Según la metáfora de Isaiah Berlin, hay escritores que ven el mundo desde una sola verdad y otros desde múltiples perspectivas. Entre estos últimos se encuentra Jesús Zárate Moreno, cuya obra revela una mirada plural y profundamente crítica.

Publicado por: Redacción Vanguardia
Entre los fragmentos conservados del poeta griego Arquíloco hay un verso que dice: «La zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una y una muy importante». La fórmula, según el filósofo inglés Isaiah Berlin, se convierte en una lúcida metáfora para distinguir a dos clases de escritores en general: por un lado, aquellos que poseen una visión central, unitaria y coherente, es decir, «centrípeta» y, por otro, quienes perciben un espejismo disperso y múltiple de la realidad, en otras palabras, «centrífuga».
En la esfera de los erizos danzan nombres como Platón, Dante, Kant, Hegel, Proust, Dostoievski y Chesterton; en el grupo de las zorras se encuentran: Aristóteles, Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Moliere, Goethe, Balzac, Joyce, Kafka y Borges. A esta comunidad zorruna pertenece, qué duda cabe, el escritor santandereano Jesús Zárate Moreno, no solo por su concepción abierta y pluralista, sino por su capacidad ecléctica de sintetizar todo un universo polifónico acompasado por una vasta erudición —literaria, filosófica, psicológica, judicial y política— que va desde columnas de opinión, novelas, cuentos y piezas teatrales hasta crónicas de orden periodístico.
El primer atisbo taxonómico de su poética nace de una agudeza insospechada, heraclitea y de sentires trágicos; La cárcel, —concebida a finales de la década de 1950 y culminada en 1960—. Este relato, a medio espacio entre la literatura, la filosofía, la utopía, la sátira y el teatro, narra la historia de un alma apresada entre barrotes: Antón Castán, personaje condenado injustamente por un crimen que nunca cometió. En un intento por mitigar el tedio de la reclusión, decide embarcarse en una tarea: escribir un diario que retrate el obrar de sus compañeros de celda —Míster Alba, Braulio, David Fresno y el Gordo Tudela—. Inmersos en el debatir filosófico y liberal, irrumpe una oleada de violencia en gran parte del país, situación que impregna el entorno penitenciario con abusos e injusticias. Aunado a la problemática anterior, emerge una figura arbitraria del bastión militar: Leloya, cacique de sombríos procederes que asume la dirección del antro carcelario. La obra, como meandro literario, tomará un rumbo inesperado con la irrupción de un motín y el asesinato a sangre fría del director de prisión; el excoronel Tomás Leloya, a manos de su entrañable narrador, Antón. Cabe señalar que en la novela convergen el absurdo judicial kafkiano; la dualidad apolo-dionisíaca de Nietzsche; el existencialismo de Sartre y Camus; la locura benigna de Erasmo de Rotterdam y Cervantes; la profundidad moral de Dostoievski; y la crítica al poder de Foucault. Esta visión «centrífuga» —esto es, zorruna— resulta tan iluminadora para entender un pensamiento desperdigado, difuso y mutable, propio de un poietes genial que ocupa una diversidad de planos y rechaza toda unidad sistémica o principio rector humano.
La novela El cartero —oculta también bajo la máscara de la zorra—, despliega una narrativa con ritmos absurdos, irónicos y humorísticos. Su protagonista, Antonio París, es un viudo rentista y solitario cuya monótona vida en Bogotá se ve alterada tras leer en el horóscopo que recibirá una carta con buenas noticias. La misiva llega, pero está dirigida a otro sujeto: Antonio Madrid. Esta confusión desencadena en París una obsesiva búsqueda de identidad y sentido: mientras se niega a aceptar la carta —nunca la abre—, cuestiona su propia existencia, enfrenta a la burocracia postal, indaga las ambigüedades de su pasado y se sumerge cada vez más en encuentros irracionales. Al final, el personaje sigue sumido en la misma rutina, lo que lo lleva a aceptar la incertidumbre como parte constituyente de su realidad. Al igual que Sísifo, condenado a empujar una roca cuesta arriba, o como el Roquentin sartreano, abocado a divagar por los entresijos de la ciudad ficticia de Bouville, esta obra se erige en un tácito ejemplo zorruno, —dueño de un instrumento universal que permite conocer y relacionar experiencias— que identificó, hace ya unas décadas, un pensador de origen letón llamado Isaiah Berlin.
La metáfora del erizo y la zorra aparece al principio de su magistral ensayo publicado en 1953. En él se documenta la teoría de la historia de Tolstoi y sus semejanzas con las del pensador ultramontano Joseph de Maistre. Huelga decir que el libro lleva por nombre El erizo y la zorra.
Especial para el Magazín Cultural de VANGUARDIA por Wilmer Bohórquez, licenciado en Literatura y Lengua Castellana por la Universidad Industrial de Santander (UIS).














