José A. Morales no solo quedó en la historia como el compositor de ‘Pueblito viejo’. También sobrevivió en las serenatas, las guitarras y los recuerdos de quienes lo conocieron de cerca, como es el caso del reconocido periodista Víctor Solano Franco. Esta es la memoria íntima de un hombre cuya música terminó convirtiéndose en parte del alma de varias generaciones de colombianos.

El José Morales que habita en mi memoria no es el de los bronces que se han levantado en su nombre, aunque en honor a la verdad no han erigido tantos como podría merecer. Al que mora en mis recuerdos ni siquiera lo conocí, aunque él si me haya tenido unos instantes en sus ya cansados brazos y les haya reclamado a mis padres porqué no lo nombraron mi padrino.
El que se aparece como fantasma en mis añoranzas ha sido siempre para mí como un mitológico tío abuelo. Ese José ni siquiera tenía la “A” con la que se le suele referenciar para no dejar solo el “Morales”. Para mí siempre fue simplemente “José”, el que aparecía en las luminosas reminiscencias de mis padres, tíos y abuelos que sí compartieron mucho con él.
El primer José que emerge en los relatos familiares era el del muchacho menudito que a sus 17 años, o tal vez menos, dedicaba sus horas en el Socorro a las artes de la sastrería y compartía con otro joven, un minúsculo taller con apenas dos Singer, un espejo de cristal ya anciano, dedales en el piso como casquillos ya detonados y un tablón largo para rayar con tiza las líneas de corte en los paños ingleses que traía el almacén La Fayette y convertirlos en los futuros flux de los señores. El otro mozalbete que asomaba la cabeza entre serpenteantes cartabones era Víctor Manuel Solano Álvarez, mi abuelo. Sus alegres vidas transcurrían entre patronajes y las cada vez más recurrentes serenatas a media luz.

La amistad entre ellos se hizo muy fuerte con los años, tanto que cuando mi abuelo formó un hogar con Conchita, una soprano de la dinastía musical de los Durán López, ella también resultó ser modista, una de las más solicitadas por las señoras del Socorro.
Los Durán López eran varios hermanos, cada uno bendecido por el talento pero alineados por la disciplina casi castrense de su tío don Pompilio López, el director de la banda del pueblo. Gustavo un famoso contrabajista que solo mascullaba con humor por qué los contrabajos no eran de inflar; Conchita, la soprano; Felipe, tal vez el más talentoso multi instrumentista, director de orquesta y de coros, pero fue su voz de tenor y sus dotes con el violín lo que más lo dieron a conocer; y, finalmente, Miguel, el abogado togado que estudió en el Conservatorio Nacional en Bogotá, composición y violín. Es el autor de ‘Mariposita Azul’, el otro himno espiritual de los socorranos junto a ‘Pueblito viejo’. No tenían ni trece años cuando Felipe y Miguel conocieron a José y conformaron, junto a otros gigantes como Julio Enrique Azuero, agrupaciones musicales que fueron míticas. Allí sellaron una amistad indisoluble.
Cuando nació el primogénito de mis abuelos lo bautizaron como Víctor Solano Durán y con los años este muchacho creció y el José, ya compositor en ciernes, vio en el joven “Viticor” a su fiel nuevo acompañante para las serenatas a las damitas socorranas. La amistad de mi padre con José fue tan auténtica que por eso mismo ni existen fotos de ellos juntos ya que no las necesitaban para notariar el cariño casi filial.


Cuando José compuso ‘Pueblito Viejo’, antes de entregársela al famoso Dueto de Garzón y Collazos, se la confió en los años cincuenta al Dueto Durán y Solano (Felipe Durán y ‘Viticor’) para que la probaran en los programas musicales que se transmitían en vivo en la Radio del Comercio de Bucaramanga. Las llamadas a la emisora repicaron toda la noche y las noches siguientes cuando el locutor Néstor Páez Rodríguez anunciaba la sección de complacencias y los oyentes no se cansaban de pedirla. El barómetro de las preferencias había sentenciado la popularidad y así, con total confianza, la obra fue grabada por los ibaguereños y prensada en 78 rpm por Sonolux.
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Dos pesares guardó mi papá siempre con respecto a José. ‘El Cantor de la Patria’ le regaló una guitarra y algún aprovechado se la pidió prestada para una serenata de la que nunca regresó. Y el otro dolor cuando, frente a una universidad en la capital, dejó estacionado su carro y como si se tratara de una banda para surtir a coleccionistas, abrieron el carro y le robaron un casette con grabaciones caseras de ellos cantando juntos. No se llevaron nada más. Solo un pedazo del alma.

Siendo yo aún un niño, acompañaba a mi abuelo todas las semanas para los ensayos de los Coros de la Casa de la Cultura. Hombres y mujeres de todos los oficios y profesiones dejaban por un par de horas sus faenas como amas de casa, enfermeras, latoneros o cirujanos y así dedicarse a cantar las canciones de José. En cajitas de zapatos se guardaban unas hojas mecanografiadas en juegos de 30 copias con las letras del repertorio andino colombiano. Las letras de José estaban en primer orden y una canción que me cautivó por su candidez era ‘Parcelita blanca’ con su letra escrita en clave campesina: “Mire, Rosita, la parcelita, que yo le ojrezco (sic) con emoción, está sembrada, hasta los barrancos, de copos blancos de mi algodón... Por eso, vengo a decile (sic), negrita, chatica, bonita, pe’acito e´ cielo…”
La música de José no se apagó nunca en mi casa. O sonaba en alguna grabación o en la voz, el tiple y la guitarra en deliciosas tertulias con derroche de talento por parte de mis tíos.
La magia de la música de José es que no se necesita haberlo tenido tan cerca como yo lo tuve sin haberlo conocido, su magia reside en haber sido un ilusionista con los paisajes y personajes que nos hizo imaginar y, a la vez, fue un amanuense del alma con sus duelos, alegrías y despechos.
Puno ardila Amaya: Todos tenemos un Pueblito Viejo
José Morales decía que le llamaban la atención los espacios y los entornos en los que no hubiera ruido ni olor a gasolina. Y, de alguna manera, eso mismo expresaba en su música.
Aunque los paisajes que quería representar eran bucólicos y, en realidad, vivió poco o nada en el campo, la esencia de su vida estaba profundamente ligada a lo campesino. Sus canciones nos permiten sentirnos identificados con un entorno muy relacionado con la naturaleza y con la vida del campo.
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Esos elementos hicieron que yo me sintiera identificado con su música desde muy niño, desde que mi papá me enseñó a cantar Pueblito viejo cuando tenía cuatro años. En ese momento ni siquiera sabía que José Morales era del Socorro. Vine a enterarme cuando era adolescente, porque de niño uno no piensa en averiguar quién compuso las canciones que escucha.
Sin embargo, su música empezó a llegar muy profundamente a mi corazón. Y todo comenzó con Pueblito viejo, una canción con la que pueden identificarse personas de cualquier lugar, no solamente la gente del Socorro. Todos tenemos un pueblito viejo.
Esa canción es fundamental, pero hay muchas otras que tienen esa misma capacidad. Aunque una obra se llame Campesina santandereana, puede identificar a personas de cualquier parte. Y aunque aparezcan nombres como María Antonia o doña Rosario, las canciones no hablan únicamente de esas mujeres en particular, sino de personajes y formas de vida que reconocemos en nuestro propio entorno.
Por eso podemos apropiarnos de esas canciones, cambiar mentalmente los nombres y sentir que también hablan de nosotros. Ahí está buena parte de su universalidad.
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Precisamente, José Morales valoraba mucho la tranquilidad y rechazaba el ruido. Y esa universalidad que encontramos en sus textos líricos también está presente en su música: la majestuosidad de sus obras, incluso las instrumentales, les permite trascender cualquier lugar específico.
Eso fue algo que también aprendí de José Morales: en la medida en que uno comprende, reconoce y se identifica profundamente con su propia parroquia, puede llegar a ser universal.
Aquí se puede leer el libro de Puno Ardila sobre el maestro José A. Morales.
Mario Martínez Pinzón: un legado que sigue sonando
Para quienes no nos conocen, Sin Fronteras es un grupo dedicado a la interpretación y difusión de la música latinoamericana, el flamenco y, primordialmente, de nuestra música colombiana.
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En nuestro repertorio, la obra del maestro José A. Morales ocupa un lugar que podríamos llamar sagrado. Por eso interpretamos varias de sus canciones y las incluimos de manera permanente en nuestros conciertos y presentaciones.
Lo hacemos no solo porque son obras hermosas y extraordinariamente bien construidas, sino también porque, para mí, el maestro José A. Morales forma parte de mi propia historia, de mi casa y de mi hogar. Tuve la fortuna de crecer con su música de la manera más directa posible.
Mi padre, Mario Martínez Jiménez, integró junto con su hermano Jaime el dueto de los Hermanos Martínez, que estuvo entre los más prolíficos y fieles intérpretes de la obra de José A. Morales. De modo que su música estuvo presente en mi vida desde muy temprano y terminó convirtiéndose también en parte de mi propia historia musical.
Desde mi criterio como músico, considero firmemente que José A. Morales es uno de los compositores fundamentales de la historia de la música colombiana del interior. Su obra continúa siendo un referente para las nuevas generaciones de compositores y también para quienes seguimos dedicados a interpretar y mantener viva nuestra música colombiana.
Idanis ortíz: Una obra que sigue encontrando nuevas voces
José A. Morales no en vano es conocido como el cantor de la patria. Supo hablar de temas que siguen vigentes en nuestro país: el amor, el desamor, la naturaleza, el paisaje y la vida cotidiana. Y digo “le canta” porque sus canciones siguen vivas y continúan dialogando con quienes las escuchan.
Dentro de su prolífica obra también encontramos composiciones que abordaron asuntos sociales de una manera poco habitual para su época. Una de ellas es El corazón de la caña, considerada una de las primeras canciones de protesta dentro de la música colombiana. Al mismo tiempo, nos dejó verdaderos himnos de la canción andina, como Pueblito viejo.
Su aporte a la música andina colombiana ha trascendido generaciones. Sus canciones se siguen escuchando e interpretando, y continúan encontrando nuevos públicos. Además, abrió camino para que otros compositores abordaran temas que antes quizá tenían poca presencia en estas músicas.
En mi caso, conocí su obra a través de la música coral, tanto por las composiciones para coro mixto arregladas en su momento por el maestro Gustavo Gómez Ardila como por versiones posteriores para coro femenino.
Como cantante solista también he tenido el gusto de interpretar su música en Colombia y fuera del país, donde ha sido muy bien recibida y valorada. Es especialmente significativo llevar al exterior estas músicas que no siempre tienen la oportunidad de escucharse más allá de nuestras fronteras.
Mi relación con su legado también ha pasado por la investigación. He trabajado su obra desde procesos de investigación-creación y participé en un proyecto de documentación, en convenio con el Centro de Documentación de la Biblioteca Nacional, la Casa de la Cultura del Socorro y el Centro de Documentación Musical de la UNAB.
El propósito era contribuir a preservar las partituras, registros sonoros y demás documentos que el maestro Morales dejó para el país, incluidos materiales en casetes, discos y LP. Buena parte de este archivo se conserva en la Casa de la Cultura del Socorro y cuenta además con un respaldo digital, resultado del trabajo que realizamos con la maestra Johana Calderón y el maestro Carlos Quintero.
Ha sido muy enriquecedor conocer su vida, investigar su obra y recrearla a través de mi propia voz. Eso es precisamente lo que debería seguir ocurriendo: que nuevas generaciones se acerquen a José A. Morales, lo interpreten y encuentren nuevas maneras de hacer suya su música.
Recientemente, en el Concurso Nacional de la Canción Inédita José Antonio Morales, tuve nuevamente la oportunidad de interpretar su obra y de ver a jóvenes músicos acercándose a ella y reinterpretándola. Esa es quizá una de las mayores pruebas de su trascendencia: su música sobrepasa el tiempo y las generaciones y sigue dejando una impronta en la manera de hacer canción andina colombiana.
Luis Carlos Villamizar: Las canciones que aún esperan ser descubiertas
Para quienes somos aficionados al canto, especialmente a nuestra música colombiana, la obra del maestro José A. Morales ha sido fundamental. Nosotros casi fuimos contemporáneos suyos, en el sentido de que crecimos escuchando sus canciones en las voces de los grandes intérpretes de la época. Esa música fue nuestra escuela: con ella aprendimos a cantar, a llevar serenatas y a compartir en reuniones de amigos.
Tengo una anécdota muy especial relacionada con el Festival Mono Núñez. Después de los conciertos en el Coliseo Gerardo Arellano se hacían las famosas tenidas o remates. Uno de los más grandes era el de la llamada Embajada del Quindío, que funcionaba en una escuela. Era un ambiente bellísimo: había una fila interminable de músicos esperando su turno para cantar y el público se acomodaba sobre costales de café. La música se prolongaba hasta el amanecer.
Yo siempre he sido una persona muy tímida. Canto, pero canto para mí; nunca he tenido la pretensión de ser reconocido por eso. Sin embargo, las canciones del maestro Morales me fascinaban entonces y me siguen fascinando hoy.
En aquellas noches esperaba pacientemente a que cantara todo el mundo. Cuando ya prácticamente no quedaba nadie más, tomaba la guitarra y empezaba a interpretar las canciones del maestro Morales. Entonces comenzaban a salir de sus habitaciones las personas que estaban alojadas allí, incluso en pijama, sorprendidas por aquella música.
Y ahí estaba lo particular: muchas de esas canciones no se conocían. Incluso nosotros mismos seguimos sin conocer buena parte de la obra del maestro. Por supuesto, conocemos Pueblito viejo y muchas de sus composiciones más populares, pero hay otras que nunca alcanzaron ese mismo nivel de difusión. Algunos, sin embargo, nos dimos a la tarea de buscarlas, aprenderlas y cantarlas.
Por eso mi recuerdo del maestro José A. Morales es imborrable. Cuando yo era muy joven, tendría unos 18 años, tuve la oportunidad de verlo en el Teatro Unión durante un homenaje que le hicieron. Allí también estaba el maestro Pacho Benavides, el gran tiplista.
Esa fue la primera y única vez que pude ver a José A. Morales en vivo, cantando y tocando su tiple, al que llamaba Faraón. Fue un momento verdaderamente emocionante y un recuerdo que todavía conservo.
Y para quien quiera profundizar en la vida y la obra del maestro Morales, hay investigadores que han dedicado años a estudiarlo, conocer su trayectoria y escribir sobre su legado. Gracias también a ese trabajo podemos seguir descubriendo una obra mucho más amplia de la que normalmente escuchamos.
Carlos Augusto Vásquez Soto: El genio detrás de las canciones
La figura del maestro Morales es fundamental no solo en Colombia, sino también fuera del país. Su canción más representativa, Pueblito viejo, ha llegado a muchos lugares del mundo e incluso ha sido interpretada en diferentes idiomas. Eso habla de la dimensión y la universalidad de su obra.
Pero José A. Morales fue mucho más que Pueblito viejo. Era un hombre muy inteligente, culto, conocedor y elegante. Por supuesto, admiro profundamente su faceta como compositor de canciones, que es la más conocida, pero también me fascina su obra instrumental.
Tenía una capacidad extraordinaria para componer música andina colombiana incorporando elementos asociados a la música clásica. Tomaba recursos melódicos y armónicos muy elaborados y los integraba de manera natural a nuestros ritmos tradicionales. Eso es algo que todavía me sorprende.
Y digo “todavía” porque siento que cada día descubro cosas nuevas en su música. Creo que existe una parte importante de su obra que aún está por conocerse y difundirse. Hay composiciones con una riqueza impresionante en sus letras, sus melodías y sus armonías.
Hay una historia que siempre me ha parecido fascinante y que muestra muy bien su manera de crear. José A. Morales tocaba el tiple y tenía uno muy conocido al que llamaba El Faraón. Sin embargo, cuando componía algunas de sus obras instrumentales, muchas veces no las ejecutaba directamente en el instrumento: las silbaba.
Es increíble pensar que melodías tan complejas y cuidadosamente construidas surgieran de esa manera. Allí aparece también una figura muy importante para la música andina colombiana: el maestro Jaime Llano González.
Morales y Jaime Llano fueron grandes amigos. Coincidieron en Sonolux, donde José A. Morales trabajó como jefe de relaciones públicas y Jaime Llano desarrolló también parte de su actividad musical. Gracias a esa relación hoy podemos conocer muchas de aquellas composiciones instrumentales.
José Morales silbaba las melodías y Jaime Llano las reproducía en el órgano y posteriormente las llevaba a la partitura. Ese trabajo permitió preservar y dar forma escrita a una parte muy valiosa de su obra instrumental.
Esa es una de las historias que más admiro del maestro Morales, porque muestra una capacidad musical extraordinaria y, al mismo tiempo, una manera muy particular y espontánea de componer.
También hay otro detalle muy bonito relacionado con el tiple. José A. Morales llegó a grabar, hacia la década de 1950, un disco junto al maestro Francisco “Pacho” Benavides, uno de los grandes referentes del tiple en Colombia. Era una grabación a dúo: Pacho Benavides llevaba la melodía y José Morales hacía el acompañamiento.
Morales quizá no era un tiplista virtuoso en el sentido tradicional, pero acompañaba el instrumento con una musicalidad muy especial. Y eso también dice mucho de él: su talento no estaba únicamente en la ejecución, sino sobre todo en su sensibilidad, en su capacidad creadora y en la manera como entendía la música.
Para mí, José A. Morales fue un verdadero genio. Y creo que cuanto más se investiga, se interpreta y se escucha su obra, más razones aparecen para admirarlo.
Por eso, qué bueno que se siga hablando de él, que se recuerde su música y que se le sigan haciendo homenajes. Su obra tiene todavía muchísimo por descubrir.
Argemiro López: El desamor convertido en canción
José A. Morales fue uno de los grandes compositores de nuestra música andina colombiana. Su obra ocupa un lugar fundamental dentro del cancionero nacional y refleja, de una manera muy particular, los sentimientos y experiencias que marcaron su vida.
Uno de los rasgos que más se perciben en muchas de sus canciones es el desamor. El maestro supo transformar ese sentimiento en poesía y en música, y hacerlo con una sensibilidad extraordinaria. Sus composiciones hablan del despecho, de la nostalgia y de las heridas del amor, pero siempre desde una mirada profundamente poética.
Se podría decir que muchas de sus experiencias amorosas terminaron convertidas en canciones. Y ahí está justamente una de sus grandes virtudes como compositor: la capacidad de tomar un estado de ánimo, una tristeza o una decepción y llevarlos al pentagrama de una manera hermosa, con melodías y letras que lograron identificarse con el sentir de muchas personas.
José A. Morales fue un compositor prolífico y uno de los grandes intérpretes del sentimiento amoroso dentro de la música andina colombiana. La forma en que describió poética y musicalmente el amor y el desamor constituye uno de sus mayores aportes al cancionero colombiano.
Para nosotros, los Hermanos López, su obra también ha sido muy importante. Tuvimos la oportunidad de grabar buena parte de su repertorio e incluso realizar producciones completas dedicadas a sus composiciones. Por eso, nuestra relación con la música del maestro Morales ha sido cercana y permanente.
Su legado permanece precisamente porque logró convertir sentimientos muy personales en canciones en las que muchas generaciones han podido reconocerse.
Carlos Gómez: Poesía, nostalgia y belleza instrumental
Soy un gran admirador del legado musical que el maestro José A. Morales dejó a la música colombiana y que, con el tiempo, ha logrado trascender nuestras fronteras.
Varias de sus obras han sido traducidas, interpretadas en arreglos corales y cantadas por artistas en distintos lugares del mundo. Eso habla de la dimensión de su música y de la capacidad que tuvo para crear canciones que pueden conmover más allá de un territorio determinado.
Las canciones del maestro Morales son, ante todo, poemas bellísimos. Indiscutiblemente fue un poeta. A esa riqueza de las letras se suma una musicalización extraordinaria y una larga tradición de grandes intérpretes, desde Garzón y Collazos, quizá entre los más importantes divulgadores de su obra, hasta los Hermanos Martínez y numerosos duetos y tríos de todo el país.
Es una música de una enorme belleza. Sin embargo, desde mi sensibilidad personal, encuentro que buena parte de su repertorio está atravesado por la nostalgia. Ese carácter melancólico no siempre corresponde con la música que más disfruto interpretar, aunque reconozco plenamente su enorme valor poético y musical.
Esa nostalgia seguramente tiene mucho que ver con la manera como el maestro entendió y vivió el amor. Muchas de sus canciones hablan del enamoramiento, de las ausencias y de las decepciones amorosas, sentimientos que convirtió en versos y melodías con una sensibilidad muy particular.
Personalmente, siento una admiración especial por su música instrumental. Tiene obras extraordinarias, entre ellas varias danzas que llevan nombres de mujer. Quizá también me identifico más con esa faceta porque la música instrumental ha ocupado un lugar importante en mi propia trayectoria.
Fui tuno, toqué en estudiantina y también canté en agrupaciones corales, pero con el paso del tiempo me he dedicado especialmente a interpretar música instrumental. Por eso encuentro en esa parte de la obra de José A. Morales una riqueza que me resulta particularmente cercana.
En definitiva, su legado es indiscutible. La poesía de sus letras, la belleza de sus melodías y la riqueza de sus armonías hacen de su obra un referente de la música colombiana. Para quienes hemos tenido algún acercamiento al estudio y la interpretación musical, tocar sus composiciones resulta especialmente gratificante por su calidez, su sensibilidad y la calidad con la que están construidas.
Es, en todos los sentidos, una música profundamente bella.











