Creció entre pinceles, lienzos manchados y tertulias de pintores. Pero fue la pandemia la que lo empujó a convertir su refugio, el arte, en un proyecto de vida.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
En la casa de Eric Gutiérrez el taller era parte de la rutina. Había cuadros en las paredes, latas de pintura abiertas, ropa manchada y un caballete instalado como un mueble más. “Crecí literalmente entre pinceles porque soy hijo de papá pintor y mamá pintora”, dice. Su padre lleva más de 50 años en el arte; su madre, alrededor de 35. Antes de pensar en la pintura como un camino profesional, él la veía todos los días: como oficio, como conversación y como trabajo en proceso.
“Cuadros colgados en todas las paredes, el olor a pintura, ver a mi papá untado de pintura, ropa manchada por todos lados… llegar del colegio y verlo pintando”, recuerda. También estaban las visitas: “Se rodea uno de ese círculo social de amigos pintores… ellos visitaban a mi papá en el estudio, tertuliaban, hablaban de arte”. En su memoria, la escena es concreta: su padre sentado frente al caballete, a veces solo y a veces con amigos, mientras él, siendo niño, se acercaba a mirar y a querer imitar.
De esos años, guarda una imagen que explica su relación temprana con la pintura, sin idealizarla. “De pronto yo dañándole alguna obra a mi papá… cogía el pincel, lo untaba de pintura y le manchaba el cuadro. Y él no decía nada, le daba risa. Luego tapaba, corregía. Era la inocencia de uno ir a manchar allá el cuadro”. En su casa, la obra no era un objeto intocable: era algo que se podía equivocarse, corregirse, volver a hacer.
Gutiérrez habla del arte, sobre todo, como una manera de sostenerse en momentos difíciles. Dice que esa idea la aprendió mirando a su padre. “Mi papá tuvo negocios, empresas, se dedicaba a una cosa y a otra, pero siempre se refugiaba en el arte. Cuando algo estaba mal, cuando pasaba por adversidades, cuando tenía problemas… se sentaba frente a un lienzo y empezaba a pintar”.
Esa escena, afirma, también se repite en su vida. “Eso también lo he vivido yo. Cuando todo ha estado malo, cuando he tenido problemas… mi refugio ha sido el arte. Es la manera de drenar, desconectarme un poco”. Y lo dice de forma directa, con una imagen simple: “Uno frente a un lienzo y a pintar, pintar para desconectarse, relajarse y ver que todo puede mejorar”.

Durante años, su trabajo siguió un camino más individual: crear, participar en exposiciones, vender alguna obra. “Era un proceso muy artístico, muy personal”, explica. Hasta que llegó el momento que lo obligó a cambiar la forma de vivir de su oficio: la pandemia.
El punto de quiebre fue inmediato: perdió un trabajo y tuvo que tomar decisiones. “En plena pandemia… la empresa necesitaba hacer un reajuste y era insostenible tener una nómina tan alta”, cuenta. En ese contexto apareció una oportunidad: “Me llaman de la Universidad Autónoma de México para dar talleres virtuales a estudiantes y a los hijos de los empleados”. Grabó contenidos para la plataforma y luego los compartió en redes.
“Subo estos videos a redes sociales y explota. Empiezan a escribirme que por favor les dé clases, que venda horas…”, recuerda. Aún le suena sorprendente: “En plena pandemia vendí 28 obras. O sea, yo no lo voy a creer. La gente se volvió a comprar compulsiva. Me compraron muchísimas obras y yo despaché para Perú, para Colombia, para México”.
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Con el interés llegó otra presión: la necesidad de clases para niños encerrados en casa. “Subí un video donde decía que iba dictando un taller virtual… y al poner la palabra ‘niños’, empezó mucha gente a escribirme: ‘Dámele clase a mi hijo’”. Lo que ocurrió después es una imagen muy de esos meses: “La gente no hallaba qué hacer con los niños encerrados… me los llevaban así a escondidas y me los dejaban en la casa. ‘Chao, profe’. Los dejaban en el carro y se iban”.
Gutiérrez cuenta el episodio con humor, pero también con responsabilidad. “Hice todo lo posible por hacerlo lo más acorde con lo que se debía… alcohol, distanciamiento, limpieza de zapatos”. Comenzó con “grupitos de cuatro”, luego “máximo de seis”, y con esa dinámica, en un espacio doméstico adaptado, empezó a construirse un proyecto que hoy es una marca y una metodología: PintArte.
“Ahí fue cuando dije: ‘No, yo puedo perfectamente vivir solo del arte’”, señala. Y pone sobre la mesa un prejuicio que ha escuchado muchas veces: “Ese es el problema que tenemos los artistas… existe el estigma de que no podemos vivir del arte. Entonces dije: ‘Me voy a dedicar y voy a vivir del arte’”.

Así nació PintArte
PintArte inició como academia infantil, pero se amplió a jóvenes y adultos. Gutiérrez insiste en que el objetivo no es solo técnico. “Hoy trabajamos con niños, jóvenes y adultos, no solo desde la técnica, sino desde la parte emocional, la disciplina, la confianza y los valores”, afirma. “Para mí el arte es una herramienta de formación integral”.
Cuando habla de “transformar vidas”, no lo plantea como un lema. Lo explica con procesos que él ve en clase. “Transformar vidas a través del arte… no es solo una frase bonita. Es ver cómo un niño que llega tímido empieza a ganar seguridad; cómo aprende a enfrentar retos cuando una obra no le sale bien a la primera; cómo desarrolla disciplina, sensibilidad, confianza en sí mismo”. Y lo resume sin adornos: “No vienen solamente a pintar, vienen a formarse como personas”.
Con adultos, dice, el punto de partida suele ser la inseguridad: “Nunca han cogido un pincel, no saben dibujar, no han pintado”. En espacios como Arte y vino observa una reacción que se repite. “Se permiten crear, se relajan, se desconectan… y descubren la capacidad que cada uno tiene y que no sabían que tenían. Después de tres horas logran una obra propia y se van súper sorprendidos, felices, no se quieren ir. Eso algo los cambia por dentro”.
Para él, ese cambio no es solo individual. “Cuando eso pasa de manera colectiva también se construye tejido social”, sostiene. “Por ejemplo, cuando hacemos un mural… es lo bonito del arte: podemos transformar vidas recuperando espacios”.
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Gutiérrez ha trabajado en muralismo y recuperación de espacios. Su interés no se queda en la estética. “Me parece muy poderoso cuando el arte puede transformar un lugar que estaba deteriorado, tomado por dinámicas negativas… devolverlo a la comunidad como un espacio de identidad, de encuentro, de orgullo”. Y subraya la condición para que funcione: “Eso me gusta mucho porque se vincula a toda la comunidad”.
Desde ahí define su apuesta: “No es solo pintar… es construir un tejido social, generar sentido de pertenencia y abrir oportunidades donde a veces no las hay”. En su caso, ese enfoque también está marcado por una historia familiar que él nombra sin romanticismo, pero con detalle.
Cuando intenta explicar de dónde viene su impulso comunitario, vuelve a su abuela. La describe con acciones específicas, pequeñas, repetidas. “Mi abuela era una mujer increíblemente servicial. Ella le ayudaba a todo el mundo. Guardaba hasta las puntillas oxidadas porque decía: ‘Eso a alguien le puede servir’”.
En su relato, esa forma de vida se ve en escenas domésticas: “Si alguien estaba enfermo, ella tenía una mata, un remedio… el pan para alguien que iba pasando y tenía hambre… si necesitaba una herramienta, ya estaba ahí para prestarla”. También recuerda un dato que habla de otra época y de una misma lógica: “Ella tuvo el primer teléfono del barrio y lo prestaba para que llamaran. Siempre estaba dispuesta a ayudar”.
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Gutiérrez dice que esa idea se le quedó. “Esa idea de que uno no está solo para sí mismo, sino también para los demás… siento que está como adherida a mí”. Y la convierte en principio: “Siempre he pensado que uno debe volver algo a la comunidad de todo lo que recibe: de las oportunidades, de las bendiciones, del apoyo… y como uno tiene esta habilidad y este talento, hay que ponerlo al servicio. Siento que uno tiene una responsabilidad social”.
Por eso su interés en trabajar con poblaciones diversas y en territorios donde el arte no suele llegar. “Me gusta llevar procesos artísticos con niños que no tienen acceso a este tipo de espacios… trabajar con jóvenes en procesos de resocialización, con población vulnerable, en contextos como centros penitenciarios. También he llegado a llevar el arte al sector rural, donde no hay acceso o es muy limitado”. Y remata con la frase que resume lo aprendido en casa: “Si puedes ayudar, pues hazlo”.
Esa misma lógica lo llevó al Club Rotario de San Gil. Para él es un espacio que coincide con su forma de entender el trabajo. “Soy miembro del Club Rotario… en el club rotario somos muy dados al servicio. ‘Dar de sí antes de pensar en sí’ es el lema, y siento que encajé perfecto”.
Gutiérrez no reniega de su formación empírica; la defiende. “Crecí aprendiendo desde la práctica, desde el taller, desde la observación, desde el error y el acierto”, señala. “Aprendí viendo a mi papá pintar, a mi mamá, a sus amigos… experimentando, equivocándome, volviendo a empezar”. Para él, esa escuela tiene un valor real: “Muchos grandes artistas de la historia no tuvieron formación académica formal… se hicieron a pulso desde la experiencia. El conocimiento empírico es completamente válido, no le quita mérito a nadie; al contrario, forma el carácter, la sensibilidad, mejora esa intuición artística”.
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Sin embargo, cuando asumió el rol de maestro, decidió fortalecer su parte pedagógica. Por eso estudió Licenciatura en Artes Visuales en la Universidad Pedagógica Nacional. “Entendí que no solo soy artista sino también formador. Cuando uno enseña, la responsabilidad es mucho más grande”, explica. “Quería fortalecer mi parte pedagógica, afianzar mi conocimiento, tener bases sólidas, estructurar mejor mis procesos… aportar más a mis estudiantes y a la comunidad”.
Su conclusión une las dos etapas: “La experiencia empírica me dio sensibilidad y práctica; la formación académica me dio estructura y herramientas pedagógicas”.
Bucaramanga: empezar de nuevo, construir confianza
El 1 de diciembre de 2025, Gutiérrez abrió PintArte en Bucaramanga. Llegar a una nueva ciudad le cambió el terreno. “En San Gil ya llevo varios años construyendo el proceso. Allá ya conocen mi trabajo, me buscan instituciones, se generan alianzas, hay voz a voz… eso se siente bonito porque uno ve el fruto de la constancia. Pero llegar a Bucaramanga es diferente”.
La diferencia, insiste, es el tamaño y la competencia: “Aquí eres como un punto en medio de muchísimas ofertas”. Por eso el reto principal es uno: “El reto más grande ha sido generar confianza. Cuando se trata de los hijos, la confianza lo es todo”.
En esa construcción, dice, ha tenido que explicar y sostener. “Demostrar quiénes somos, explicar que no es un proyecto improvisado, que venimos con una base sólida de San Gil… invertir en marketing, en presencia, en abrir el espacio, en hacer vacacionales, en dar siempre la mejor experiencia para que el voz a voz empiece a hacer su trabajo”. También mantiene una estrategia simple para que el público los pruebe: “Para que vengan, nos conozcan, sepan de qué se trata”.
No lo presenta como queja, sino como una etapa exigente. “No ha sido fácil, pero también es un reto muy bonito. Me reta a crecer, salir de la zona cómoda… y a creer más en el proceso”. Su apuesta es la constancia: “Con paciencia, constancia, coherencia… PintArte va a encontrar su lugar aquí también”.
Gutiérrez lo plantea sin rodeos: “Más que llenar cupos, lo que quiero es que más niños y jóvenes tengan acceso a un espacio donde el arte les aporta herramientas para su vida”. Para él, eso se ve en cosas concretas: un niño que aprende a insistir, un adulto que se sorprende con lo que logra en tres horas, un barrio que vuelve a usar un lugar recuperado.
En su historia no hay grandilocuencia: hay taller, horarios, manos manchadas, grupos pequeños en pandemia, clases presenciales en una ciudad nueva y una idea repetida con insistencia. El arte, para él, es trabajo y servicio. Y, en medio de eso, sigue sosteniendo la misma frase, tal como la aprendió en su casa: si se puede ayudar, se ayuda.
















