En Guadalupe, Santander, la historia no solo está en Las Gachas ni en sus paisajes de agua y piedra. También está en un tratado firmado en 1812, en batallas olvidadas, en mujeres fusiladas antes de la Independencia y en una memoria local que Marco Antonio Franco Pinzón decidió rescatar de los archivos para devolverla al pueblo.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Marco Antonio Franco Pinzón aún recuerda el camino de barro hacia la escuela rural en la vereda La Sirena, en Guadalupe. De niño lo recorría con sus hermanos, entre trochas, potreros y una naturaleza que terminó marcando su vida.
“Nos tocaba transitar aproximadamente un kilómetro por un camino de barro. Hacer eso a los cinco años de edad era toda una aventura. Salían animales, muchas veces aparecían serpientes”, cuenta.
Allí nació una relación con el territorio que, décadas después, lo llevó a reconstruir una historia que muchos guadalupeños habían dejado de escuchar.
“Crecí en contacto con lo fundamental de la vida, con lo más valioso que es la naturaleza. Aprendí a valorar el agua, los árboles y la tierra. Me trazó una conducta de vida, la naturaleza es parte de nosotros mismos. Si la afectamos, nos deterioramos también. Tenemos que convivir en equilibrio, tenemos que producir pero también debemos preservar el medio ambiente”, resalta.
Guadalupe es conocido por Las Gachas, sus paisajes, su religiosidad y su fuerza turística. Pero para Franco Pinzón, el municipio guarda algo más que belleza natural: una memoria política, cultural y social que aún busca lugar en la conversación pública.
Con el tiempo, Guadalupe fue olvidando buena parte de su historia. Quedaron nombres, fechas sueltas y relatos familiares. Franco lamenta que muchos pobladores conozcan tan poco de su propio pasado.
“Solo se saben los nombres de seis personajes, tres de ellos participantes en la insurrección comunera y tres heroínas que fueron fusiladas previo a la independencia. También se conoce que el Libertador (Simón Bolívar) pasó por Guadalupe cinco veces”.
Ese vacío fue el punto de partida. En pandemia, Franco Pinzón investigó por cuenta propia la historia de su pueblo, movido solo por el afecto a Guadalupe y por la necesidad de comprobar qué había detrás de los relatos que escuchó desde niño.
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La búsqueda le tomó cerca de año y medio. Revisó más de 40 libros, hizo consultas en internet y halló nueve “joyas históricas” dispersas en obras de historiadores colombianos; solo cuatro eran conocidas en Guadalupe.

“La mayor parte de esta historia es desconocida, nadie recuerda haberla escuchado. No obstante, esa información se encuentra escrita en muchos libros escritos por los principales historiadores colombianos”, expresó Franco Pinzón.
El primer resultado fue un resumen de cuatro páginas: una síntesis clara y accesible, pensada para circular entre estudiantes, campesinos, jóvenes y habitantes de Guadalupe.
“Mi propósito fue escribir algo breve de fácil lectura, para que así muchas más personas puedan leerlo, sobre todo los jóvenes que hoy en día no leen. La idea es que llegue a los muchachos, niñas, al campesino... la historia es para todos”, comenta.
El documento fue entregado en un acto transmitido por Facebook y YouTube. En total, reúne doce hojas con hechos ocurridos en Guadalupe durante los siglos XVIII y XIX.
“Aparte del documento básico, hago referencia a otros tres. En total son 12 hojas que contienen la síntesis de la historia del municipio en dos siglos. La idea es generar más amor, arraigo e identidad por el pueblo”.
Durante el acto se entregaron retablos con los documentos impresos, donados a la Casa de la Cultura Jorge Saúl Meneses Franco. Para Franco Pinzón, la historia debía quedar también en físico, en un lugar público y al alcance de la comunidad.
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“La idea es que además de las redes sociales, esta información también esté de forma física”.
Entre sus hallazgos, el Tratado de Guadalupe ocupó un lugar central. Firmado el 17 de febrero de 1812, selló la rendición del Estado del Socorro y su adhesión a Cundinamarca, incluidos los cantones del Socorro, Vélez y San Gil.
Ese episodio sitúa a Guadalupe en la primera República, cuando la Nueva Granada aún era un territorio en disputa entre provincias y modelos de gobierno. Allí, el Socorro tenía peso propio: su Constitución de 1810 es considerada el primer texto constitucional de la Nueva Granada.
Franco Pinzón explica que Guadalupe tuvo entonces una posición política de relativa neutralidad mientras se desarrollaba la tensión entre centralistas y federalistas.
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“Ambas corrientes tenían grandes defensores de arraigo nacional. El cabildo de Guadalupe tuvo un carácter neutral de suma importancia”.
De un lado estaba Antonio Nariño, presidente de Cundinamarca y defensor del centralismo; del otro, los federalistas del Socorro. La figura de Nariño añade matices: en 1793 tradujo e imprimió clandestinamente la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la América hispánica.

Franco Pinzón también mira al Nariño gobernante, defensor de una visión centralista del poder. Desde esa lectura, el Tratado de Guadalupe no fue un trámite menor, sino un acuerdo nacido de una derrota y de una disputa por territorio, rentas, armas y control político. Uno de los sacrificados fue Lorenzo Plata, el entonces presidente del Estado del Socorro y lider federalista.
La investigación también reveló una coincidencia histórica: en 1848, otro tratado con el nombre de Guadalupe marcó a América. El Tratado de Guadalupe Hidalgo puso fin a la guerra entre México y Estados Unidos y obligó a México a ceder el 55 % de su territorio por 15 millones de dólares.
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Franco no equipara ambos tratados, pero encuentra una estructura común: acuerdos firmados tras una derrota, con un vencedor que impone condiciones y un territorio que pierde autonomía. Para él, los tratados también revelan relaciones de poder.
El libro también recupera otros hechos de Guadalupe: el paso de Pablo Morillo, una batalla de 1819 entre españoles y patriotas, tres meses antes del Pantano de Vargas y Boyacá, y una confrontación de 1902, durante la Guerra de los Mil Días.
En el siglo XIX, recuerda, Colombia estuvo atravesada por guerras civiles sucesivas. Guadalupe no fue ajena a esa violencia política.
“Casi que hubo una guerra cada 10 años, por cuenta de dos bandos. Fuimos escenario de muchas batallas, como la Guerra de los Mil Días hace 120 años. Esto puede ayudar el alto nivel de intolerancia en Colombia”.
Esa idea resume una clave de su trabajo: Franco Pinzón no quiere celebrar la guerra, sino usar la historia local para entender las raíces de la polarización, la intolerancia y la dificultad de convivir con quien piensa distinto.
“Desde eso momento había polarización. Debemos aprender a respetar la diversidad de pensamiento y no destrozarnos. Tenemos que encontrar fórmulas de convivencia y construir a partir de la diversidad”.
Por eso propone monumentos sencillos como espacios de memoria y enseñanza, no de victoria. Lugares donde estudiantes, turistas y habitantes puedan entender lo ocurrido y relacionarlo con el presente.
Esa preocupación conecta con la Ley 1874 de 2017, que restableció la enseñanza obligatoria de la Historia de Colombia en colegios y busca fortalecer identidad, pensamiento crítico, memoria histórica y reconciliación.

Franco Pinzón cree que su documento puede servir a otros municipios santandereanos con historias importantes, pero dispersas y fuera de la conversación diaria.
“Podría ser aplicar en la enseñanza de los colegios y poner a disposición de la comunidad. Esos hechos podrían ser motivo de conversación entre la gente, así se recuperaría la memoria...”, recalca.
Para él, la historia debe salir de los archivos y volver a los colegios, casas de cultura, rutas turísticas y conversaciones de plaza: en internet, pero también impresa, visible y disponible.
Ese enfoque dialoga con el auge turístico de Guadalupe, impulsado por Las Gachas. Pero Franco Pinzón advierte que, sin control, el turismo puede ser una amenaza; el propio plan turístico municipal plantea organizar la oferta desde la naturaleza y la cultura.
“Desde hace cinco años Guadalupe es conocido por sus sitios turísticos, como la quebrada Las Gachas, un escenario natural con una belleza impresionante. Pero administrar el turismo conlleva muchos retos. Si no se hace algo se deteriorarán estos sitios. El turismos se debe aprovechar, pero es necesario que haya control para evitar una devastación”, señaló.
Para Franco, el turismo debe apoyarse en la preservación y divulgación del patrimonio histórico, el religioso, el cultural y el cuidado del territorio. Esa mirada coincide con apuestas como la Ruta Libertadora, que busca articular memoria independentista, patrimonio y oferta natural en municipios de seis departamentos, incluido Santander.

Guadalupe también tiene una fuerte identidad religiosa, visible en su devoción a la Virgen y en sus templos. A esa memoria se suma su relación con Contratación, municipio vecino que albergó un lazareto clave en la historia regional de la lepra.
Franco Pinzón ve en esa cercanía un dato cultural clave: ayudó a formar en Guadalupe una actitud de respeto hacia los enfermos de lepra.
“Eso nos llevó a forjar una cultura de aprecio y entendimiento hacia los enfermos de lepra, sin discriminación en absoluto. Es culturalmente muy interesante”.
La vida de Franco Pinzón también cruza territorio, educación y movilidad: creció en el campo, se graduó como ingeniero civil de la UIS en 1980 y luego hizo un posgrado en finanzas en Italia.

“Me jubilé hace un año, estoy pensionado, pero con plena vitalidad para seguir entregando cosas buenas para contribuir al desarrollo de los demás”.
Ya pensionado, Franco Pinzón retomó una inquietud antigua: la historia de Santander, una pasión que sus compromisos profesionales no le habían permitido explorar a fondo.
“Siempre la historia de Santander me ha cautivado. Hay temas apasionantes, como la migración alemana a finales del Siglo 19. También me llamaron la atención otros temas como la gesta de la independencia y la insurrección comunera 30 años antes”.
Su investigación es también un regreso: salió del campo, estudió ingeniería, trabajó en finanzas y volvió a Guadalupe desde la memoria, con un documento breve, unos retablos y una invitación a mirar el municipio con otros ojos.














