Cultura
Viernes 06 de febrero de 2026 - 04:18 PM

Del conflicto armado en Santander al cielo de España

El fotógrafo santandereano Sebastián Báez, egresado de la UIS, presenta en la Biblioteca Pública de Albacete la muestra El vuelo de las aves, una metáfora del miedo, la memoria del conflicto armado y la elección de mirar el cielo como resistencia.

Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA
Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

El cielo se abre: una bandada sube, corta la mañana, se desordena, vuelve a dibujarse en formación y desaparece hacia el borde de los edificios. El sonido es leve, pero el movimiento lo llena todo. Sebastián Báez mira arriba como quien busca una señal.

Báez dice que en Albacete a esas aves les dicen “aviones”: puede ser un apodo o un presagio. Esa doble lectura fue la chispa de El vuelo de las aves, la exposición fotográfica que presentará en la Biblioteca Pública de Albacete: imágenes de un cielo repetido, de vuelos que regresan al caer la tarde, de una ciudad atravesada por lo cotidiano y por una tensión que no siempre se nombra, pero se respira.

La historia de esta muestra no empieza con una cámara. Empieza con una pregunta. El año pasado, mientras la guerra entre Rusia y Ucrania ocupaba titulares y alimentaba conversaciones sobre escaladas, alianzas militares y fronteras, Báez se encontró viviendo en un lugar donde la presencia militar vuelve más tangible el miedo. “Automáticamente nos convertimos en punto de guerra”, dice, y no lo afirma como dato frío sino como sensación corporal: ese instante en el que la política internacional deja de ser un mapa y entra a la habitación.

Entonces eligió mirar el cielo. No como escape, sino como postura.

Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA
Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA

Dicen que el cielo de Albacete tiene algo de llanura que no termina: una bóveda amplia, sin montañas que la corten, donde la luz cae limpia y el horizonte se estira como si la ciudad viviera siempre a la intemperie. Es un cielo que se siente grande y por eso cualquier cosa que lo atraviese se vuelve inmediatamente significativo.

Báez es santandereano, egresado de la Universidad Industrial de Santander y desde que inició su formación artística en 2015, sostiene una línea persistente sobre el conflicto y sus impactos, sobre la violencia intrafamiliar y psicológica, sobre la violencia hacia mujeres y hombres, y, de manera particular, sobre la violencia dirigida a personas homosexuales y con orientaciones diversas. Su proyecto de grado se enfocó en víctimas homosexuales del conflicto armado en el Magdalena Medio, con énfasis en Barrancabermeja.

Y esa trayectoria tiene la textura áspera de la biografía.

Nació en Barrancabermeja en 1998 y se crio en Puente Sogamoso: zona roja, escasos recursos y un miedo que se aprende temprano. Habla de masacres y silencios, de una violencia que en su relato no proviene solo de los actores armados, sino también de la manera en que una sociedad aprende a mirar (y también a ignorar) lo que ocurre. Habla, además, del cuerpo: de una lesión desde su nacimiento que lo acompaña como marca física y como metáfora. “Sería contranatura para mí como artista no hablar de violencia cuando mi propio cuerpo ha sido un contenedor de la misma”, dice.

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Durante años, su obra fue leída a través del prejuicio. Recuerda que, mientras estudiaba, vivía todavía en el pueblo y viajaba cada fin de semana a Bucaramanga para ir a la UIS. Y que, cuando empezó a tocar públicamente el tema de la homosexualidad y del conflicto, la comunidad le dio miradas raras, comentarios lo señalaban tanto a él como a su familia. Hay una frase que lo resume con crudeza: “tener el pelo largo es solo un toque más de feminidad y por ende eres marica… aun cuando yo ni siquiera sabía cuál era mi identidad u orientación sexual”.

Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA
Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA

Ese capítulo es definitivo y por eso no ha vuelto al pueblo y cree que tampoco volverá. Hay lugares que expulsan de una manera menos visible que las fronteras oficiales porque quitan la posibilidad de ser. Y una persona aprende a sobrevivir con mapas alternos.

En Santander, especialmente en el Magdalena Medio, la homofobia fue más que un prejuicio: funcionó como herramienta de guerra. En territorios disputados con armas y miedo, la diferencia sexual y de género se convirtió en blanco porque castigarla servía para imponer “orden”, exhibir poder y disciplinar a la población.

Esa violencia se instaló en la vida diaria: advertencias disfrazadas de consejo, rumores que operaban como amenaza. El CNMH ha mostrado cómo se legitimaron agresiones contra personas LGBT con argumentos como “da mal ejemplo”, “hay niños”, “si se ve en público”, hasta volver castigable el gesto más simple: existir. No fue un accidente, sino un patrón que combinó control territorial y vigilancia sobre la intimidad: amenazas, homicidios, violencia sexual y desaparición.

El cruce se ve con claridad en el Magdalena Medio. El informe Ser marica en medio del conflicto armado registra que entre 1981 y 2016 hubo 175 víctimas LGBT en 39 municipios, con 261 hechos de violencia, y que Barrancabermeja concentra el mayor número de casos reportados (79). La guerra allí fue también una pedagogía del miedo: enseñó qué cuerpos podían circular sin riesgo y cuáles debían esconder el deseo, modular la voz, bajar la mirada.

Hoy, la memoria y la búsqueda intentan romper ese silencio. La Comisión de la Verdad recogió relatos sobre mujeres y personas LGBTIQ+, y la UBPD creó la Red de Búsqueda Arcoíris para fortalecer la búsqueda con enfoque en violencia por prejuicio. Hablar de esto en Santander es mirar el pasado, sí, pero también entender lo que persiste: autocensura, destierros íntimos y la disputa por volver a nombrar, sin vergüenza, lo que la guerra quiso borrar.

En España, la violencia no desaparece; cambia de forma. En 2024, a mediados de año, Báez fue invitado a participar en talleres internacionales desde una casa-taller en Bogarra, donde desarrolló propuestas durante cinco meses. Después decidió quedarse para abrirse a otros espacios y otras posibilidades de circulación artística. La decisión lo empujó a una zona de precariedad: “pasé a ser un artista indocumentado”, dice. Y, aun así no ha dejado de crear ni de tocar puertas. La oportunidad de exponer en la Biblioteca Pública de Albacete llega después de 15 meses de esa insistencia.

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Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA
Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA

El vuelo de las aves se sostiene, entonces, sobre una paradoja: un artista formado en la memoria del conflicto armado colombiano construye una obra sobre el cielo de una ciudad española, y el puente entre ambos mundos no es un discurso grandilocuente sino una metáfora popular: “aviones”.

Báez trabajó la serie con fotografía digital, usando una Nikon D3200 y un lente de 200 mm para acercarse a las aves. La elección técnica no es un dato de ficha: es una manera de decir “quiero ver mejor”, “quiero acercarme”, “quiero insistir”. Las aves vuelan por Albacete durante el verano “todo el día”, cuenta, y él las siguió no para capturar una postal bonita, sino para dejar que ese movimiento repetido de salir al amanecer y volver al atardecer se convirtiera en estructura. En sus palabras, el proyecto nació cuando conectó el cielo lleno de aves con las noticias sobre la posible entrada de España en un escenario de guerra más amplio. Y en esa conexión hay una intuición potente: el miedo también es una forma de imaginación, y no siempre imaginamos lo que nos salva.

Lo más interesante es que Báez no propone una negación del horror. No dice “miremos aves y olvidemos la guerra”. Al contrario: su trabajo se entiende mejor cuando se escucha su relación con la catarsis. Al principio, dentro de la formación artística, le hablaron de “hacer catarsis”: volcar vivencias en pintura, performance, escultura. Le funcionó un tiempo. Hasta que sintió que la catarsis podía volverse carrusel: dar vueltas sobre el mismo punto sin avanzar. Entonces decidió resignificar. Y ahí ubica el corazón ético de su trabajo: “mi meta no es generar revictimización; es mostrar lo que pasó sin olvidarlo y sin que desaparezca dentro de la memoria”.

En términos de cultura y conflicto, esa frase importa. Porque tanto en Colombia como fuera de Colombia el arte que toca la violencia suele ser empujado a una vitrina de consumo rápido: el dolor como espectáculo, la herida como mercancía, el testimonio como una foto que se comparte y se olvida. Báez intenta otra cosa: convertir la experiencia en lenguaje sin traicionarla, sostener la memoria sin congelarla.

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Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA
Del conflicto armado en Santander al cielo de España. Foto suministrada/VANGUARDIA

Por eso, cuando habla de las aves, no habla de paz ingenua. Habla de elección. “Pongo en manifiesto una elección por ver el cielo lleno de aves”, dice. No como una frase bonita, sino como una decisión que se toma contra el ruido de fondo: contra el miedo, contra la amenaza, contra la sensación de que la historia siempre regresa en forma de violencia.

La exposición estará abierta del 2 al 27 de febrero y tendrá presentación el viernes 6 de febrero a las 19:00 horas en el Salón de actos de la Biblioteca Pública de Albacete. Lo institucional suena pulcro, casi neutral. Pero detrás de esas líneas hay una escena que se repite: un hombre mirando hacia arriba, entrenado por la vida para identificar el peligro, intentando que el cielo no sea solo un lugar de amenaza sino también un espacio donde todavía se puede nombrar la belleza.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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