Donald Trump volvió a encender la mecha del conflicto comercial, esta vez con Canadá tras calificar como “un ataque flagrante” el nuevo impuesto digital impuesto por Ottawa a las grandes tecnológicas.

Publicado por: Redacción Mundo
En una decisión que sacude los cimientos del comercio digital y pone en evidencia las tensiones entre política, economía y cultura global, el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció el fin de las negociaciones comerciales con Canadá. Lo hizo a su estilo: directo, incendiario y desde Truth Social, su plataforma personal. “Es un ataque directo y flagrante contra Estados Unidos”, escribió, refiriéndose al nuevo impuesto canadiense a los gigantes tecnológicos. Pero el mensaje va más allá de los números: representa una postura ideológica frente a las nuevas formas de comunicación, poder y soberanía en la era digital.
Lea también: Exdirector de inteligencia venezolano se declara culpable de narcotráfico en EE. UU.
Desde este mes, Canadá oficializó un impuesto del 3 % a los ingresos digitales obtenidos por plataformas tecnológicas que superen los 20 millones de dólares canadienses en ese país. No se trata solo de economía: en el fondo, el tributo apunta a la redistribución del poder cultural. Plataformas como Meta, Amazon o Google, gigantes estadounidenses con un inmenso poder simbólico, son vistas por Ottawa como actores globales que deben responder a las reglas del juego locales.
Este tipo de medidas no es nuevo. La Unión Europea lleva años discutiendo mecanismos similares, en defensa del mercado cultural europeo. Pero Trump lo ve como un desafío directo. Su reacción: cancelar todas las negociaciones comerciales con Canadá y advertir que nuevos aranceles están por venir. El tono fue casi bélico: “Muy difícil comerciar con ellos”, dijo, comparando la situación con los históricos roces en productos como los lácteos, donde Canadá impone aranceles de hasta el 400 %.
¿Quién controla la cultura?
La pregunta de fondo no es solamente comercial. En una época en la que las fronteras son digitales y los libros, las películas y las conversaciones viajan por algoritmos estadounidenses, los países buscan recuperar soberanía. Para Canadá, este impuesto es una forma de equilibrar la balanza. Para Trump, es una amenaza a la supremacía estadounidense en la economía del conocimiento.
El arte de imponer aranceles se ha convertido en una herramienta de diplomacia y de censura. Porque al frenar las negociaciones, Trump no solo protege intereses empresariales: también limita el intercambio de contenidos, saberes y expresiones culturales que circulan a través de esas plataformas. Como si dijera: si no juegas con mis reglas, tus voces quedarán fuera del mercado más poderoso del mundo.
Desde Ottawa, el gobierno del primer ministro Mark Carney no ha tardado en defender su decisión. Asegura que el impuesto es justo y que busca una contribución equitativa por parte de quienes lucran con el ecosistema digital canadiense sin pagar impuestos localmente. De momento, no han anunciado represalias, pero la relación bilateral atraviesa su momento más tenso desde la renegociación del T-MEC.
En paralelo, los mercados reaccionaron con nerviosismo. La moneda canadiense cayó un 0,7 % tras el anuncio, y analistas prevén nuevas tensiones en sectores como la cultura, la educación y los medios, fuertemente integrados entre ambos países.
Publicidad
Aunque parezca lejano, este pulso entre Trump y Canadá es también un debate que atraviesa a América Latina y al mundo: ¿cómo proteger las industrias culturales frente a los gigantes digitales? ¿Quién debe pagar por los contenidos que consumimos y compartimos? ¿Qué papel juegan los Estados en la regulación del ciberespacio?
Las respuestas, como el comercio mismo, están en disputa. Lo que está claro es que Trump no ha cambiado su estilo: sigue usando el lenguaje del conflicto para moldear el mundo a su imagen. Y esta vez, su blanco fue uno de sus vecinos más cercanos.















