
Publicado por: Redacción Cultural
Emperatriz León quedó azul, como sus ojos. Su esposo y su hijo la hallaron más gorda que de costumbre, excesivamente hinchada, dos días después de haber entrado al apartamento de la calle Torres Adalid. Su piel permanecía dura y helada por el tiempo que llevaba muerta, tirada en el piso.
Quedaron mudos al verla, como un sapo aplastado sobre la alfombra de la habitación. Tuvieron que llamar al portero del edificio para que los ayudara a quitarle de encima el viejo clóset de madera. Solo la cabeza había quedado por fuera, pero antes —se supo después— la tabla superior le habría caído primero, impactándole la muerte, según palabras del forense.
Emperatriz fue una mujer que nunca le hizo mal a nadie. Escogió a su compañero de vida por un asunto de verdadero amor humano, más que de atracción heterogénea. Su hijo fue el mejor regalo de Dios. Lo hizo bachiller en la preparatoria de la UNAM y luego administrador de empresas. Era sus ojos. Gordo como ella, el niño pasó de comilón de tamales y tacos de jeta a excelente financista.
El marido era todo lo contrario a ella y a su hijo: flaco, laxo y de poco comer, pero amoroso hasta decir ya no más. Emperatriz construyó su fortuna gracias al arduo trabajo de hacer empanadas de bocadillo con chiles, tamales de fresa y mango con chiles, y enchiladas de puerco. Su empresa hogareña, sumada a la desconfianza en los bancos y a la situación del país, la llevó a no tener cuentas de ahorro ni tarjetas de crédito. Todo lo ganado por las ventas lo guardaba en su pecho.
La gente creía que, por gorda, Emperatriz también debía tener pechos grandes, pero no: el volumen de su busto se debía a la cantidad de billetes que escondía allí. Cuando ya no le cabían, los guardaba debajo de la alfombra o bajo los azulejos del baño principal de su alcoba. A veces, su marido los ocultaba en los zócalos de madera de las recámaras. Gracias a esa forma de ahorro compró varios apartamentos en toda la ciudad y dejó de vivir de las empanadas para hacerlo de la renta y la inversión inmobiliaria. Su marido y su hijo le administraban las propiedades.
La mañana de su muerte ocurrió un día después de la de Simón y Carmela. Emperatriz entró al apartamento con las llaves que le dejó John Jairo el día anterior. El paisa le agradeció con una sonrisa triste la relación comercial sostenida y se dieron un abrazo. Ambos sintieron que habían construido una amistad cordial durante el tiempo de permanencia en ese apartamento.
—Lástima que se hayan ido. Ojalá vengan otros inquilinos como ustedes dos. Los colombianos son personas buenas —expresó la casera.
Murió empuñando en la mano derecha un lápiz rojo. El portero tuvo que ponerse guantes industriales y abrirle la mano con un destornillador para desprenderlo, incluso con un suspiro mezclado con rabia. El forense indicó que había muerto por un trauma encefálico causado por el golpe. Por los signos en su cuerpo y en el lugar del accidente, se interpretó que ella intentó subirse al clóset por algo y que el mueble se le vino encima.
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Había huellas de sus zapatos en los entrepaños y rayas rojas, muy bien trazadas, sobre la pared blanca. Sin embargo, se preguntaron cómo ese montón de madera vieja, anclado durante años a la pared, había podido caerle encima. Según John Jairo, la señora intentó trazar con el lápiz las medidas del nuevo clóset que le iba a fabricar al alojamiento, tal como ella le comentó el día que le entregó las llaves. Era su costumbre hacer arreglos cada vez que alguien se mudaba.
John Jairo fue enterado por el esposo de la casera y asistió a la comandancia a prestar declaración. Su hijo, Ricardito León, no derramó una sola lágrima: se dedicó a comer burritos y sopes en la taquería de enfrente de la funeraria.
Esta es una entrega especial para el Magazín Cultural de VANGUARDIA por el autor Jesús María Pineda Patrón y el ilustrador Julián David Rincón.
(Santiago de Tolú, Sucre, Colombia, 1957) es lingüista, formado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México. Tiene una maestría en Educación (grado cum laude) de la Universidad Javeriana y estudios de posgrado en Educación de las Artes y el Folclor, así como en Docencia Universitaria en la Universidad El Bosque. En 1990 obtuvo el segundo lugar del Premio Nacional de Antropología Mexicana.
Ha publicado obra en cuento (Amor entre botas), poesía (Piel nocturna y Tamaritiándote en el patio) y ensayo (Cómo desarrollar el pensamiento creativo), además de investigaciones en educación, semiótica y literatura. Ha sido docente en varias universidades. Te habían nombrado Guadalupe es su primera nouvelle y, en 2026, publica su segunda novela, La clave del alquimista.
Julián David Rincón Silva estudió Artes Audiovisuales con énfasis en Cine y Televisión. Es fotógrafo publicitario y de moda, con una maestría en Animación 3D para cine y videojuegos. Es cofundador de la agencia de publicidad Private Island, desde donde desarrolla proyectos de comunicación visual y narrativa de marca.
Su trayectoria se caracteriza por una observación sensible de su entorno cotidiano, que integra estética y conceptualmente en todo lo que crea. Ha realizado ilustraciones y piezas visuales para diversos medios, consolidando un lenguaje visual que cruza fotografía, animación y audiovisual.

















