Las Santandereanas
Martes 13 de enero de 2026 - 04:47 PM

Gladys Rocío Ramírez, una vida al servicio de los demás

Gladys Rocío Ramírez es orden, carácter y servicio. Es una santandereana que convierte el trabajo diario en una forma de ayudar a otros.

Juan Pablo Borrero/Vanguardia
Juan Pablo Borrero/Vanguardia

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Son las 9:00 a.m. del primer miércoles del año. En la carrera 20 #11-46, en el barrio San Francisco, hay más movimiento de lo habitual. Un camión está a punto de llegar al Banco de Alimentos de Bucaramanga. Gladys Rocío Ramírez Jurado revisa su celular, habla con sus colaboradores, pregunta, anota y decide.

Entre risas le atribuye el aumento de las labores a la temporada navideña, pues esta época suele mover las fibras más sensibles del corazón y motivar a las personas a ayudar.

Ella lleva años administrando las épocas de ‘bonanzas’ y aquellas en las que hay que recurrir ‘a las mañas’ para que todo rinda. Aunque sabe que los finales e inicio de año tienen un ritmo diferente, cada día exige resolver de forma diferente y adaptarse a la situación que traiga el teléfono al sonar, porque podría ser alguien dispuesto a hacer una donación.

“Esto es totalmente atípico”, dice al señalar las bodegas llenas de jugos, leches, gaseosas, ropa, dulces; y hasta huevos, arroz, y granos, los alimentos que más escasean en el banco. “Aquí puede llegar algo hoy y tiene que salir mañana. Entonces uno tiene que pensar rápido y tener siempre más de una opción”. Los años de experiencia en grandes empresas del departamento le enseñaron a tener un plan A, B, o hasta C. Pero el Banco de Alimentos de Bucaramanga, un servicio permanente de la Pastoral Social Arquidiocesana, le ha enseñado a avanzar, casi, hasta el final del abecedario.

Gladys Rocío es la coordinadora administrativa del Banco de Alimentos. Trabaja de lunes a viernes, de mañana a noche. A veces los fines de semana. Aunque llegó con la idea de apoyar “unas horas”, terminó quedándose de lleno. Esa ha sido siempre su forma de trabajar, dejándolo todo por ayudar.

Suministrada/Vanguardia
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Servir, su herencia y propósito

Gladys Rocío nació en Bucaramanga junto a sus cuatro hermanos. Su madre, Teresa, quien se desempeñó como docente, y su padre, Luis Antonio, quien trabajó en el sector de los servicios públicos, les brindaron un hogar permeado por el ejemplo. “Mi mamá era docente y entonces las tres mujeres nos convertimos en normalistas. Las tres fuimos profesoras”, cuenta.

Desde muy joven entendió el valor de cumplir, responder y hacerse cargo. Mientras estudiaba, empezó a ejercer como maestra y recibió el reconocimiento a mejor maestra bachiller. Pensó en estudiar medicina, pero fue admitida en el programa de biología para luego dar el salto, pero decidió no seguir ese camino. “Yo quería estudiar, pero también quería seguir vinculada a la docencia”, recuerda.

Esa decisión la llevó a Barrancabermeja, al Colegio del Rosario. Allá empezó una etapa que marcaría buena parte de su vida: once años de trabajo intenso, de cargos distintos, de aprender a moverse en escenarios complejos.

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Suministrada/Vanguardia
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Administración y carácter

Gladys estudió administración de empresas y eso la llevó a ocupar diferentes cargos administrativos en Barrancabermeja. Aunque tuvo que abandonar la medicina, labor que ejerce hoy su hija, su carrera le permitió unir dos cosas que la han acompañado siempre: el orden y el servicio.

Luego regresó a Bucaramanga y se vinculó al Instituto Colombiano del Petróleo. Allí estuvo al frente de convenios internacionales, proyectos con universidades y procesos de capacitación. Era una labor exigente, técnica, estructurada. Pero en todas las labores que ha asumido, Gladys ha encontrado la forma de poner a las personas en el centro.

Su amiga Irma Ileana Mantilla, quien la conoce desde hace más de 40 años en el ámbito laboral y personal, la describe como una persona íntegra, responsable, conciliadora, participativa, activa y muy hábil. “La verdad, Gladys Rocío es una persona muy completa... es una persona de lavar y planchar, como decimos coloquialmente. Siempre está al servicio de todo el mundo y lo hace además con una pasión y una entrega total porque esa es su esencia. El servicio siempre es lo primero para ella”, asegura Irma.

Suministrada/Vanguardia
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Enseñar fuera del aula

Tras unos años fuera de Bucaramanga, Gladys llegó a la Universidad Pontificia Bolivariana. Fue docente, decana y lideró proyectos sociales con estudiantes. Allí impulsó campañas para acompañar comunidades en pobreza extrema y enseñar, desde la práctica, que la formación no termina en el aula.

“Eso ha sido una constante”, explica. “Tratar de que los estudiantes entiendan que no estamos solos y que hay que ser útiles”.

Esa idea, la de ser útil, se repite en su historia como una línea continua. Por eso, cuando terminó su etapa en la universidad y el padre Enrique López Carrillo, director del Banco de Alimentos, la llamó para acompañarlo, no lo pensó demasiado.

“Yo no sabía qué era el Banco de Alimentos”, admite. “Pero vine, conocí y arrancamos. Fue una oportunidad para seguir haciendo lo que siempre he hecho”.

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Allí cambió la forma de ver la vida. Aquí no sirven los esquemas tradicionales de inventarios. Aquí los productos llegan con fechas cortas, aparecen donantes nuevos, se dañan los equipos, cambian rutas. Todo el tiempo cambia el escenario.

“Esto me enseñó a pensar diferente”, dice. “A no quedarme solo con un plan”.

Abraham Castro, auxiliar logístico, lo confirma y vive a diario. “Aquí la constante es el cambio. Y doña Gladys sabe adaptarse. Tiene la capacidad de gestionar y de sacar lo mejor de cada uno. Uno aprende mucho viéndola trabajar”.

Suministrada/Vanguardia
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Hay momentos que se quedan para siempre con ella, como aquella novena de aguinaldos en 2022, cuando conoció a una niña de cinco años que pasaba el día sola en una habitación de hotel. “La mamá se iba desde las seis de la mañana y volvía en la noche. La niña tenía marcas en la cara, cuando preguntamos con un doctor nos dimos cuenta de que estaba mordida por cucarachas”, cuenta con un hilo de voz.

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No tiene que admitirlo, pero en su mirada queda claro que aquella escena la marcó.

Cuando la frustración aparece, Gladys no se detiene. “Eso la impulsa a hacer un poco más. A correr un metro más de la milla”, dice.

Está convencida de que el verdadero sentido del trabajo social está en ayudar a que otros puedan avanzar. Aunque nadie lo vea.

“Mi mamá siempre ha sido muy organizada, muy dedicada. No hay horario cuando se trata de que las cosas salgan bien. Ella me enseñó a creer en la gente y a no limitarse a la hora de ayudar”, revela Camila Rocío Vargas Ramírez, médica y una de las dos hijas de Gladys. Junto a José Luis Vargas Ramírez, su hijo, y José Isaías Vargas Navarro, su esposo, han construido un hogar basado en el don de servir.

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Hoy, Gladys sueña con un Santander sin hambre. Con acompañar a madres gestantes, con camiones de comida llegando a barrios vulnerables, con más personas sumándose. “Somos afortunados”, dice. “Pero hay muchos que no lo son”.

Y mientras tanto, cada mañana, cuando el primer camión llega y el día empieza a cambiar de planes, Gladys Rocío Ramírez Jurado sigue ahí, para lo que hace falta y donde haga falta. Haciendo que las cosas pasen. Conmoviéndonos con su compromiso, entrega y berraquera admirable.

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