“Las enfermedades y los accidentes no son castigos de Dios, son una consecuencia de la forma como nos tratamos a nosotros mismos”. Esa fue una de las conclusiones a las que llegó después de sufrir un accidente que le dejó quemaduras en su cara, cuello, pecho y brazo. Relatos de cómo el dolor se convierte en amor.

Publicado por: NATALIA ECHEVERRI VARGAS
La belleza es un concepto cada vez menos subjetivo en nuestra sociedad. Nos dicen exactamente cuáles deben ser nuestras medidas y en qué proporciones; cuál es el color de piel perfecto y cómo debe combinar con nuestro pelo. Pero esto finalmente es pura necedad del mercado, porque vemos todos los días personas que sin importar si encajan o no en ese ideal, son indescriptiblemente bellas. María Luisa es una de ellas.
Hace unos años, esta modelo venezolana no pensaba lo mismo, pues atravesaba por un episodio de depresión que le producía una tremenda inconformidad con su vida; para decirlo con sus palabras, la “enfermedad” que la aquejaba era la misma de muchos seres humanos: pensaba demasiado.
“Andaba con la mente alborotada, en mi cabeza había mucho ruido y me preocupaba por cuestiones que no eran importantes. La verdad, tenía una relación muy mala con mi cuerpo. Me agobiaba lo que la otra gente pensaba de mí, que mi trabajo no estuviera bien, que no fuera tan perfecto como me imaginaba… en fin, todo me angustiaba. Pero afortunadamente había buscado ayuda antes del accidente, ya estaba tratando de solucionar esa situación para aprender a ser feliz, porque no quería seguir así”.
El accidente al que se refiere fue el hecho que partió su vida en dos. Hacía dos años se había radicado en Colombia y llevaba poco tiempo alternando las pasarelas con la actuación (su primera profesión fue el modelaje). Luego de terminar de grabar un proyecto decidió ir a Caracas, ciudad de donde es ella y su familia. Un día fue a la cocina a encender una vela para comenzar su meditación, pero el encendedor se cayó al piso y mientras ella se inclinaba para levantarlo estalló sobre su cara, cuello, pecho y brazo.
“Era una mujer que tenía todo para estar bien: una profesión exitosa, amigos del alma; pero a veces uno no puede verse a sí mismo con la perspectiva real. Eso era lo que pasaba. Después del accidente comencé a sentir mucho miedo a pensar en el futuro. ¿De qué iba a vivir? Creía que no podría seguir trabajando. Estaba en la mitad del problema, no podía ver más allá de mi nariz. La doctora me decía que iba a quedar bien, pero yo me miraba al espejo y veía mi cara vuelta nada”.
En junio se cumplirán seis años de sufrir las quemaduras. Un periodo de metamorfosis en el que primero se peleó con Dios y luego, poco a poco, fue “extendiendo sus alas” en un camino de duelo que terminó con la materialización de la Fundación Inti, un hermoso proyecto creado por ella y sus dos socias, enfocado en prestarles rehabilitación física y emocional a personas que han sufrido quemaduras de segundo y tercer grado.

El renacer
¿Qué pasó inmediatamente después del accidente?
Ese día estaba en la casa con mi mamá, nos fuimos directo a la clínica. Tardamos un rato en llegar, y como antes de irnos no habíamos tomado las medidas preventivas necesarias (tendríamos que haberle puesto agua a las quemaduras para que no se siguiera quemando la piel), la situación empeoró.
Cuando llegué a la clínica ya estaba hinchada. Me di cuenta de la gravedad del asunto al ver la reacción de los médicos y enfermeras en el pabellón de urgencias cuando me vieron. Estuve hospitalizada dos meses porque tuve una infección en la sangre que complicó el proceso y no pudimos hacer las cirugías cuando estaban programadas.
– ¿Y qué hiciste en ese tiempo, mientras estuviste en la clínica?
No podía hacer nada porque tenía la mano derecha completamente vendada y en la izquierda conectado el suero; tenía quemado el pecho y entonces no podía vestirme, estaba acostada todo el tiempo boca arriba sin poder recibir visitas. Pero mi familia no me dejó sola un segundo, me consintieron mucho y fueron vitales en mi alimentación. (María Luisa es vegetariana).
Fue muy duro verme así y sentir tanta angustia por el futuro. En un momento había tanto ruido en mi cabeza y era tan duro lo que mi mente proyectaba, que escuché una voz interior pidiendo silencio, y cada vez lo pedía más alto, en ese momento encontré paz. Poco a poco mi cabeza se empezó a aquietar y pude comenzar a meditar.
- Te hicieron siete cirugías. ¿Cuánto duró el proceso médico?
Para estar bien como estoy ahora fueron más o menos cuatro años. Los procesos de los quemados son muy largos, porque haces una cirugía y tienes que esperar a que sane para hacer la siguiente, luego tienes que infiltrar, y así sucesivamente. De hecho, hay quienes duran siete u ocho años recuperándose.
- ¿Cómo fue tu regreso a Colombia dos meses después del accidente?
Necesitaba mucho silencio y estar sola. Mi familia fue divina, pero ellos también estaban pasándola muy mal; yo no me podía desplomar porque le pasaría lo mismo a todo el mundo. Por eso quise volver a mi casa, acá en Colombia, para tener un espacio en el que si quería llorar pudiera hacerlo, o sentir rabia o simplemente salir a caminar sin hablar con nadie. Necesitaba entrar en una etapa más introspectiva para procesar todo.
-En una situación como esa, ¿cómo atravesar el duelo para poder ver lo positivo?
Al principio uno quisiera poder regresar el tiempo y en la cabeza hay mil proyecciones relacionadas con ‘¿qué hubiera pasado si no hubiera hecho…?’ Se siente mucha rabia. Yo me peleé con Dios horrible, pensaba que era una persona buena y no entendía por qué me estaba pasando eso a mí.
Pero me ayudó un libro que me mandó mi sicóloga, llamado Una nueva tierra, de Eckhart Tolle, porque explica muy bien cuál es el proceso del pensamiento y lo que es el cuerpo del dolor, que para mí, simplemente, es el drama en que vivimos muchos seres humanos; esa necesidad de sufrir que tenemos muchos inconscientemente.
- Y si uno se pregunta para qué le sucede un evento como este, ¿cuál es la respuesta?
En el momento en que aceptas que la situación es así y que no hay nada para cambiar, dejas de buscar el porqué. No pelearse ya con el destino da mucha paz, pues no buscas más respuestas. Con el tiempo te das cuenta de que esa situación es un regalo: aprecias más la vida, sabes que la salud es lo más importante y las cosas que te angustiaban antes ya no son relevantes.
En definitiva, eventos como este te dan la oportunidad de hacer las paces con la vida, empiezas a ver que te da mil regalos. En ese momento ya no te preguntas nada, solamente agradeces.
- Somos una sociedad que le huye al dolor. ¿A ti qué te enseñó?
Aunque no quisiéramos sentir dolor, esta es una de las situaciones más transformadoras que existen en la vida. Los vedas dicen que estamos en la era de aprender a saber de él, y es cierto: el dolor sana cuestiones que no podrían sanarse en un proceso normal.
Por eso, aunque no queramos sentirlo, hay que aceptarlo y agradecerlo. No luches contra él para que puedas llevarlo de la mejor manera. Puedes querer tapar el sol con un dedo, pero finalmente no lo vas a lograr.
- Para ti, ¿qué es la belleza?
La belleza verdadera se refleja en los ojos de la persona. Porque es la capacidad de ver la vida con amor, de sentir compasión y de amar a los otros. Esa es la verdadera belleza.

Ayudando a sanar
- Hace un año abriste una fundación, junto con dos socias, para ayudar a otras personas quemadas en su rehabilitación. ¿Cómo ha sido esa experiencia?
Las personas que se queman tienen que ir primero a un hospital, donde realizan todo el proceso de emergencia. Cuando su vida ya no está en peligro y se vuelven pacientes crónicos con cicatrices que se pueden tratar, los recibimos. Aquí, Jennifer Gaona, mi socia cirujana plástica (y quien hizo parte de su proceso de recuperación) los evalúa y decide qué se debe hacer. Y paralelamente trabajamos la parte sicológica, si es necesario.
Luego empezamos el proceso de cirugías, este llega hasta donde el paciente quiera. Yo, por ejemplo, podría hacerme más pero decidí parar, ya es suficiente dolor, no quiero más. Y así cada paciente va midiendo lo que quiere, porque cuando uno se quema todo el proceso duele.
- ¿Por qué la llamaron Inti?
Porque Inti significa “sol” en quechua, y el sol quema pero da vida al mismo tiempo.
- ¿Cómo es tu relación con las cicatrices que te quedaron?
Ya las quiero, las veo y las agradezco. Me tardé y me costó mucho aceptarlas, pero en el momento en que no luchas más contra ellas, sorpresivamente la gente deja de verlas. Mientras más energía les pongas a las cicatrices, más las notan los demás.
Creo que cuando uno las quiere dejan de ser importantes y son una marca de vida. En cualquier caso, hay que cultivar la gratitud en el corazón, porque mientras más agradecido estamos con la vida, más fácil es todo.















