Historiador, columnista y sibarita de tiempo completo. Luis Enrique Figueroa fue el alma de la picaresca santandereana. Conozca las anécdotas, el humor y la vida del hombre que cambió el seminario por los trapiches de Piedecuesta.

Publicado por: César A Almeida Bermúdez
A Luis Enrique Figueroa lo único que le faltó para ser arzobispo fue el anillo arzobispal y el conservatismo, porque de resto lo tenía todo: el conservadurismo, su paso por el seminario, el abdomen amplio que a ratos se le escurría por la camisa, su cara de arrebol en su más alta tonalidad, el caminado con cambios de ritmo según sus afanes, la cargadera del palio con el Altísimo los viernes santos, el sermón agricariñoso a los curas más cercanos y, por sobre todo, su adorada comida de sibarita parroquial.
Figueroa fue la representación de la vida en su más alta expresión: investigó el pasado (historiador), vivió el presente (columnista de opinión) y estuvo preparado para el futuro (sabía que moriría de diabetes).
Y a todas esas etapas sobrevivió enfrentando las angustias, recibiendo las alegrías y, finalmente, aceptando ambas circunstancias como un ritual ineludible.
Su espontáneo humor, su proverbial repentismo y sus caricaturas habladas quedarán grabadas para siempre en el mármol de nuestra historia regional.
De quien no conoció a Figueroa puede decirse que es un analfabeto de nuestro jovial pasado más cercano.

La picaresca eclesiástica de Luis Enrique Figueroa
Su tema favorito. Contaba que el cura Jerez tenía, además de su cargo de ministro de las alturas, una compra-venta de carros viejos o medio nuevos, y aprovechaba su púlpito dominical para promocionar su mercadería con un lenguaje entre evangélico y comercial: ‘Viajaba Jesús con sus apóstoles entre Jericó y Jerusalén en una camioneta Chevrolet Apache que, a propósito, una de esas se halla a venta en el despacho parroquial…’
En la época en que Bucaramanga no era diócesis, sino que Pamplona tenía un obispo que coordinaba toda la curia santandereana, Figueroa encabezó un movimiento laico que llevó a últimas instancias la petición de que la ciudad merecía ser centro de una diócesis.
La batalla se ganó y entonces enviaron a un obispo que tenía, como Figueroa, problemas de estrabismo: Aníbal Muñoz Duque. Figueroa llegó feliz a comentarle a su mujer la buena nueva: ¡Carmenza, ganamos..!
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—¿Un liberal? —contestó eufórica Carmenza Clausen.
—¡No, mija, un tuerto..!

Ni cura ni abogado: Luis Enrique Figueroa
Mientras estudiaba quinto de bachillerato en el Seminario Conciliar de Pamplona, a este sonrosado pichón de papa la vida se le volteó patas arriba.
Un día cualquiera lo llamó a su oficina el rector del establecimiento y lo sorprendió con una carta de esas que demoraban tres días a correo de mula entre Piedecuesta y Pamplona.
La misiva fatal contaba, en resumidas líneas, que su padre había muerto. Después de su inicial desconcierto se le alborotó la santidad y le preguntó al cura mensajero: ‘¿Y moriría con el consuelo de la extremaunción?’ — ‘No sea zoquete, Figueroa. La carta sólo dice que se vaya a administrar tres trapiches que le quedaron de herencia’. De modo que colgó el latín y el evangelio y se fue a ver retoñar matas de caña de azúcar a su amada Piedecuesta. O como él lo dijo: ‘Me alejé del cielo pero me acerqué más a la tierra’.
Sin embargo, no se enterró definitivamente allí, sino que se echó una carrerita por la Universidad Nacional y terminó Derecho.

Su vestimenta
Era desconcertante. Lo mismo se le presentaba a su amigo Alfonso López Michelsen en una manifestación pública con un pantalón de dril ordinario y una chaqueta de paño que a la ceremonia del deportista del año con una corbata verde, una camisa de manga corta y cuadros azules y unos zapatos sacados de un poema del Tuerto López.
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Para la cabeza tenía un surtido de boínas, gorras y sombreros recogidos de varias regiones, A veces alguno de sus contertulios le pedía que le prestara, en la feria ganadera o en el atrio parroquial, su apreciada gorra y entonces le contestaba con un argumento socarrón: ‘Prestársela es lo de menos. Lo que pasa es que’sto es mucha gorra pa’ tan poca cara’.
Por último, lo que tal vez resumía su personalidad de cura y de abogado frustrado era que mezclaba estas dos condiciones en sus cambios de temperamento desde el campesino risueño y bonachón hasta sus ataques histéricos de abogado citadino.
Los viernes santos cargaba el Palio con el cura oferente en la procesión del Altísimo. Mientras daban la vuelta al parque con todo el sagrado ritual de la Semana Santa él escuchaba impasible entre el rumor de la gente ‘ahí va el tuerto Figueroa, ahí va el tuerto’. Mientras llegaba el desfile al atrio esperaba que la última persona hiciera atormentador el cuchicheo y entonces transformaba su lenguaje sacramental en un procaz rechazo a media voz: ¡Chino hijueputaaa. Si no me va a respetar a mí por lo menos respete al Altísimo que va aquí conmigo!
Según sus propias palabras, abandonó su profesión y volvió al campo desde el día que estuvo defendiendo a un procesado a quien iban a condenar a diez años de prisión. ‘Después de mi vehemente defensa lo condenaron a veinte…’
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Este explorador del alma y del pellejo de las gentes, que era lo que hacía cuando callejeaba o balconeaba, tuvo como personaje público una fama de poco generoso que es uno de esos rumores misteriosos que se quedaron dando vueltas en el ámbito del chisme popular.
Doña Zorayda Uribe, entonces asistente de gerencia de este diario, conservó durante un año, en un anaquel detrás de su escritorio, una panela verde de moho ‘que Figueroa me trajo de regalo de Navidad’.
Lo que sí es comprobable es la historia de la ampliación de la autopista que se acercaba mucho a su finca trapichera y a lo cual se negaba a pagar valorización.
Su paisano Germán Valenzuela le compuso este verso guasón y candente donde le reprochaba su condición de eterno empleado oficial y su buen dinero:
‘Vive prendido a la teta /y no la quiere soltar; / y aunque todo se le fleta / la autopista está incompleta / porque él no quiere pagar’.












