Cultura
Martes 26 de mayo de 2026 - 01:03 PM

“300 razones para matar”: el thriller colombiano que mira de frente la rabia de un país

Yesmer Uribe publica una novela negra atravesada por el conflicto colombiano, la desigualdad y la venganza. En sus páginas, un profesor de literatura se convierte en el centro de una historia donde la violencia no es espectáculo, sino espejo de una sociedad herida.

“300 razones para matar”: el thriller colombiano que mira de frente la rabia de un país. Foto suministrada/VANGUARDIA
“300 razones para matar”: el thriller colombiano que mira de frente la rabia de un país. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Antes de que el libro llegara a las manos de los lectores, el título tuvo que defenderse. 300 razones para matar era una frase dura. Yesmer Uribe y su editor hablaron varias veces de suavizarla, de ponerle algún atenuante, de bajarle un poco la temperatura. Después de todo, Colombia es un país acostumbrado a la violencia, pero que se incomoda cuando la literatura le devuelve esa violencia en forma de espejo.

Al final decidieron dejarlo como había nacido.

“Siempre regresábamos a la intención de que se llamara como fue parido en la página desde su inicio”, dice Uribe. Luego agrega una frase que resume buena parte de su apuesta: “El arte no puede hacer concesiones”.

El título inquieta. Puede hacer que alguien mire la portada y se aparte, como si el libro fuera una tabla ouija. Esa imagen la usa el propio autor para explicar lo que buscaba: si el título incomoda, si obliga a preguntarse algo, si genera una pequeña perturbación antes de abrir la primera página, entonces ya empezó a funcionar. 300 razones para matar quiere entrar como lo hace una noticia terrible en la mañana: alterando el día.

La novela comienza con una multitud alentada por la rabia, avanzando hacia el Palacio Presidencial sin importar que la maten. La escena es una pesadilla nacional. Uribe reconoce que por esos días había visto la película V de Vendetta (con Hugo Weaving y Natalie Portman), que lo marcó desde la idea de que una saga personal de venganza puede despertar una revolución. Esa imagen se le quedó guardada en algún lugar oculto de su mente, pero regresó cuando empezó a escribir.

“Uno va haciendo una especie de colcha de retazos, un inventario en el que guarda imágenes, palabras, olores, sabores”, cuenta. “A veces el artista o el creador no es otra cosa que un canal, un puente, un medio”.

El libro se fue construyendo durante años, a partir de una observación persistente del conflicto interno, de la barbarie política y de las imágenes que la violencia ha dejado en la memoria del país. Uribe no llegó a esa materia desde la improvisación. Durante más de tres décadas ha trabajado como guionista y libretista, en Colombia y fuera del país, con un énfasis especial en historias urbanas, sociales, marcadas por la desigualdad, la lucha de clases y los márgenes.

“300 razones para matar es una novela que se construyó durante años de una observación en varias vías”, explica. Una de ellas fue “una mirada atenta del conflicto interno, del conflicto político de nuestra barbarie”. La otra, su propio oficio audiovisual: “Mi trabajo durante más de 30 años como guionista y libretista, tanto a nivel nacional como internacional, con un especial énfasis en historias que tienen que ver con lo social, con lo urbano, con la lucha de clases, con la desigualdad”.

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A Yesmer Uribe le interesaba “una lectura estética, no política, una lectura desde la literatura, desde la estética de la literatura del conflicto colombiano”.

El libro quiere mostrar cómo se va pudriendo algo por dentro de una persona para que llegue a cruzar la línea que separa el dolor del crimen.

“También es una mirada a la mente de alguien que puede convertirse en un asesino”, dice Uribe, “y cómo llega a caminar esa senda de sangre y de venganza”.

Ese alguien es Ulises, el protagonista. El nombre remite al héroe griego que vuelve a Ítaca después de perderse en el mar, pero este Ulises llega más bien a una Bogotá periférica.

“La novela comienza como una apuesta que va a caminar por la novela negra o la novela policíaca”, cuenta el autor. “El escenario es Bogotá, una Bogotá, no voy a decir distópica, pero sí una Bogotá no oficial, una Bogotá oscura, una Bogotá que se esconde en las sombras, en la noche”.

En esa oscuridad se cruzan varias tradiciones. Uribe habla de la novela negra, de Vázquez Montalbán, de Santiago Gamboa, de Mario Mendoza y de esa literatura que ha sabido explorar la ciudad desde sus sótanos. Pero también habla de García Márquez, de Carpentier, de las mariposas amarillas y de Remedios elevándose por los aires.

“Son dos aguas que como lector no sospecharías que puedan juntarse; en alguna medida se repelen”. Y, sin embargo, en la novela conviven. El crimen, el detective, las pistas y la venganza se rozan con la mitología griega, con Caronte, el barquero de los muertos, con el eco de Ulises, con el tango, el rock y el arrabal.

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En ese inventario aparece también una historia de amor truncada. La de Ulises y Aurora. Allí la novela se adentra en una zona peligrosa: la de la justicia por mano propia. La pregunta es qué país produce una rabia capaz de encontrar razones para hacerlo.

Uribe sabe que ese terreno es delicado. Por eso una de las declaraciones más importantes de la entrevista que me concede aparece casi al final, cuando habla de una carta que el asesino le dirige al investigador que lo persigue. Allí el personaje reconoce que tomó la justicia por su mano y que eso no está bien. Reconoce que la ley del talión no es el camino. Y, sin embargo, intenta explicar el lugar desde el que actuó.

“Yo tuve 300 razones para matar. Sé que tomé la justicia por mi mano y no está bien. Sé que estoy condenado al infierno por lo que hice, pero mis pasos y mi tragedia no me dejaron otro camino. Espero que usted encuentre una razón para vivir”, dice el personaje.

Lo que parecía una novela sobre las razones para matar termina revelándose como una búsqueda de razones para vivir. El propio Uribe lo plantea así: Ulises encontró, por fuerza del destino, 300 razones para matar. La pregunta que queda para el lector es otra: “¿Cuántas tiene cada lector para vivir? No para sobrevivir. No me refiero a cumplir con el horario de su oficina, no me refiero a pagar los servicios públicos, no me refiero a ser un buen ciudadano. Me refiero a cuántas razones tienes para alegrar tu alma”.

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La palabra alma podría sonar extraña en medio de una novela negra.

Esa convicción se reforzó durante su paso por la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Era su primera feria como autor. Antes había ido como visitante a ferias en Buenos Aires y Bogotá, pero esta vez estaba del otro lado: en el corazón de la editorial, recibiendo lectores, firmando ejemplares, conversando sobre el título, la portada, el conflicto y los personajes.

Lo sorprendieron especialmente los jóvenes. Llegaban con la cabeza llena de referencias, información y autores. Jóvenes entre los 20 y los 30 años buscando historias que les generaran asombro. Uribe confiesa que tenía, como muchos, cierta desesperanza frente a esa generación.

“Tenemos esa idea de que la gente, particularmente los jóvenes, no está leyendo, de que la gente no está consumiendo, pero quizás no hemos sabido ver”, le digo. Y Yesmer me cuenta que lo que realmente encontró fue a una juventud “con un apetito intelectual, con un apetito de conocer historias, de reconocerse en su identidad como colombianos, en su identidad como latinoamericanos”.

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Para él, esa generación está cansada de cargar el peso de la historia heredada, pero no ha bajado la guardia.

En la FILBo, Uribe encontró algo parecido a una confirmación. La novela, con su título incómodo y su portada perturbadora, no estaba espantando a los lectores: los estaba llamando. Los obligaba a conversar. A preguntar. A tomar posición frente a una historia que no prometía comodidad.

También allí entendió el valor de las ferias del libro como pequeños actos de valentía. No solo Bogotá. También Medellín, Cali, Bucaramanga, Arauca. Ciudades grandes y pequeñas donde libreros, autores publicados, escritores independientes y lectores se reúnen alrededor de las historias. Para Uribe, esos encuentros son una forma de resistencia cultural en un país donde tantas veces parece más fácil rendirse al ruido.

“Nos hace falta ser empáticos, nos hace falta ser solidarios, nos hace falta ser profundamente humanos”, dice.

En su paso por Bucaramanga, Uribe hizo además un viaje hacia su propio origen. Sus padres se instalaron en la ciudad cuando él era joven. Estudió en el colegio La Salle. Durante los días que estuvo allí, movido por la nostalgia, caminó hasta la entrada por la que había pasado tantas veces con uniforme escolar. Luego siguió hasta la que había sido su casa. Lo hizo casi en automático, dice, como se escribe o como se enamora uno: por una fuerza que no siempre se puede explicar.

El escritor adulto, con una novela publicada, recorriendo el camino del niño que volvía a casa con la maleta pesada, preguntándose qué iba a ser de él. “Es extraño”, dice, “porque es como si hubiese venido del futuro a caminar los pasos de ese niño para enterarlo de que años después, lleno de incertidumbre, hoy iba a publicar una novela”.

Esa escena podría estar al final de otro libro. Un hombre vuelve sobre sus propios pasos y descubre que la literatura también es una forma de hablar con el niño que fue.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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