Foto suministrada/VANGUARDIA
Weisman Mora, fotógrafo de raíces santandereanas que murió con Yeison Jiménez. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

El país lo terminó mirando al revés: no por una fotografía impecable ni por un retrato de escenario, sino por un video breve, grabado casi como se graban las cosas cotidianas, sin saber que esa imagen iba a quedar colgada en el aire como despedida.

Pero Waisman Mora no cabe en ese último clip. Su historia, la de verdad, empieza mucho antes, en un lugar donde pocas veces se piensa el arte como un destino posible: Ciudad Bolívar.

Su papá, Smith Mora, lo dice con un orgullo que hoy también es una defensa contra el dolor: “A veces hay personas que hablan mal de los colegios públicos… él estudió en un colegio público”. Y con esa frase abre una de las claves de para conocer quién fue su hijo: Waisman fue talento hecho a pulso, sin atajos, formado donde muchos solo ven carencias.

Un niño casero, inquieto y brillante

En la memoria del padre, Waisman era “un niño casero”, inquieto pero buen estudiante, de esos que no necesitan que les expliquen dos veces. Waisman era más pequeño que su hermano Jason, pero quería irse “también” a estudiar. Imitaba en la casa lo que veía hacer al mayor y lo hacía bien. Smith, que había sido docente, percibió rápido que el niño iba adelantado. Habló con una profesora, lo probaron una semana, y el resultado fue contundente: “Su hijo es talentoso, de los primeros que acaba, de los mejores”.

Waisman creció con una idea sembrada temprano: hacerlo bien no era suficiente; había que hacerlo mejor. Ese impulso, la exigencia, el estándar alto, no lo abandonó nunca.

En la casa, la palabra “fotografía” significaba otra cosa. Smith lo cuenta sin disfrazar el choque: cuando Waisman dijo “quiero estudiar fotografía”, él se decepcionó. Se imaginaba otra vida para su hijo: ingeniero, abogado, algo “seguro”. Además, la imagen que tenía del oficio era antigua: el estudio, el rollo, revelar, matrimonios, fotos escolares.

Weisman Mora, fotógrafo de raíces santandereanas que murió con Yeison Jiménez. Foto suministrada/VANGUARDIA
Weisman Mora, fotógrafo de raíces santandereanas que murió con Yeison Jiménez. Foto suministrada/VANGUARDIA

Waisman le cambió el mapa.

En el instituto y en sus primeras exhibiciones, los profesores le repetían lo mismo al padre: “Su hijo tiene talento”. Smith recuerda una cifra que todavía le sorprende: en las muestras, “el 70 % de las exposiciones que escogían eran de él”. Para una familia humilde, esa confirmación tiene peso físico: dinero invertido, sacrificios, horas, la apuesta de creerle a un hijo cuando el mundo insiste en que soñar es un lujo.

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Smith lo resume desde su propia historia familiar: su padre apenas alcanzó quinto de primaria; su madre no estudió. Él se propuso otra cosa: que sus hijos, Waisman y Jason, fueran profesionales. Cuando lo logró, le dijo a su papá: “Aquí están sus nietos, ya son profesionales”. En ese gesto hay una línea de continuidad: Waisman no fue una excepción espontánea; fue la consecuencia de una familia que se abrió paso a fuerza de terquedad.

Aunque nacieron en Bogotá, el corazón familiar late hacia un lugar preciso:“Barrancabermeja. La rama paterna está allá; tíos vinculados a Ecopetrol; viajes frecuentes “dos, tres veces al año”. Y lo importante no es el dato, sino cómo lo recuerda la familia: como un territorio de infancia.

Smith y Jason mencionan lugares con nombre propio, como quien enumera refugios: el Cristo Petrolero, las decoraciones navideñas con “dinosaurios”, Miramar y sus piscinas, la Isla San Silvestre.

Smith cuenta que en esos viajes se revelaba el ojo de Weisman: podía detenerse a fotografiar una hormiga. Una hormiga, dice el papá, y uno entiende la escena: el calor, el patio, la paciencia absurda de quien no está jugando sino observando. Smith se burlaba con cariño: “Hijo, aquí es donde hay hormigas que hay”. Y Waisman respondía serio, con esa terquedad de artista joven: “No, papi, es que esta hormiga toma ciertas posiciones y es la que yo quiero”.

Lo mismo con las iguanas: no las quería “así porque sí”. Las esperaba en el ángulo exacto, en el movimiento mínimo de la cabeza, en ese gesto que casi nadie se detiene a notar. Su padre lo miraba sin entender: “Yo no sé qué le ve”. Waisman sí lo veía.

Ahí está, quizá, su mayor definición: Waisman era un hombre que sabía esperar una imagen.

Weisman Mora y su familia,  entre ellos su padre, Smith;su mamá Rosa María Bejarano y su hermano, Jaison. Foto suministrada/VANGUARDIA
Weisman Mora y su familia, entre ellos su padre, Smith;su mamá Rosa María Bejarano y su hermano, Jaison. Foto suministrada/VANGUARDIA

Oficio antes que fama

Su hermano Jason Mora, productor audiovisual, cuenta el salto profesional como lo cuentan quienes han trabajado sin glamour: primero la capacitación, luego la calle, después la pequeña empresa que sostienes con lo que sale. Empezaron con foto paisaje y terminaron montando una microempresa para producir videos musicales. Se movían “de pueblo en pueblo” haciendo producción visual para conciertos: cámaras, pantallas, circuito cerrado, el trabajo que sostiene el espectáculo y casi nadie mira.

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Una noche, en un concierto donde estaba Paola Jara, Jason vio al manager al lado suyo y olió la oportunidad. Le dijo a Waisman que se acercara y sacara fotos. Él dudó: “No, ahorita no”. Jason lo presionó: rápido, antes de que se acabara el concierto. Cuando el manager vio las fotos soltó un “wow” y pidió que se las enviaran por WhatsApp.

Así empezó: un contacto capturado a tiempo, un talento que se notó sin explicación. Luego vino la pregunta incómoda “¿cuánto cobran?” y la respuesta sincera que Jason admite sin vergüenza: no tenían ni idea cuánto cobrar. Pero aceptaron. Y Paola Jara terminó contratándolo de tiempo completo.

Después llegó la pandemia y, como en tantos oficios creativos, fue un apagón: lo primero que cerró y lo último que volvió. Cuando el país empezó a reactivar conciertos, el camino de Waisman tomó su tramo más visible: el equipo de Yeison Jiménez.

En esa etapa, Waisman no fue “el que tomaba fotos”. Fue parte de una construcción: reels, contenido semanal, narrativas visuales para redes, promos, comerciales, humor de backstage, el “detrás” que parece espontáneo pero se sostiene con cabeza y edición.

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Jason lo describe como un trabajo bajo presión: mantener una imagen es difícil; mantenerla “cada ocho días” es una tensión permanente. Y ahí aparece la frase que atraviesa toda la familia como un mantra: “tenemos que ser el número uno… tenemos que innovar.” Esa exigencia, dice Jason, los obligaba cada semana a inventar algo distinto. No querían “mostrar un evento por mostrarlo”: querían transmitir un mensaje.

Weisman Mora, fotógrafo de raíces santandereanas que murió con Yeison Jiménez. Foto suministrada/VANGUARDIA
Weisman Mora, fotógrafo de raíces santandereanas que murió con Yeison Jiménez. Foto suministrada/VANGUARDIA

Smith confirma que ese mismo estándar lo llevaba Waisman a la casa. Si Jason editaba algo, Waisman era el primero en decir: “No, esto no me gusta… hay que hacerlo de mejor calidad. Recuerde que somos los número uno”. No era soberbia: era método. Una forma de no conformarse.

Para entender quién era Waisman en el día a día, conviene escuchar a quienes lo vieron trabajar sin luces encima. Wilder Esteban Forero Correal, uno de sus mejores amigos y también fotógrafo, lo describe como alguien “muy entregado a su trabajo”, “muy hábil” y movido por una fuerza simple: el oficio mismo.

“En la parte personal hay mucho que destacar”, dice Wilder. Lo recuerda como “una persona tranquila”, sin rencores, con una tendencia natural a ayudar: “solo le gustaba ayudar… a muchas personas les brindó una ayuda, una mano”. Y ahí aparece un rasgo que encaja con todo lo anterior: Waisman no vivía su éxito como una isla. Wilder cuenta que él hacía parte a otros “de esos sueños que él tanto logró”.

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En el caso de Wilder, la relación fue aún más cercana: “fui su mano de derecha desde hace como tres, cuatro años”. Dice que Waisman confiaba en él, lo dejaba asumir trabajo para desarrollar habilidades, le abrió la puerta de su casa y de su familia. Lo resume con una frase sencilla, de esas que no necesitan adornos: “recordarlo con el gran corazón que Waisman tenía.”

Ese testimonio hace algo importante: aterriza a Waisman en una escala humana. En el mundo competitivo de la imagen, donde muchos se encierran para cuidar el puesto, Waisman aparece como alguien que compartía: el conocimiento, los encargos, la casa, la familia.

En esta historia hay algo que desarma cualquier caricatura: Waisman era exigente, sí, pero su exigencia no era solo personal. Tenía la costumbre, casi secreta, de ahorrar sin decir nada y luego sorprender a sus papás.

Smith lo cuenta con ternura: a veces Waisman pasaba tiempo sin visitarlos, y cuando regresaba los llevaba a un centro comercial o a un restaurante “famoso”. Les decía: “Papi, mami, pidan lo que quieran. Por plata no se preocupe”. Y cuando los padres dudaban, insistía: “Yo quiero lo mejor para ustedes”.

Esa frase se repite. “Siempre vendrán cosas mejores”, decía. Como si su éxito tuviera sentido únicamente si lograba elevar también la vida de los suyos: que sus papás conocieran “un restaurante de categoría”, “un evento de categoría”, que salieran de “las menudencias” no por desprecio sino por promesa.

Waisman también fue, en palabras de su papá, un hijo amoroso. Cuando Smith se enfermó, Waisman lo presionó: “Papi, váyase para donde el médico. No se preocupe por la plata… si no la hay, la conseguimos”. Y remató con algo que no se olvida: “Papi, quiero decirte que te amo”.

La familia comparte otra faceta menos conocida: Waisman tenía oído musical y era “excelente baterista”. Su padre bromeaba que si algún día fallaba el baterista del equipo, “de pronto te cogen a ti”. No es solo una anécdota curiosa: habla de una sensibilidad rítmica que también se nota en el montaje audiovisual y en la forma de sentir la escena.

Smith recuerda también un accidente en Villavicencio: Waisman cayó de un segundo piso y los médicos advertían secuelas, incluso en la vista. La familia lo interpreta desde su fe: son cristianos, lo criaron en ese ambiente, y Smith cree que su hijo murió aferrado a una oración. Esa convicción no busca convencer a nadie; busca sostener a un padre que se quedó mirando el vacío.

Waisman deja dos hijos, Joelito e Isa, deja una esposa devastada, deja a un hermano que todavía habla en plural cuando se refiere al trabajo (“fuimos complemento”), y deja un amigo que lo describe como un profesional generoso, capaz de abrir la puerta de su casa y compartir oportunidades.

Si uno quisiera resumirlo sin traicionarlo, diría esto: Waisman fue un hombre que se tomó en serio su oficio. Un fotógrafo capaz de detenerse ante una hormiga como si fuera un mundo completo. Un trabajador obsesionado con calidad, no para presumir, sino porque creía que la excelencia era una forma de respeto. Y un hijo que convirtió su ambición en mesa compartida: “pidan lo que quieran”.

El país vio un video. Su familia y sus amigos vieron una vida entera. Y ahora, en medio del ruido, el perfil verdadero de Waisman Mora se revela en esas escenas pequeñas: el niño adelantado que imitaba a su hermano; el joven que se ganó un “wow” con una foto; el hombre que no fotografiaba iguanas “así”, sino como él quería; el amigo que ayudaba sin rencor; el hijo que repetía como promesa: “siempre vendrán cosas mejores.”

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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