No me gusta el fútbol, pero crecí viendo a mi nona vivirlo. Entre su voz y mis recuerdos, entendí que este juego se extiende hasta el aliento que lo sostiene todo. Nace en el corazón, se comparte en la tribuna y se resiste a apagarse, incluso cuando la vida se atraviesa.

Mi único referente futbolístico se llama María Denis Silva. Yo no crecí viendo partidos de fútbol; yo crecí viendo a mi nona ver, criticar y regañar a los jugadores. Por supuesto, apoyaba al Cúcuta Deportivo, o eso creo; a veces, entre los regaños y la euforia, no quedaba muy claro. Lo cierto es que todos los fines de semana se ponía frente al televisor que tenía en la cocina y no había quien la despegara del fútbol profesional colombiano.
Cuando me enfrenté a la idea de escribir solo sobre fútbol, a propósito del evento mundial que se lleva todos los titulares por estos días, ese recuerdo fue el primero que llegó a mi mente.
Luego no pude evitar pensar en Jhony René Pabón Forero, un hincha del Real Madrid que llevaba el fútbol en su corazón y hasta en sus “pintas”.
Mi primo era cucuteño, pero hincha fiel del Atlético Nacional. Alentaba a su equipo, pero también a todo jugador que dominara bien el balón. Repetía partidos una y otra vez. Recuerdo que, el 22 de junio de 2016, cuando salió de la casa para ver el partido de la selección Colombia contra Chile, en el marco de la Copa América Centenario, le arrebataron el aliento. Un acto de intolerancia, por una “falta” o incidente en un, si se puede llamar, partido en la calle del barrio, con la persona equivocada, le costó la vida.
Tenía 25 años, un clóset lleno de camisetas de selecciones y clubes, gorras y las zapatillas recién lanzadas de Cristiano Ronaldo, su ídolo.
Con mis nulos conocimientos en fútbol, mi nona y mi primo en mente, me abordó la idea de qué tienen en común todos los hinchas y fanáticos del fútbol: el aliento. El aliento está cargado de pasión, identidad, cantos y memoria. Viaja desde el corazón y los pulmones hasta el arco; recorre el mundo entero.
¿Qué le queda a una selección cuando en la cancha está, casi todo, perdido? El aliento de sus hinchas. A mi primo se lo arrebataron, y mi nona, a sus 83 años, asegura ya haberse distanciado del estadio y la pantalla: “ya no tiene uno alientos pa’ eso”.
Solo he ido dos veces a ver un partido: una en el Estadio General Santander de Cúcuta y otra en el Américo Montanini de Bucaramanga, y la escena que más rescato es la de las hinchadas haciendo vibrar todo. El aliento, en el fútbol, es la más alta vibración del alma y de las pasiones.
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De hecho, quienes llevan años detrás del balón aseguran que jugarán hasta su último aliento. O al menos esa es la filosofía que persiguen los 875 jugadores de 41 equipos de la Corporación Deportiva de Futbolistas Senior de Bucaramanga, Corfusenior, una corporación de adultos mayores que se niegan a soltar al niño que se enamoró de la pelota. Fui a ver un par de partidos el sábado, día que juegan en la cancha Manzanares, sin falta, a menos que la lluvia lo impida.
Confirmé, con los jugadores en la cancha y las familias en la tribuna, que el aliento es lo último que nos pueden quitar. Son tres categorías: de 50 a 60 años, de 60 a 65 y mayores de 65. Todos tienen una energía y vitalidad en la cancha que solo puede justificarse con una vida dedicada a esta pasión.
Por eso también logré concluir que el aliento da vida, porque estos jugadores van más allá de sus capacidades físicas. Algunos jugaron de forma profesional y otros en la barriada, pero todos se mueven detrás del balón con el mismo ímpetu.
Hay partidos desde las 7:00 a. m. hasta las 9:00 p. m., y todos tienen tres tiempos. Para los conocedores de la barriada, ese tiempo extra es el momento en el que se comentan las jugadas, se habla de la vida y se recarga energía con una bebida bien fría. Para quienes no son cercanos al tema: luego de que estos señores terminan los dos tiempos reglamentarios, se reúnen en una tienda a tomar cerveza o alguna otra bebida, compartir un rato con los amigos y descansar del esfuerzo del partido.
Quedé gratamente sorprendida con lo que puede hacer el fútbol. Hablé con algunos jugadores y hasta terminé contagiada por la pasión del fútbol.
La barriada, la pasión y el tercer tiempo
Carlos Orlando Díaz Mantilla es médico ortopedista, defensor en el área de juego e hincha de Maradona. Fue docente de la Universidad Industrial de Santander (UIS) en el área de ortopedia y traumatología durante 30 años, pero sigue ejerciendo la ortopedia y el fútbol.
“Juego desde adolescente, aprendí en la barriada”. El fútbol ha sido su terapia y le ha regalado a los amigos que conserva desde su juventud.
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Lleva cinco años en Corfusenior y le resulta difícil imaginar su vida sin esa rutina. “Es una terapia para disminuir el estrés crónico que manejamos todos los seres humanos y creo que para mí sería muy difícil. Por eso espero jugar fútbol hasta cuando mi Dios me tenga para hacerlo”.

Héctor Julio Parra Moreno, diseñador industrial, juega en el mismo equipo de Carlos. Estudió en la Universidad Nacional de Bogotá, hizo una maestría en la Universidad Autónoma de México; también fue docente de la UIS y aún no se “pensiona” del fútbol.
“Fue cuando llegué a la universidad y encontré como una parte importantísima para recrearme; aparte de mi actividad académica y mis otras labores, mi vida empezó a centrarse en el fútbol”, expresa.
Entre risas y la confianza que se ha construido con el equipo, bromea con que el técnico no conoce su nivel y no aprovecha su talento al máximo. “Ya me quieren pensionar… no juego todo el partido, pero me gusta venir y seguir participando”.
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A Héctor lo alientan su esposa y los amigos que se han convertido en familia; son muchos los recuerdos que guarda alrededor del fútbol. “Aquí tuvimos la oportunidad de jugar con el maestro Cuca Aceros. El hecho de intercambiar con otros es extraordinario. El fútbol aglutina gente, la familia que viene a verlo, a los jugadores; eso es una cosa maravillosa”, agrega.
Álvaro “Pipo” Suárez también asiste los sábados a la cancha. Es economista, pero dedicó 43 años de su vida al fútbol. “Pasé 20 años en el Atlético Bucaramanga”. Su relación con el fútbol es desde la cuna, y se acerca a sus 70 años, por lo que siente que su cuerpo ya le pide descanso, pero el aliento del “profe” sigue vivo.
“El único sueño que me falta es que los jugadores que pasaron por mi vida, como director técnico, sean personas de bien”, revela.

Hasta esta cancha también llega Baltasar Álvarez, hijo de Vélez, la tierra del bocadillo; sociólogo y jugador de los de toda la vida, lleva más de 40 años en el fútbol.
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“Soy delegado del equipo Real Sociedad, fui selección de fútbol y de baloncesto en Puente Nacional. Para mí el fútbol significa todo porque ha sido mi base para la salud física y mental desde que me pensioné hace 12 años”.
Para Baltasar, compartir y alentar a sus amigos es lo valioso, pero también rescata que en Corfusenior hay un “buen tercer tiempo”.

Mario García Suárez es el encargado de ese tercer tiempo. “Trabajé 36 años en panadería. Tengo el negocio desde 1997 y la venta de cerveza la inicié en 2005, acá con los señores que ya prácticamente tienen más de 20 años de estar jugando este campeonato”, cuenta.
Mario revela que lo que ahora son dos canchas de fútbol iluminadas de día y de noche antes era un terreno abandonado y foco de inseguridad. De hecho, hasta huele a sancocho; ese fue el plato protagonista del tercer tiempo el sábado que los visité, pero el menú es variado.

Vicente Rangel Duarte es egresado de la UIS y trabajó toda la vida en la industria farmacéutica. “En la corporación he ocupado casi todos los cargos de junta directiva... secretario, presidente y ahora soy el fiscal”.
El fútbol llegó a su vida por accidente. “Cuando era muy joven (10 años) no jugaba, pero todos mis amigos jugaban. Tuve que inmiscuirme en el deporte para no quedar aislado de mi grupo de amigos. La historia cambió y comencé a sentir esa pasión que sentimos los futbolistas y ese deseo no solo personal, sino grupal de jugar y de hacer asociaciones”, destaca.

Álvaro Domínguez López es de los ganadores. “Jugué en el Bucaramanga en el 85. Dediqué mi vida al fútbol desde los 13 años. Jugamos todos los hexagonales departamentales y en la barriada, muy buenos”.
Con su equipo, Liverpool, en Corfusenior, se han coronado campeones 12 veces. “Hemos mantenido el equipo desde la categoría de los 50 y estamos ahora en la de 65. El fútbol significa todo: la vida, la alegría, la tranquilidad. No importa el marcador, sino compartir con todos los que hemos jugado fútbol en Santander”.

Finalmente, llegamos a Omar Amaya Arciniegas, administrador de empresas, tecnólogo en gestión empresarial y presidente de la Corfusenior.
“Soy de Rionegro y desde muy pequeño nos infundaban el fútbol. Desde esa época he tenido la oportunidad de participar en la selección Santander; he estado en diferentes equipos, en primera división”, explica.
Hizo parte de la Policía Nacional y perteneció a la selección de las Naciones Unidas en la República de El Salvador, pero su vida siempre ha estado atravesada por el fútbol. “Llevo ocho años en la corporación con el Deportivo Rionegro”.
Ser el presidente de la corporación alimenta su pasión por el fútbol, pero también suma responsabilidad. “El objeto principal de nuestra entidad es fomentar y patrocinar el deporte, especialmente el fútbol, junto con la recreación, y que nuestros corporados aprovechen el tiempo libre con esta actividad”.
Después de entender el fútbol, sin discriminar edad, profesión o banderas, entendí que sí lo atraviesa una pasión. No me cabe duda de que alentar a los equipos es contagioso.
En Corfusenior casi todos coinciden en que dedicarán hasta el último aliento al sueño de quedar campeones, varias veces, en los torneos. Y, por supuesto, a nutrir la vida con sus amigos en ese tercer tiempo.
Si me dejo conmover por este mundial y contagiar de la pasión del fútbol, dedicaré el aliento a la selección Colombia. Porque si algo debe aplaudírsele al fútbol es el poder que tiene de hacernos sentir un solo país alrededor de la tricolor. Eso sí me emociona.
















