
Con profunda tristeza registramos el fallecimiento de nuestra querida madre Dora Gómez de Durán, quien después de haber vivido durante 92 fecundos años, se ha ido definitivamente a ese cielo que merecía, por todo lo que significaron las bondades de su maravillosa existencia.
Había nacido en Zapatoca el 12 de octubre de 1929 en el hogar de Manuel Gómez Serrano y Bernarda Acevedo Serrano, y allí transcurrió su juventud, al lado de sus hermanas y hermano, y de numerosos primos pertenecientes a las familias paterna y materna, y que alrededor de la hacienda familiar de Las Puentes tenían un magnífico lugar de concentración para departir del ambiente de entonces, pues allí existían las dos modestas industrias de la época de aquella población: un tejar y un trapiche, y donde se criaban los caballos que la región demandaba. Ya en su bachillerato fue enviada a Bucaramanga al internado del colegio de La Merced, cuando en ese entonces lo regentaban las señoritas Martínez Naranjo, en donde estuvo bajo la tutoría de su tía abuela, Ana Dolores Rueda de Serrano, mecenas de muchas actividades sociales en Bucaramanga.
Fue una mujer de una belleza notoria: su alta estatura, sus grandes ojos azules, su cabello abundante y armónico, y su rostro de sonrisa discreta, al que acompañaba una personalidad siempre amable, firme y de enorme creatividad.
Contrajo matrimonio con José Pablo Durán Otero y se establecieron en Bucaramanga, en donde formaron un hogar ejemplar al que llegaron siete hijos: Álvaro, Jorge, Hernando, Hermman, Eduardo, José Pablo y María Consuelo.
Cuando apenas iba a cumplir 40 años, quedó viuda, y sola enfrentó el reto del futuro de sus siete hijos, a quienes educó con dedicación y entrega, convirtiendo el resto de su vida en esa única misión: la de sacar sus hijos adelante.
La vimos siempre con una gran determinación, a la que acompañaban objetivos claros y un amor por sus hijos, a quienes seguía sus pasos en todas las actuaciones, infundiendo siempre principios, respeto, cariño y afecto.
Supo convertirse en un ser maravilloso, ahí siempre disponible para los suyos, y llena de una generosidad que no solo sus cercanos admirábamos, sino que se extendía a todas las gentes que la conocían y que se acercaban a su atrayente y admirable personalidad. Muy joven, junto con su amiga Isabel Ardila de García, acudieron a formarse al lado de Alcira Mutis en el conocimiento de la alta costura, y con esas bases montó su propio taller en el que hizo maravillas de la confección y enseñó a muchas personas los conocimientos que acopió, hasta que la capacidad visual se lo permitió.
Estableció la primera, y tal vez única, fábrica de corbatas que ha existido en Bucaramanga, en donde su esposo, aprovechando los contactos que tenía como director de Aduanas, le consiguió los proveedores de finas sedas italianas y le estableció los destinos para su comercialización. Nepomuceno Cartagena, con su cariño y generosidad que lo caracterizaban, le ofreció un enorme estímulo cuando le dijo “Dorita, son tan buenas, como las que compro en Nueva York”.
Su vida era un escenario feliz, con sus hijos, nueras, yerno, nietos, bisnietos, sobrinos y primos, disfrutaba cada espacio de su vida: hacía lo que le gustaba, permanentemente ocupada en muchas cosas al tiempo, su actividad la reflejaba en cada instante de su existencia; la perfección estaba siempre presente en su actuar, que se irradiaba hasta en las exquisitas recetas de cocina que sabía preparar; y fuera de eso, honraba el don de la amistad con las innumerables personas que se le acercaban y que aprendieron a apreciarla en toda la dimensión de su personalidad.
A la madre siempre le debemos lo que somos, y a ésta, nuestra afortunada e inolvidable madre, queremos despedir con toda la gratitud del significado de su maravillosa existencia.
Eduardo Durán Gómez














