¿En dónde quedaron la honestidad, la tolerancia, el respeto, la responsabilidad, la empatía y la solidaridad? Cada día que pasa crecen más el egoísmo, el interés económico, la grosería y la mezquindad. ¿Para dónde vamos?

Más allá de las afugias del ‘día a día’, de los problemas económicos y de tantas situaciones personales que experimentamos, hoy nos enfrentamos a la pérdida paulatina de los valores.
Y como nos hemos lanzado tanto al mundo de lo trivial y de las apariencias, podríamos decir que las vicisitudes que afrontamos no residen en la falta de recursos materiales, sino en la tristeza, la depresión, la carencia de afecto y el desamor, los cuales han tomado asiento en muchos corazones.
La crisis de valores que vivimos en nuestros días se manifiesta en todos los aspectos cotidianos. Por ejemplo: se ve en el modo de hablar, tanto que se escuchan groserías por doquier; en la forma de relacionarnos con los demás, al punto que reina el irrespeto; en el deseo de acumular todo, evidenciado en una desmedida ambición; y también en el panorama laboral, en donde todos nos atropellamos.
Al analizar con detenimiento las debilidades personales, sociales y éticas que nos asfixian diariamente se han convertido en indicadores reveladores de nuestra pobreza interior. De manera desafortunada, nos hemos habituado a vivir sin escrúpulos, poniendo en riesgo nuestra propia dignidad y llegando a tocar fondo en la pobreza espiritual.
En estos días es oportuno reflexionar sobre la responsabilidad de cada quien en la degradación de los valores. ¿Cuál ha sido nuestro grado de responsabilidad en esta hecatombe?

Al leer estas líneas, es posible que nos sintamos tentados a creer que estas responsabilidades no nos conciernen directamente, pero la realidad es que hemos tolerado ciertas irregularidades cotidianas que, al final, nos empobrecen aún más.
Aunque la honestidad parezca desvanecerse en nuestro entorno, no podemos excusarnos de nuestra obligación de ser íntegros.
Nos hemos vuelto permisivos, aceptando la competencia desleal, la falta de amor y la desvalorización de la bondad como algo ‘pasado de moda’.
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Es imprescindible sacudirnos de estas pobrezas y comenzar a trabajar en la erradicación de esta tendencia a caer en la trivialidad. Nos urge la reconstrucción del tejido moral, apostar por los valores y contribuir a esta tarea con nuestra propia esencia.
Optar por la honestidad, la equidad, la justicia y ser un ejemplo para los demás nos permitirá marcar la diferencia y tal vez influir positivamente en aquellos que han extraviado su camino.
Actuar de esta manera nos alejará de lo que hemos denominado como las “nuevas pobrezas” y nos acercará a una vida más plena y significativa.
El Creador espera que nos comprometamos con la promoción de los valores y que aportemos nuestro granito de arena en la reconstrucción de una sociedad más ética y solidaria.
Es tiempo de dejar atrás la indiferencia y la complacencia, y de abrazar la responsabilidad individual de forjar un entorno en el que la integridad y el amor guíen nuestras acciones.
Síntesis del tema de hoy: Es evidente la profunda desmoralización en la que estamos inmersos, entre otras cosas, porque se ha perdido el verdadero sentido de la vida. Urge trabajar en la fuerza de la responsabilidad, en la madurez espiritual y moral, en la solidaridad y en el respeto.















