Revista Nueva
Sábado 19 de marzo de 2016 - 09:15 AM

Alba Lucía Gómez, 'El que no conoce, no puede ayudar'

Su hoja de vida es tan larga y variada que a primera vista resulta difícil encontrar un hilo conductor entre sus proyectos. Ahora es gerente del Aviario Nacional de Colombia, pero su interés ha sido el mismo en toda su carrera: generar un espacio de educación para la filantropía.

Alba Lucía Gómez, 'El que no conoce, no puede ayudar' (Foto: Revista Nueva / VANGUARDIA LIBERAL )
Alba Lucía Gómez, 'El que no conoce, no puede ayudar' (Foto: Revista Nueva / VANGUARDIA LIBERAL )

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Publicado por: NATALIA ECHEVERRI VARGAS

Se puede decir que esta opita lleva más de tres décadas viviendo una doble vida. Por un lado, estudió jurisprudencia y trabajó durante muchos años en diferentes proyectos de interés social; por el otro, acaba de hacer realidad el sueño compartido con un grupo de amigos de crear el Aviario Nacional de Colombia, un lugar amoroso y apacible en la isla Barú (cerca de Cartagena), donde viven cerca de 138 especies de aves.

Han sido dos vidas en paralelo, dos pasiones que confluyen en la misma esencia: ayudar a construir un ambiente donde todos podamos aprender y habitar más armoniosamente. Sin embargo, todos sus esfuerzos están dedicados ahora a este lugar, convertido en el hogar de exóticos ejemplares, algunos de ellos en vía de extinción.

Una vida al servicio de la gente

Aunque nació en Garzón (Huila), su vida transcurrió entre Bogotá y Cartagena. Estudió jurisprudencia y luego de un tiempo de estar fuera del país regresó con un objetivo claro, trabajar en el sector público. No obstante, el presidente de una importante fundación la convenció de ayudarle a sacar adelante un proyecto en el Hospital Infantil Lorencita Villegas de Santos (ubicado en Bogotá).

“Era un objetivo bellísimo: ampliar la sala de cuidados intensivos especial para niños –recuerda Alba Lucía-. Me invitaron a conocer el hospital y después de ver las condiciones del lugar, no lo dudé un segundo; la realidad de esos niños era muy dura. Mi primera función con la Fundación Compartir fue sacar adelante esa sala de urgencias”.

Lo lograron, y su talento y visión gerencial la pusieron al frente de otros proyectos de la fundación, como la campaña de recuperación de espacio público durante las administraciones Mockus y Peñalosa en Bogotá, en la cual participó en la entrega de unos 85 parques.

No obstante, uno de los logros que más satisfacción ha traído a su vida es la creación del Premio Compartir al Maestro, un proyecto que ha permitido analizar la calidad de la educación en Colombia, al igual que las tendencias pedagógicas de los profesores.

“No soy educadora, pero he convivido con ellos y he visto de primera mano las consecuencias generadas por una mala educación. La educación está íntimamente ligada a la filantropía, porque en la medida que conozcas, entiendas y tengas conciencia de la realidad de tu país y lo que te rodea, vas a poder amarlo. Quien no conoce, no puede amar ni ayudar.

Las personas que vivimos en las ciudades –asegura- estamos relativamente cómodas, con problemas como el tráfico y la inseguridad, pero de ahí no trasciende, vivimos en una especie de burbuja. Así que educar no solo se trata de enseñar matemáticas o química sino de mostrar la realidad y con qué herramientas contamos para, entre todos, mejorarla”.

Gerencia para la conservación

Luego de 24 años de exitosos proyectos con Compartir, Alba Lucía fue invitada a reinventar el Festival de la Lana en Cucunubá (Cundinamarca). Había estado estrechamente vinculada a los programas enfocados en la productividad de los artesanos de esa región, así que la llamaron para ser madrina de Festilana, un evento que lleva ochos años apoyando la tradición del tejido en la región.

“Es una marca reconocida con un impacto interesante sobre el componente artesanal y productivo de la región. Eso era lo que más me interesaba, generar una actividad que con el tiempo mejorara los recursos para la población sin que perdieran su tradición como tejedores. Y definitivamente lo logramos porque antes se veían los telares abandonados, ahora más de mil personas ejercen esta actividad con total orgullo”.

Actualmente, Alba Lucía  está haciendo lo propio con el aviario. Los zoológicos, las corporaciones y otras entidades ambientales son los que más animales les donan, pues en algunos casos son especies tan maltratadas que necesitan un hogar para no extinguirse.

Sin embargo, como gerente general del santuario quiere alcanzar los objetivos de siempre: educar y sensibilizar. Esta vez a favor de una convivencia armoniosa con las más de 1800 aves que habitan las siete hectáreas del aviario. Hace diez años se unió a este, el sueño de su viejo amigo Rafael Vieira (director del lugar), y desde entonces se dedicaron a recolectar especies que ya se han reproducido allí.

“Rafael vive hace 35 años en esa isla y es un apasionado por todos los animales, en especial de las aves. Así que empezó a adecuar el lugar proyectando lo que hoy día es. Inicialmente solo les mostraba las aves a sus amigos; nosotros comenzamos a decirle que debía dejar entrar a todo el que quisiera, y así fue como nos invitó a participar de ese sueño.

Cuando lo aterrizamos queríamos hacer espacios donde las aves se sintieran lo más libres posible. Entonces ideamos varios hábitats que recrean una selva húmeda tropical, manglares y un desierto. Los flamencos ya se reprodujeron y es porque están felices allí. Barú era considerada hace muchos años ‘la isla de las aves’, y queremos que vuelva a serlo”.

“Caminando entre aves”

La educación es una excelente herramienta para sembrar el respeto y la solidaridad en las personas. Por eso, y viendo la velocidad con la que estamos acabando con hábitats y especies, en el aviario hay senderos que se recorren aproximadamente en dos horas, con toda la información de las aves que allí habitan.

“Me interesa el tema de educación, así que los visitantes no solo van a tener más de 20 infografías con todo tipo de información. La idea es que puedan transitar por los sitios donde están las aves y entiendan que ellos son los intrusos. Por lo tanto les deben respeto y tolerancia a los que viven allí. Es un aprendizaje acompañado de disfrute y relajación”.

En ese campo han logrado muchísimo, y este trabajo va de la mano con el proyecto científico que lidera Rafael Vieira en investigación y reproducción, pues quieren convertirse en referente mundial. De hecho, ya se ubicaron entre los 10 aviarios más grandes del mundo (teniendo en cuenta el área y la cantidad de aves), pero tienen metas mayores, así que pronto construirán la segunda etapa.

“Lo primero que debemos hacer es conocer y enseñarles a otros. Sobre ese conocimiento debemos soñar. Nunca se corten las alas, porque a veces hay algunas ideas irrealizables, pero no podemos dejar de soñar. No tiene prácticamente sentido estar vivos si no soñamos. Y lo más importante es trabajar incansablemente para volver los sueños realidad. Algunas veces hay que esperar años, como fue el caso del aviario, pero la satisfacción, tarde o temprano, al verlos realizados nos hace sentir felices, vivos y satisfechos”.

Publicado por: NATALIA ECHEVERRI VARGAS

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