Una noticia tiene impactada a Estados Unidos: en 2024, una estudiante de Cornell fue a una fraternidad a ver a un supuesto amigo. Le dieron alcohol y ketamina, y su “amigo” invitó por el chat de la fraternidad a abusar sexualmente de ella.
En el chat siguieron risas y silencio. En total, 7 “hermanos” la violaron.
La universidad expulsó a dos, los demás escribieron ensayos de reflexión.

Pero no quiero hablar de los 7 violadores, ni del comité que decidió que más de 7 horas de abuso no ameritaban sanciones más graves.
Quiero hablar de los 50 que no hicieron nada para detenerlo, ni lo denunciaron después.
He pensado mucho en esos 50 jóvenes. Me recuerdan versiones mucho menos extremas y más cotidianas que he oído por años de mis amigos.

Muchos me han contado que les molesta que unos pocos en sus chats de hombres envíen videos pornográficos, chistes homofóbicos, o sexualicen a las mujeres.
Me lo dicen para hacerme saber que son distintos, hombres buenos que apoyan a las mujeres y sus derechos. Los conozco, les creo.
Sin embargo, ni uno solo se ha atrevido a señalar en el chat que esa conducta es inapropiada, ni a confrontar a esas personas en privado.
¿Por qué, si esto les molesta tanto como a nosotras, no se atreven a decirlo?
La respuesta la conocemos bien las mujeres: casi siempre, quien denuncia no es reconocido como “héroe”, sino tildado de problemático.
Por eso, decirle a las mujeres que ellos son distintos, sin atreverse a decírselo a otros hombres, no es menos sexista, es, simplemente, más cobarde.
Ese silencio me preocupa porque habla de algo más profundo: aunque la mayoría de hombres reconoce el abuso y no quiere ser parte de él, prefiere proteger su posición (o tranquilidad) dentro de un grupo que a las mujeres que tanto dicen querer cuidar.
Entonces, ¿qué hacer para que en cada chat haya al menos un hombre capaz de decir públicamente, “esto no está bien”?
¿Qué tendríamos que haber hecho para que esa noche hubiera 50 denuncias y no 7 horas de risas y silencio?










