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Martes 06 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Bucaramanga, ¿movilidad para quién?

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El retiro de las ciclorrutas de las carreras 35 y 21 de Bucaramanga, presentado por la Administración Municipal, con corte de cinta y fanfarria, como una medida para mejorar la “movilidad”, plantea una pregunta que va más allá de la obra de la Alcaldía: ¿qué entendemos por movilidad en Bucaramanga?

En una ciudad que enfrenta una prolongada crisis en el transporte masivo, donde fracasó la estrategia de bicicletas públicas y el carril exclusivo, que no solo usaban ciclistas, sino también usuarios de patinetas eléctricas y personas en silla de ruedas, fue desmontado, y con una infraestructura vial que no crece al ritmo del parque automotor, la respuesta parece seguir obedeciendo a una idea propia de mediados del siglo XX: más espacio para los carros significa mejor movilidad.

Bucaramanga y su área metropolitana no han logrado consolidar un modelo urbano orientado al transporte público y a la proximidad urbana. Por el contrario, durante décadas se ha fortalecido la dependencia del vehículo particular. Según un reporte de Vanguardia de julio de 2026, en la ciudad habría cerca de 972.000 vehículos, de los cuales el 68 % serían motocicletas. Un dato que obliga a tomar decisiones urgentes.

Mientras tanto, alrededor del mundo, ante los graves problemas de salud asociados a emisiones contaminantes, la alta siniestralidad, las altas temperaturas y la ineficiencia espacial y temporal provocada por el tráfico, el concepto de movilidad dejó de entenderse como la capacidad de mover vehículos y empezó a concebirse como la capacidad de las personas para acceder a oportunidades, servicios y actividades de manera segura, eficiente y sostenible.

La movilidad es un sistema que parte de la planificación del territorio y, como tal, debe incluir estrategias como: desarrollar un urbanismo orientado al peatón, con infraestructura accesible y segura que estimule caminar la ciudad; priorizar el desplazamiento no motorizado con ciclovías continuas, aparcamientos y las condiciones necesarias para su seguridad; desincentivar los trayectos largos, promoviendo escalas de proximidad (ciudad de 15 minutos) y un diseño de ciudad compacto y eficiente, densificado en el entorno de estaciones, con un servicio de transporte público de calidad.

No se trata de eliminar el automóvil. Se trata de dejar de diseñar la ciudad alrededor del mismo, por su infraestructura costosa, que nunca será suficiente para impedir los embotellamientos, porque una ciudad no mejora su movilidad cuando consigue mover más carros; mejora cuando consigue que las personas lleguen mejor, más rápido y de manera más segura a donde necesitan estar.

Es necesario cambiar el paradigma de la movilidad. Pensar que tener un carro o una moto es sinónimo de estatus o de libertad es una ficción, si por ello están en juego nuestra salud y calidad de vida.

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