Magazín cultural
Viernes 25 de septiembre de 2026 - 06:58 PM

Bucaramanga tiene cultura de sobra, pero muchos jóvenes siguen lejos de ella: ¿qué está pasando?

Bucaramanga, Santander. Festivales, bibliotecas, cine, música y eventos gratuitos hacen parte de una nutrida agenda cultural. Sin embargo, para muchos jóvenes esa ciudad parece quedar lejos: el costo del transporte, la falta de información y la ausencia de programación cercana siguen marcando quién puede disfrutar de la cultura y quién permanece por fuera.

En la noche de talentos Sena, se contó con una masiva afluencia de espectadores que disfrutaron de la velada cultural. En la gráfica, jóvenes que hacen parte del convenio suscrito entre la Casa de la Cultura y el Sena, titulado “Al rescate de lo nuestro”.
En la noche de talentos Sena, se contó con una masiva afluencia de espectadores que disfrutaron de la velada cultural. En la gráfica, jóvenes que hacen parte del convenio suscrito entre la Casa de la Cultura y el Sena, titulado “Al rescate de lo nuestro”.

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Hay una ciudad dentro de Bucaramanga que muchos de sus habitantes no conocen. Es, de hecho, una ciudad vibrante: tiene libros, cine, música, exposiciones, festivales y una programación cultural variada que se ha construido durante décadas. Una ciudad con eventos de larga tradición y otros más espontáneos que aparecen buscando nuevos públicos.

Pero esa ciudad, aunque está aquí, está lejos de muchos de quienes la habitan.

La distancia no siempre puede medirse en kilómetros. A veces es una distancia invisible. Una distancia que puede convertir una biblioteca en un lugar lejano o un festival gratuito en un evento inalcanzable.

Si Alba* quisiera ir a una biblioteca, la más cercana le queda a una hora y quince minutos caminando, sin detenerse. Tiene 18 años, estudia en el Colegio Fe y Alegría, en Colorados, en la salida a Rionegro, y este año termina el bachillerato. La biblioteca más cercana es la de Campo Madrid. A Alba le gusta el cine, pero no sabe que existe un festival importante en Bucaramanga. Jamás se enteró de sus funciones gratuitas y mucho menos conoce o ha escuchado hablar de otros eventos como Salas Abiertas, Cucli-Cuclí, Abrapalabra o el Festival Internacional de Piano. Todos con presencia importante en la región y una trayectoria reconocida. Para ella, sin embargo, resultan ajenos. La ciudad cultural está ahí. Alba no.

A Luis* le ocurre algo parecido, aunque la distancia es menor. Estudia en la I.E. Oriente Miraflores, en Morrorico, y vive en El Retiro. La Biblioteca Gabriel Turbay está a unos 35 minutos caminando. Treinta y cinco minutos pueden parecer poco, seguro bajando la cuesta los alcanza, subiendo, es diferente. Habría que sortear el tráfico, las mulas y la loma. En bus serían unos 15 minutos. El problema es que para disfrutar de la biblioteca o participar activamente en la vida cultural de Bucaramanga, además de sortear la distancia, Luis necesita dinero.

El único evento cultural al que recuerda haber asistido es Ulibro. Seguramente por la cercanía de su institución educativa con la UNAB, lo visito en algún momento de su vida escolar.

Ulibro /VANGUARDIA
Ulibro /VANGUARDIA

Si pudiera asistir a cualquier otro evento cultural, lo haría. La razón principal por la que no lo hace es el dinero. Un pasaje de ida y vuelta parece sencillo, pero no siempre lo es.

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Quise hacer un ejercicio, sin ningún interés científico o académico. Más bien informativo. Una forma de poner en evidencia algo que parece visible, pero que quizá no hemos querido mirar con suficiente atención. Consulté a 60 jóvenes de Bucaramanga que viven lejos de la escena cultural para conocer las razones por las que asisten, conocen, disfrutan o no la cultura y sus eventos.

Lo que me preguntaba era ¿cómo es posible que existan en Bucaramanga eventos con más de 30 años de trayectoria y que, al mismo tiempo, un sector de la población no los disfrute o, peor aún, no sepa que existen?

Si es así, ¿quién disfruta entonces la cultura de la ciudad? ¿Para quién se hace? ¿Cómo se forman los públicos para eventos y actividades importantes? ¿Será que la gente no quiere o será que no se entera? ¿Será que simplemente no puede ir? ¿A qué distancia comienza la exclusión cultural?

Bucaramanga tiene una oferta cultural robusta y variada. Esto descarta de plano ese mito pastoso de que en la ciudad no hay nada para hacer. El problema parece estar en otro lugar: en quién logra encontrar esa oferta y quién queda por fuera de ella.

Un laboratorio de escritura y un semillero infantil llegan a la Biblioteca Gabriel Turbay. Foto suministrada/VANGUARDIA
Un laboratorio de escritura y un semillero infantil llegan a la Biblioteca Gabriel Turbay. Foto suministrada/VANGUARDIA

No faltan ganas, falta plata

El ejercicio fue sencillo: preguntarles a jóvenes que podrían disfrutar de la cultura si conocían esa movida en la ciudad y si participaban de ella. Las respuestas muestran una brecha considerable. Una brecha de acceso a la información, por lo menos a la información cultural. Una brecha que conserva algunos públicos desde hace años y que los organizadores han intentado reducir, pero que todavía no alcanza otros lugares de la ciudad.

Los jóvenes consultados, entre 17 y 19 años, viven en Morrorico, Colorados y Porvenir, la mayoría son mujeres y estudian en instituciones públicas.

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Metrolibro, es la biblioteca más cercana para Jorge*, pero ahora que no estará disponible por un tiempo, gastará 35 minutos caminando desde su casa hasta la biblioteca María Isabel Parra, la más cercana desde el Colegio La Medalla Milagrosa, donde estudia.

Si el escenario cultural ya parece lejano, aún más lo están los museos, los cines, las salas de exposición y buena parte de la vida cultural de la ciudad, concentradas casi todas en el centro. En algunos sectores existen actividades, pero son escasas y no tienen continuidad durante todo el año. Muchas se reducen a talleres puntuales que sensibilizan y son importantes, pero que no necesariamente contribuyen a formar un público permanente.

A pesar de que la ciudad tiene festivales, conciertos, una nutrida oferta, la participación sigue siendo profundamente desigual.

Los números ayudan a entenderlo: El 82 % de los jóvenes consultados reconoce a Ulibro como uno de los eventos culturales de la ciudad. En menor proporción aparecen el Festival Internacional de Cine, con el 25 %, y Salas Abiertas, con el 12 %. Cucli-Cuclí, el Festival Internacional de Piano y Abrapalabra aparecen en la memoria menos del 5 %. La paradoja llega después: el 62 % nunca ha asistido a ningún evento cultural en la ciudad y otro porcentaje significativo ha ido solo a 1.

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Saber que existe tampoco garantiza la participación. Hay jóvenes que reconocen eventos, siguen publicaciones en redes sociales, les dan «like» y, sin embargo, no llegan hasta ellos.

Al preguntar por las razones, el desconocimiento y el dinero aparecen entre las principales. La distancia representa apenas el 8 %. Es decir, la distancia física no parece ser el principal límite, pero el costo de llegar sí. Surge uno de los datos más reveladores: el 91% dijo que asistiría si tuviera garantías de transporte o información. No faltan necesariamente ganas, faltan condiciones.

Teatro, cine, exposiciones, música y literatura se toman distintos escenarios de Bucaramanga durante una semana marcada también por la programación de Ulibro 2026.
Teatro, cine, exposiciones, música y literatura se toman distintos escenarios de Bucaramanga durante una semana marcada también por la programación de Ulibro 2026.

Parecen dos ciudades

Ulibro permite observar otra cara del problema. Por sus características, es uno de los eventos culturales más importantes y variados de Bucaramanga. Ha construido público y crecido año tras año. En su más reciente versión tuvo una asistencia superior a las 70.000 personas, cifra importantísima y relevante. Pero también permite hacerse otra pregunta: ¿quiénes son esas personas y quiénes siguen sin llegar?

Lynda Bula, coordinadora de Contenidos Culturales de la Dirección Cultural de la Universidad Autónoma de Bucaramanga y organizadora de Ulibro, reconoce que todavía existe trabajo pendiente: “Aunque cada año estamos puliendo la programación, pensando más en el tipo de público que nos visita, hay que reforzar la formación de públicos durante todo el año. Esto demanda una agenda más elaborada y es uno de los propósitos”.

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Bula imagina una pirámide de asistentes a Ulibro. En la punta los legitimadores: personas que esperan la feria, hablan de ella y le dan el prestigio que ha construido. En el medio están quienes se han ido acercando, conocen su funcionamiento y participan cada vez más. En la base están quienes, aun teniendo posibilidades, no saben que existe la feria o todavía no terminan de sentirse atraídos por ella.

Ahí aparece otra cara, una distancia simbólica: quienes están cerca de algunos eventos y pueden asistir, tampoco lo hacen. Es importante decirlo: hay jóvenes como Alba y Luis que quieren participar y no pueden. Pero también hay personas que podrían hacerlo y no van.

La exclusión cultural no puede explicarse solamente por la pobreza o por la distancia. También existe una distancia construida por la falta de información, por la ausencia de hábitos, por la manera en que se comunican los eventos y por la dificultad de convertir una programación en una experiencia que la gente sienta propia.

Algo similar nos cuenta Carolina Rueda, jefa del Centro Cultural en Bucaramanga del Banco de la República, entidad con más de 40 años de presencia en la ciudad y una agenda permanente. Allí hay exposiciones, talleres, clubes y actividades familiares, todas en su mayoría gratuitas, y, sin embargo, vecinos, personas que pasan todos los días frente a sus puertas no necesariamente saben qué ocurre adentro.

“Es una queja y un sentir que se escucha mucho, que he escuchado en estos años, tanto desde las instituciones como desde el público, y es que estos eventos no llegan a ser del conocimiento de la mayoría de las personas”.

Para Rueda, el reto también es comunicar. No basta con hacer. Hay que conseguir que la gente se entere y hay que trabajar porque la cultura sea parte del entretenimiento o disfrute de más personas.

Catherine Robles Vargas, diseñadora y artista gráfica de Enredarte; Andrea Salazar, directora y Laura Gabriela Castro, editora. Foto: suministrada/VANGUARDIA
Catherine Robles Vargas, diseñadora y artista gráfica de Enredarte; Andrea Salazar, directora y Laura Gabriela Castro, editora. Foto: suministrada/VANGUARDIA

Ser gratis no significa que no tenga costo

Dos experiencias de comunicación cultural se destacan en Bucaramanga: Enredarte y El Cartel. Enredarte, además de informar y generar contenidos sobre la cultura local, puede anunciar más de 90 eventos al mes, de los cuales más del 60 % son gratuitos. Andrea Salazar explica que trabajan en un mapeo del sector para mejorar la comunicación y acercar estas actividades a la ciudadanía. Por su parte, El Cartel registra al menos 200 eventos mensuales. Alfonso Becerra destaca que la mayoría son gratuitos y considera que el desafío está en lograr mayor corresponsabilidad ciudadana para fortalecer y ampliar estas agendas. Él cree que los bumangueses deben sentirse privilegiados por una agenda robusta y gratuita.

Al ser gratuitos se busca ampliar la participación, pero ser gratis no significa que no tenga costo. Detrás de cada evento hay esfuerzo creativo, económico, logístico, publicitario y humano. Muchas veces una parte de ese esfuerzo sale de los propios artistas y gestores.

La gratuidad, además, termina en la puerta del evento y eso modifica la idea de que un evento gratuito es necesariamente accesible.

Pensemos en una familia de cuatro integrantes que quiere asistir a un festival literario infantil con programación gratuita. Si deben desplazarse hasta el evento, tendrán que pagar cuatro pasajes de ida y vuelta: alrededor de $28.800. Cuatro botellas de agua pueden sumar otros $20.000. Un almuerzo modesto, $50.000. Dos helados para los hijos, unos $10.000. El festival es gratuito, ir a él puede costar alrededor de $108.000, que para una familia con ingresos restringidos no es una cifra menor. Puede representar casi 15 días de transporte al trabajo o al colegio. Si esa familia quisiera repetir la experiencia semanalmente, el gasto asciende a $430.000 mensuales. Toda una fortuna.

Entonces puede resultar más sencillo y barato ir al parque cercano, caminar por el centro comercial o quedarse en casa a ver una película. No faltará quien diga que “el que quiere puede”, pero cuan diferente sería que puedan acceder a la cultura desde la cercanía.

La Concha Acústica será escenario de ‘Raíz y Canto’, una apuesta por la cultura en Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA
La Concha Acústica será escenario de ‘Raíz y Canto’, una apuesta por la cultura en Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA

¿Quién decide qué cultura necesita la ciudad?

La discusión también pasa por la manera en que se invierten los recursos de cultura. Un desfile es, por ejemplo, un evento cultural masivo. Puede generar empleo, movilizar artistas y reunir a miles de ciudadanos. En 2026, el Instituto Municipal de Cultura y Turismo destinó más de 1.000 millones de pesos a un desfile de carrozas de la Feria Bonita. Las diez carrozas del Desfile Pico de Oro, además, exaltaron el talento de sus creadores y rindieron homenaje a la mujer santandereana.

La inversión puede tener efectos sobre el sector cultural y el evento puede ser disfrutado por quienes se acercan a las calles. Pero la pregunta no es si debe o no hacerse el desfile, la pregunta es otra: ¿cómo equilibrar grandes actividades que se hacen una vez al año con las necesidades culturales permanentes de una ciudad?

Mientras una parte de Bucaramanga tiene acceso a esos acontecimientos, otra población sigue sin biblioteca cercana, sin información, sin programación permanente o sin posibilidades para llegar, muchos sin saber que la ciudad está de feria. ¿Sería posible destinar parte de esos recursos a infraestructura cultural, formación de públicos, apoyo a la creación o agendas permanentes en los sectores donde hoy esa oferta no existe?

La pregunta no pretende enfrentar una actividad con otra. Pretende mirar qué tipo de política cultural necesita una ciudad que tiene una oferta amplia, pero una participación desigual.

Camila Botero, directora cultural de la UNAB, plantea la necesidad de superar una visión de la inversión cultural concentrada en la contratación de actividades y avanzar hacia modelos que acompañen procesos permanentes en las comunidades.

“No es un asunto menor. Durante 2025 más de 38.000 millones de pesos se aportaron para convocatorias públicas en el área metropolitana y, a pesar de esto, gran parte de la ciudadanía no percibe una propuesta sólida, mientras el sector continúa enfrentando desafíos y enormes dificultades para desarrollar modelos sostenibles que garanticen condiciones dignas para ejercer su labor de creadores, gestores o cultores”.

Junto a la Universidad Autónoma de Bucaramanga, han impulsado escenarios de conversación entre actores culturales para buscar coincidencias sobre la necesidad de mejorar los programas de fomento cultural en Bucaramanga, Floridablanca, Girón y Piedecuesta.

La pregunta, entonces, vuelve a ser territorial: ¿dónde está esa inversión y qué tan cerca llega de quienes hoy están por fuera?

Oferta cultural versus demanda cultural

Los jóvenes consultados también hablaron de lo que les gustaría encontrar. Muchos creen que podrían disfrutar más de eventos orientados hacia sus intereses. Es comprensible, a pesar de que la programación cultural de Bucaramanga tiene de todo. Pero una programación abundante no necesariamente significa una programación cercana. ¿Qué les gusta a los jóvenes? ¿Qué quieren ver? ¿Qué los motivaría a salir de su casa, pagar un pasaje y atravesar la ciudad para participar?

Son preguntas que deberían responderse con ellos y no solamente desde lo que los adultos imaginamos que debería interesarles.

Formar públicos no consiste únicamente en llevar personas a un evento. También significa construir relaciones, hábitos, curiosidad y pertenencia. Por eso son importantes las agendas permanentes. Un taller aislado puede ser valioso, pero difícilmente construye por sí solo una relación duradera con una comunidad. Una actividad ocasional puede llamar la atención; un proceso sostenido puede crear un público.

La preocupación es que las políticas culturales tengan continuidad más allá de los cambios de gobierno y que los recursos permitan consolidar procesos. Porque si cada administración comienza de nuevo, también empieza de nuevo la relación con los públicos.

La distancia simbólica

Hay cultura en Bucaramanga. Mucha. Hay festivales, libros, cine, música, exposiciones, bibliotecas, gestores, artistas y una programación que ocurre durante todo el año.

El problema no parece ser la ausencia de cultura. Parece estar en la distancia. Una distancia que separa a Alba de una biblioteca. A Luis de un festival. A una familia de una actividad gratuita. A un vecino de una exposición que ocurre todos los días a pocos metros de su casa.

Treinta y cinco minutos pueden parecer una distancia pequeña. Pero se vuelven enormes cuando se comparan con la distancia entre una agenda cultural y alguien que nunca se enteró de ella. Entre un evento gratuito y el precio del transporte. Entre una biblioteca y el barrio donde no hay ninguna. Entre millones de pesos destinados a actividades culturales y una transformación permanente en los territorios.

También existe otra distancia: La que separa a quienes podrían asistir y no lo hacen de una oferta cultural que no sienten necesaria, propia o cercana. Ese contraste es importante. No se trata simplemente de decir que hay una población excluida y otra que disfruta de la cultura. Hay múltiples formas de estar dentro y fuera de ella. Algunos no pueden llegar. Otros no saben que pueden. Otros saben, pero no encuentran una razón para hacerlo. Y otros están ahí desde hace años.

Tal vez por eso la pregunta no debería ser solamente cuántos eventos culturales tiene Bucaramanga. Tampoco cuántas personas asistieron a la última feria, al último festival o al último concierto. Quizás habría que preguntar quiénes siguen sin aparecer en esas cifras.

Bucaramanga no parece tener un problema de ausencia de cultura. Tiene una ciudad cultural activa, diversa y con una historia importante. Lo que tiene es una distancia real y otra simbólica.

Una cultura puede ser pública y seguir quedando lejos. Puede ser gratuita y seguir teniendo un precio. Puede llevar treinta años ocurriendo y permanecer desconocida para alguien que vive a unos cuantos metros. Luis tiene 17 años. Quizás la pregunta a futuro no sea a cuántos eventos culturales asistirá durante su vida. Quizás sea cuántos de esos eventos conseguirán llegar hasta él. Y, sobre todo, cuántos años más estaremos dispuestos a llamar “público” a alguien que todavía no ha encontrado la puerta.

*Nombres cambiados.

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