El Cañón del Chicamocha y los Caminos de Lengerke condensan la fuerza del paisaje, la memoria ancestral y las rutas históricas de Santander. Siga este recorrido fotográfico por uno de los territorios más imponentes de Colombia.

Publicado por: Franz Rey
El Cañón del Chicamocha es uno de esos lugares donde la geografía se muestra increíblemente imponente, con formaciones rocosas gigantes y una fuerza del viento asombrosa. Pocos paisajes son tan impactantes como este, y lo digo con conocimiento de causa, pues lo he recorrido en más de cinco ocasiones.
Es una estructura semicircular enorme, de proporciones titánicas, que parte Santander en dos y se extiende hasta Boyacá.
Estando aquí, el sol le da unos tonos rojizos a las paredes que son alucinantes, mientras ves cómo el río se abre camino serpenteando en el fondo de un valle lleno de contrastes. Es un paisaje que no solo te engancha visualmente, sino que sientes que guarda historias ancestrales escondidas en cada curva y bajada.
El Chicamocha, con unos 227 kilómetros de largo y hasta 2.000 metros de profundidad, se levanta como la prueba de un territorio que se formó durante eras geológicas muy antiguas, tallado por la erosión y la acción tectónica de la cordillera andina. Lea más artículos del Magazín Cultural: Del conflicto armado en Santander al cielo de España
Su nombre, que en lengua guane significa “hilo de plata bajo la luna llena”, me parece pura poesía cuando ves el río bajo la luz. Siento ese eco milenario vibrando en cada piedra.

Pero ojo, el Cañón no sería tan significativo sin la gente que lo hemos cruzado, vivido y recorrido. Sabemos que las comunidades indígenas, los guanes, laches, yariguíes y muiscas, armaron su vida en armonía con estos senderos, dejaron sus pictografías en cuevas y convirtieron estas rutas en corredores clave de intercambio cultural y comercial.
Una ruta con historia en las piedras: Los Caminos de Lengerke
Encima de estas formaciones geológicas se extienden los famosos Caminos de Lengerke, una red de senderos empedrados que, a mi parecer, han sabido esquivar el paso implacable del tiempo. La verdad es que la historia de estas vías está muy ligada al ingeniero alemán Geo von Lengerke, quien, a mediados del siglo XIX, se encargó de arreglar y ampliar las antiguas rutas indígenas. Su meta era conectar el interior de Santander con los mercados del río Magdalena y, de ahí, con el comercio europeo.
Hoy en día, estos caminos no solo unen pueblos como Los Santos, Jordán, Villanueva, Barichara, Guane y Zapatoca, sino que también te dan la oportunidad de caminar unos 100 km a pie en un recorrido de nueve días en la llamada “Ruta de Caminos ancestrales de Santander”. Un reto que mezcla la exigencia física con esa búsqueda de introspección espiritual que necesitamos para entender de verdad la región desde sus raíces históricas.
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Mientras avanzo, siento que no solo piso piedras centenarias, sino que también recorro historias. En sitios como Jordán, el puente Lengerke —uno de los primeros puentes colgantes y el lugar del primer peaje del país— sigue casi intacto, como si el tiempo hubiera protegido cada huella de los arrieros que lo cruzaron con tabaco, quina y sueños de progreso.

Paisaje, secretos y recuerdos
Caminar por estos senderos es sentir la tierra luchando contra la altura, es reconocer la vida de los pueblos que todavía existen al borde del abismo. Los viejos caminos te llevan por paisajes a veces secos, a veces verdes, donde la naturaleza se resiste, con cactus gigantes y aves altivas.
Para mí, cada tramo es una lección: de aguante, de calma, de cómo nuestra historia como humanos se mezcla con la geología de miles de años.

Una invitación a sentir y a recordar
El Cañón del Chicamocha y los Caminos de Lengerke son más que un viaje: son una conversación entre mi pasado y lo que soy ahora. El valor está en que recorrerlos es un ejercicio de memoria histórica que te habla de la capacidad de la región para levantarse y reinventarse.
Mirando el atardecer, me pregunto: ¿qué otros cuentos esconden estos caminos solitarios? ¿Qué secretos de culturas antiguas, animales extintos o desastres esperan que yo descubra? ¿Qué cambio me espera a mí, si me atrevo a adentrarme para conectar con el alma profunda de este paisaje monumental?











