A través de su fundación PREMA, María Paula Ávila trabaja con más de once mil niños al año, educándolos en valores como la paz y el amor para ayudarlos a sanar desde la soledad y la violencia hasta el cáncer. Un trabajo con amor y conciencia.

Publicado por: NATALIA ECHEVERRI VARGAS
La valentía no solo radica en la determinación para enfrentarse a situaciones difíciles o en el heroísmo propio de quienes vencen sus temores y cuestionan la injusticia; en realidad, también se trata de una cuestión de valores. Porque el valor está absolutamente ligado al valiente –así como su raíz etimológica- y determina lo más importante en él, quién es y para qué.
Este es uno de los primeros asuntos que se clarificaron para María Paula cuando todavía se dedicaba al mercadeo en el escenario de la industria automotriz. Formada como sicóloga organizacional especialista en mercadeo estratégico, a los 23 años ya era exitosa y gozaba de estatus laboral. Pero lejos de sentirse realizada no era feliz y se veía a sí misma como una de las personas más duras y exigentes que conocía.
Sin embargo, todo comenzó a reconfigurarse gracias a un estudio con el que buscaba saber cuál era la mayor preocupación de las familias colombianas sin importar su estrato social –pensado para diseñar el plan de fidelización de clientes en su trabajo-. Con este, entendió que ni el dinero ni los medios eran tan relevantes a la hora de solucionar lo esencial, pues para todos los encuestados, la mayor preocupación era dónde estaban y qué hacían sus hijos mientras ellos trabajaban.
En ese proceso su corazón se partió en dos. Fue consciente, por ejemplo, de que trabajaba con mujeres con tan pocas opciones que dejaban a sus hijos menores de cinco años encerrados bajo llave y cuidándose entre sí, mientras ellas iban a la oficina. Abrir los ojos a estas realidades le hizo tomar una ruta alterna: pondría sus conocimientos y herramientas al servicio de los demás.
Mientras transformaba la visión con que se situaba en su futuro laboral, empezó a prepararse en diferentes campos como el coaching, yoga y decidió capacitarse como Educadora en Valores Humanos, para lo cual viajó a India.
A su regreso, la claridad no podía ser mayor: en vista de que las guarderías eran consideradas por muchos como un error pedagógico, ella le apostaría a la creación de unos centros lúdicos donde los niños pudieran formarse en valores como la paz, el amor, la rectitud, la verdad y la no violencia mientras sus padres iban a trabajar.
Y lo haría aplicando lo que predicaba, pues requirió de toda su valentía saltar al vacío para dejar su trabajo “con una mano adelante y otra atrás” y con el estudio de mercadeo como prueba de que su proyecto, además de estar construido en el amor y en el juego como herramientas de aprendizaje, era absolutamente viable y necesario.
Al día de hoy este sueño se convirtió en fundación. Tiene cuatro centros lúdicos en el país (ubicados en Bogotá, Tunja y Pasto), pero al terminar este año serán nueve, pues además de los que funcionan para el público en general y los que están al servicio de niños hospitalizados en dos clínicas del país, abrirán otros destinados a trabajar con menores víctimas de la violencia en el marco del posconflicto.
PREMA, puro amor

El primer centro lúdico que construyó a punta de donaciones de diferente índole fue en Tunja. El lugar quedaba en un centro logístico donde varias empresas guardaban sus insumos. Allí, un concesionario le prestó un espacio con un techo (no tenía paredes ni puertas), y con su estudio de mercadeo María Paula se dedicó a tocar puertas en dichas empresas para conseguir lo demás.
La condición en todos los lugares era la misma: que los hijos de sus empleados pudieran asistir a dicho centro, lo cual era perfecto porque así cumpliría su propósito inicial. También le pidieron un certificado de donación, así que en menos de nada estaba constituyendo con su familia y un amigo la fundación PREMA (palabra que en sanscrito significa amor).
Sin duda alguna, la vida la tenía reservada para ampliar este propósito y multiplicarlo, pues al poco tiempo de dar este paso, y organizarse legalmente, una amiga suya la contactaba con la directora del Hospital Infantil Los Ángeles en Pasto (Nariño), quien estaba muy interesada en abrir uno de estos centros en su hospital.
“En el sector hospitalario hemos sido muy exitosos, porque nuestra visión consiste en que la salud no es una ausencia de enfermedad sino un equilibrio físico, emocional y mental. Entonces –continúa-, la institución médica brinda todo lo necesario para la recuperación física y se apoya en nuestro programa para la recuperación mental y emocional. En Pasto ha sido un éxito, pues hemos podido beneficiar al año a más de cinco mil niños”.
Precisamente, cuando médicos de la Fundación Cardioinfantil de Bogotá estaban de brigada en Pasto, conocieron el proyecto y contactaron a María Paula. Y hace dos años abrieron la primera parte de su centro en este hospital. Este año entregarán la segunda, pues su impacto ha sido incalculable. Y gracias a este trabajo fueron llamados a replicar estos centros en Quibdó (Chocó), Apartadó (Antioquia) y Popayán (Cauca), para víctimas del conflicto armado.
Educar para ser

“Enseñamos cinco valores: amor, paz, rectitud, verdad y no violencia. Pero el amor es el único valor que se corresponde con los demás. El amor en el pensamiento, es verdad; en el comportamiento, es rectitud; en el sentimiento, es paz; y en la comprensión, es no violencia. Para ello, lo primero que les preguntamos a los niños es qué quieren hacer, y a partir de sus respuestas hablamos sobre estos valores abordándolos de distintas maneras.
La forma como abordamos el tema de la paz –se explica esta bogotana- es a través del silencio y la concentración; la verdad, la trabajamos por medio de citas como ‘si cambiamos la manera de mirar las cosas, las cosas cambian’ y así vamos cambiando de actividades permanentemente de acuerdo con sus gustos y necesidades”.
Ni ella ni su equipo es remunerado económicamente, todos lo hacen por amor, pues están convencidos que es el amor el que sana, y no solo a los niños hospitalizados por sus enfermedades, también a aquellos que por alguna razón no encuentran en su familia apoyo y compañía.
Ella es testigo -como pocas personas-, de que la mayoría de matrimonios con niños enfermos terminan divorciándose porque nadie nunca les enseñó a manejar este tipo de situaciones. Por eso, además de enseñarles sobre la vida a los niños, el staff de PREMA dicta conferencias a las familias, a los empleados de los lugares donde funcionan sus centros, a sus potenciales donadores, y por supuesto, a su equipo.
“En este proceso de sanación emocional y mental no se aplica lo mismo a un niño con cáncer que a uno solitario. Incluso, tal vez el segundo afronte más problemas que el primero porque es probable que el que está enfermo tenga a toda su familia alrededor dándole amor.
La verdad –sigue María Paula- conozco a muchos niños y adultos en condición de muerte que viven su vida con más sentido que otros. Volvemos a lo esencial: la salud no es ausencia de enfermedad sino un equilibrio, así que lo importante es ver cómo afrontas una situación; no se trata de lo que pasa sino de lo que haces con lo que pasa”.
Por eso, la tarea que ella sugiere debemos hacer todos los días, es observarnos y conocernos a nosotros mismos para darnos cuenta cómo nos sentimos y tomar decisiones todos los días que nos sanen –a nosotros y a los nuestros- y nos permitan ser más felices.















