Fragmento de Domingo de fútbol, inspirado en los hechos del 11 de octubre de 1981 en el estadio Alfonso López. Relato publicado en el libro El Pueblo bajo el puente, de Caza de Libros Editores.

Publicado por: Carlos Lizcano
Mi mamá me regaló doscientos cincuenta pesos de cumpleaños. Me dijo que podía hacer con ellos lo que quisiera y justo hoy es este partido, el mejor de lo que va de todo el año. Varios de mis amigos de la escuela se fueron ayer en la tarde a ver La ley del monte; yo les dije que no, porque para mí es mucho más importante venir por primera vez en la vida al estadio a ver un partido de fútbol. Sólo he venido a este lugar en las mañanas, cuando los vigilantes dejan que la gente entre a correr por la pista o algunos domingos, cuando faltando diez minutos para terminar los partidos, abren las puertas para que los hinchas vayan saliendo. Pero esto es otra cosa, es muy diferente el estadio vacío a como se está ahora. Solamente había estado una vez en mi vida entre tanta gente, fue hace muchísimo tiempo, más de tres años, una tarde que me llevaron en Semana Santa hasta Morrorico y me llegué a perder por un rato, hasta que me puse a llorar y me encontraron. Pero ahora ya soy grande y no me va a pasar lo mismo.
Lástima no saber qué se ha hecho David. Mi vieja me dijo que me dejaba venir solamente si estábamos juntos los dos, pero cuando pasamos por la fuente de la glorieta, él se me perdió entre tanta gente. Los negocios alrededor del estadio están llenos, sus dueños se cansaron de recoger las botellas de cerveza vacías y decidieron sacar las canastas para que sus clientes las vayan llenando con los envases. También hay muchas botellas de aguardiente tiradas sobre los andenes, y la gente camina abrazada hacia la entrada, gritando: “¡Búcaros!, ¡Búcaros!, ¡Búcaros!”.

Sí es cierto que al entrar a la tribuna de gorriones, los chiquitos no tenemos que pagar la boleta, si le pedimos a un grande que nos entre. Yo estoy feliz porque, además de ver el partido, me voy a ahorrar la plata y así puedo comprar el trencito de hojalata que Martín está vendiendo, ya él se aburrió de tenerlo y ahora está completando para tener una pista de carros. Y es que el tren es hermoso, así ya esté un poco destartalado; es de color rojo encendido en la carrocería y amarillo y negro en los vagones, con sus listones de madera bien puliditos y con el motorista que mueve la cabeza de lado a lado cuando lo echa a andar, haciendo sonar su pito: buuuhhh…, buuuhhhh… Creo que si ahorro lo de dos semanas de recreo y no compro matachos, me va a alcanzar para tener también un tablero de ajedrez igual al que tiene don Pacho, el señor costeño hincha del Unión y dueño de la tienda de la esquina. No sé por qué él siempre se ríe cuando yo le digo por quién estoy haciendo fuerza en las partidas del mundial de ajedrez.

—Oye pelao, ¿quién es el que tú quieres que gane? —me pregunta—
—Pues, Cuernoi, don Pacho —le contesto yo; y entonces suelta su carcajada con alguno de los clientes que está en la mesa del rincón tomando cerveza.
Debe ser porque él va por el otro ruso.

Hace muchísimo calor, y no sé de dónde salió tanta gente; nunca había visto semejante cantidad. Milagrosamente me he podido ubicar justo detrás del arco que da a la cancha Marte. Espero que me dejen ver el partido desde acá, porque con lo chiquito que soy, los grandes me van a tapar. Hay gente que trajo hasta las ollas de su casa al estadio, familias completas comiendo carne, pollo, papas saladas, yucas y mazorcas; otros, en cambio, metieron el aguardiente en bolsas plásticas y ya casi no pueden tenerse por sí solos. Salen los equipos y una tormenta de papel picado llueve sobre la cancha; es hermoso: parece como si pequeños pajaritos estuvieran volando hacia el cielo. ¿Dónde andará David? Le dije que no se me perdiera, lo necesito de testigo para que mañana en la escuela me crean que vine a este partido. Voy a ser la envidia de todos mis compañeros de la escuela.
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El ruido de las trompetas y los tambores puede dejar sordo a cualquiera; el eco debe retumbar hasta Morrorico o hasta mi casa. A la fija, en este momento mi hermano debe estar oyendo el partido en la radio. ¿Y si el burro del David se devolvió para la casa y va y le cuenta a mi mamá que yo me le perdí? Pero donde lo haga voy hasta la casa de él y le parto en la cabeza el palo con el que jugamos al béisbol. Bueno, si es que antes mi mamá no me parte el alma a mí con la juetera que me va a dar por andar solo entre tanta gente. Ah, es que mi mamá no entiende que yo ya me puedo defender solo; en realidad, es que nosotros somos muy gamines y conocemos bien la calle.














