Jeringas, gasas, bolsas de suero, bolsas de transfusiones de sangre y tapabocas, entre otros elementos hospitalarios biológicos peligrosos fueron hallados enterrados en tumbas del cementerio La Resurrección de Barrancabermeja. Esta es la historia.

Siguiendo el rastro que se descosió en la tierra compacta, provisto con una pequeña espátula que tiene una especie de garfio, muy parecido a esos que usan los odontólogos para revisar los dientes, el metal chocó con un pequeño bulto enterrado. No se trataba de un fragmento de un fémur o un cráneo con los vestigios de un proyectil de bala impactado hace décadas. No es lo que busca. Tampoco lo que esperaba encontrar en este sepulcro, que para nada ahora es mudo. Lo que palpó es algo distinto. Lo que descubrió impresionó al antropólogo forense, a pesar de haber recorrido en estos últimos años la mayoría de las fosas comunes de los desaparecidos que dejó el conflicto armado en el país.
El investigador forense está envuelto por completo en un traje blanco. Yace boca abajo en una tumba que lo enfunda por completo. Toca el suelo donde reposan unos 300 cadáveres del cementerio La Resurrección de Barrancabermeja, Santander, entre los cuales se ubican cuerpos en condición de no identificados e identificados no reclamados por sus familiares.
Sigue rasgando lento la tierra, minuciosamente, como lo haría un cirujano suturando una compleja herida que está infectada. Lleva horas removiendo las capas que la violencia, la barbarie, el dolor, el miedo y la tortura compactaron a fuerza de fusiles, machetes y motosierras en esta región. Solo entre 1985 y 2018 se estima que 450.664 personas perdieron la vida en el marco del conflicto armado en el país, según la Comisión de la Verdad. Sin embargo, si se tiene en cuenta el subregistro, la estimación del universo de asesinatos puede llegar a 800.000 víctimas por parte de los actores armados.

El antropólogo forense de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas sigue en su labor. Transpira con atropello en el interior de su ropaje. Sumergido en la profundidad fangosa del calor hirviente de esta mañana en Barrancabermeja, busca las ruinas de los huesos que esta tierra ácida perdona todavía. Una planicie irregular se expande detrás de ellos, desnuda entre una hilera de árboles al fondo, donde las garzas con sus vuelos blancos rompen los límites verdes. Ahora el cielo está poblado de unos cuantos girones de nubes, haciendo que el sol golpee con mayor fuerza.
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Sus ojos voraces escrutan cada piedra en la negritud de este campo. El hombre rompe cada enredadera de una raíz tupida que se cuela por los fragmentos de huesos que no se han deshecho al paso de los años. Cualquier viga de lo que fueron costillas o cartílagos podría ser la clave para identificar en el laboratorio forense del Instituto Nacional de Medicina Legal a un padre, una hija, un hermano o una esposa. Esta es la evidencia de que la carne se pudre como se pudren todas las cosas vivas de esta tierra, menos el recuerdo, ese que viven en la actualidad las familias de las 126.985 personas reportadas como desaparecidas en el país por acción del conflicto armado. Esto significa que, si cada día se encontrara una de ellas, se necesitarían 342 años para hallarlas a todas. Larga faena.
- ¿Qué es esto? - se pregunta el hombre del traje.
Su sorpresa crece cuando encuentra los restos de una bolsa de transfusión de sangre en las fauces de la asfixiante tumba. Es del mismo tipo de las que suelen utilizarse en los centros hospitalarios para atender emergencias y, una vez empleadas, son consideradas como residuos biológicos peligrosos.
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La profundidad de la tumba es de unos 10 centímetros. El asombro lo envolvió cuando descubrió más bolsas utilizadas en las transfusiones de sangre. Unas de ellas aún contienen un líquido rojizo en su interior. En otras tumbas aparecen las características talegas utilizadas para desechar estos residuos biológicos peligrosos. El asombro se apodera de todos los integrantes del equipo de intervención forense de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas en Barrancabermeja, como una mancha húmeda y amenazante.

Las bolsas de transfusiones se retiraron con cuidado. Se documentó el hallazgo. Esta fue una bolsa más de las muchas que han ido apareciendo durante el proceso de exhumación de cuerpos sin identificar en el contexto del conflicto armado en la última semana en este cementerio de Barrancabermeja. Estos materiales, mal dispuestos, representan un riesgo para la salud humana o el medio ambiente debido a su naturaleza infecciosa y potencialmente contaminante.
- Encontré algo más…
- ¿Otra bolsa? - le preguntan integrantes de la comisión humanitaria forense.
- Es una botella de vidrio…
- Brujería… - responde alguien.
¿De dónde provienen estos residuos biológicos peligrosos en Barramcabermeja?
El equipo forense de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas se ubica en el área de personas no identificadas del cementerio La Resurrección de Barrancabermeja. En esta zona, producto de las exhumaciones, se han encontrado enterradas jeringas, gasas, bolsas de suero, bolsas de transfusiones de sangre y tapabocas, entre otros elementos hospitalarios, desde el pasado 5 de julio, cuando se inició la intervención forense.
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El secretario de Medio Ambiente y Transición Energética de Barrancabermeja, Leonardo Granados Cárdenas, confirmó a Vanguardia el hallazgo de este material biológico peligroso y anunció una indagación para determinar qué ocurrió en este camposanto.

El funcionario explicó que en esta zona se encuentran tumbas de 20 años de antigüedad. No obstante, “creemos que este material, presuntamente, fue dispuesto de forma irregular hace unos cinco años, en promedio. Esta situación nos preocupa. Hemos encontrado bolsas de sangre que aún tienen líquido en su interior. Se han hallado agujas, que representan un riesgo enorme para las personas de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas que realizan labores de identificación”.
De forma inmediata, informó el secretario de Medio Ambiente y Transición Energética de Barrancabermeja, este material hallado se dispondrá de acuerdo con los protocolos de seguridad que ordenan las normas de salud en el mismo cementerio. “Seguramente encontraremos enterrados más de estos elementos biológicos peligrosos. Nadie tiene certeza de cómo llegaron allí. Una posible hipótesis, que deberá ser verificada, respondería a que, en medio de la pandemia de la COVID-19, estos elementos fueron dispuestos en esta zona de forma irregular. No sabemos por orden de quién…”.
Para esa misma época, advierte el funcionario, las personas que estaban a cargo del cementerio La Resurrección eran contratistas, que en la actualidad no tienen vinculación con la administración municipal. “Estamos haciendo las averiguaciones para identificar cómo ingresaron estos elementos altamente peligrosos al cementerio. Por ahora, no sabemos más…”. Vanguardia indagó con uno de los sepultureros con mayor antigüedad de este camposanto, pero se negó a entregar declaraciones.
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Quien sí lo hizo fue Jairo Puente Bruges, una autoridad en temas ambientales en Santander, quien alertó sobre este hecho al explicar que estos elementos no se degradan fácilmente, convirtiéndose en un riesgo para la salud pública.
La recuperación de cuerpos en el cementerio de Barrancabermeja
Entre los senderos agrietados y algunos en tierra que separan las tumbas del cementerio La Resurrección de Barrancabermeja no hay más ruido que el paso estridente de remolinos de polvo que parecen formarse caprichosamente a ratos. El viento también alborota una que otra flor pegada a las tumbas (cuyos deudos finalmente pudieron comprar una lápida) y envuelve entre sus pliegues invisibles las oraciones de los pocos que a esta hora rezan a sus muertos, esos que aún no olvidan.
Según la investigación humanitaria y extrajudicial adelantada por la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, en la década de los noventa el cementerio La Resurrección recibió miles de cuerpos trasladados del antiguo Cementerio Central de Barrancabermeja durante el proceso de construcción del actual Parque a la Vida. Muchos de esos cuerpos provenían del conflicto armado en el Magdalena Medio.

Carlos Andrés Ariza Castillo, antropólogo forense de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, de 43 años de edad y con dos décadas de experiencia en su área, delimitó una zona de 200 metros en el cementerio con una cinta de color violeta que lleva inscrito el nombre de la entidad de carácter humanitario. Enseguida, las palas abrieron la tierra. De este lugar se han recuperado 31 cuerpos luego de un proceso de arqueología minuciosa debido al estado de humedad del suelo y la fragilidad de las estructuras óseas encontradas.
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Los cuerpos recuperados fueron enviados al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses para su proceso de análisis e identificación luego de nueve intervenciones. Se espera que en agosto ocurra la próxima.
“La Unidad trabaja en esta zona donde se han dispuesto casi en su totalidad los cuerpos no identificados e identificados no reclamados que han llegado desde 1990. Son los cuerpos más antiguos, menos documentados y con un riesgo enorme de destrucción por las características que tiene el suelo. Hablamos de un terreno supremamente agresivo con las estructuras. Es muy ácido, además es una zona que se satura fácilmente con agua, y eso destruye rápidamente las estructuras”, explicó a Vanguardia el antropólogo forense Carlos Andrés Ariza Castillo.
Uno de los retos que afronta el equipo de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas radica en que no hay registro de exactamente dónde está cada cuerpo. “Tenemos una tarea enorme en el cementerio de La Resurrección, principalmente porque es un escenario que nosotros consideramos de carácter regional. Conecta muchísimas investigaciones en el ámbito nacional”.
El cementerio La Resurrección también fue receptor, entre los años 1990 y 2000, de más de 200 cuerpos que podrían ser de personas desaparecidas en acciones del conflicto armado desarrolladas en municipios del sur de Bolívar, sur del Cesar, Antioquia, Norte de Santander, Arauca y Valle del Cauca.
Precisamente Jesús Herley Rodríguez Bustos, coordinador de la Mesa de Víctimas de Barrancabermeja, alerta que en esta ciudad se tiene un registro de 1.148 personas desaparecidas que integran un universo de 5.400 en todo el Magdalena Medio. “Tenemos altas expectativas de que, producto de esta labor humanitaria, se puedan identificar a los seres queridos que muchas familias de la región llevan años buscando”.
En tal sentido, el Centro de Memoria Histórica elaboró un informe en 2016 sobre la desaparición forzada en el país, titulado Hasta encontrarlos, el drama de la desaparición forzosa en el país, donde advierte que esta es una de las prácticas represivas más atroces de las que se han valido actores del conflicto armado para imponer su control y su poder en el territorio nacional. Se trata, advierte la investigación, de “una forma de violencia capaz de producir terror, de causar sufrimiento prolongado, de alterar la vida de familias por generaciones y de paralizar a comunidades y sociedades enteras”.

Según el informe, “los familiares de las personas desaparecidas no son solo madres, padres o hijos en duelo infinito, suspendido; no son solo una comunidad del dolor, que se reconoce en otros con quienes comparte y comunica su queja; son sobre todo personas que luchan con vehemencia por recuperar el sentido que les ha sido negado, por volver a unir aquello que ha sido roto delante de ellos. De esa ausencia, de la oscuridad que tiene de suyo la desaparición forzada de personas, ellos han logrado traer a la luz mucha verdad: el país le debe a su tenacidad no solo la tipificación de este delito, que antes del año 2000 no existía y era confundido con el secuestro, sino también el hecho de que hoy existan mecanismos de búsqueda urgente de personas y medidas que conduzcan a la identificación y el registro de los desaparecidos”.
La Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado, encargada de la exhumación de los restos humanos en el cementerio de Barrancabermeja, es un mecanismo extrajudicial y humanitario, autónomo e independiente dentro del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición. Su creación se estableció mediante el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, firmado por el Estado y las Farc el 24 de noviembre de 2016, en respuesta a la solicitud de los familiares de las personas desaparecidas y las organizaciones civiles que participaron en los diálogos de paz en La Habana, Cuba. Su mandato será por 20 años prorrogables.
Su misión es dirigir, coordinar y contribuir a la implementación de las acciones humanitarias de “búsqueda y localización de personas dadas por desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado que se encuentren con vida y, en los casos de fallecimiento, cuando sea posible, la recuperación, identificación y entrega digna de cuerpos”. Su competencia abarca las desapariciones ocurridas antes del primero de diciembre de 2016, fecha de entrada en vigencia de los acuerdos de paz, en las circunstancias de desaparición forzada, secuestro, reclutamiento ilícito y hostilidades entre actores armados. “Por su carácter humanitario y extrajudicial, la información recibida que permita dar con el paradero de las personas dadas por desaparecidas en contexto y en razón del conflicto armado, así como su procedencia, es totalmente confidencial y no puede ser utilizada como material probatorio en un proceso judicial”.
“Cosas de la brujería en Barrancabermeja”
- Encontré algo más…
- ¿Otra bolsa? - le preguntan integrantes de la comisión humanitaria forense.
- Es una botella de vidrio…
- Brujería…
Quienes estaban alrededor de la tumba por instantes parecían quedar inmóviles mientras, con prudencia, iban retirando la tierra que aprisionaba el tarro de vidrio de tamaño regular. Como si alguien hubiese quitado el volumen, la atención se concentraba en lo que contenía. Se especulaba que podría ser un feto o la cabeza de un animal. Solo se apreciaba algo de un color piel pálida, que flotaba en un líquido oscuro de mal aspecto. A medida que fue emergiendo la botella, el lugar se pobló de un olor rancio, que se tragaba sin masticar, a pesar de que se quisiera barrer con la mano.

Unos pocos centímetros más abajo, en el fondo de la tumba, emergieron cuatro tarros de plástico más. Era imposible determinar qué contenían por el paso del tiempo. Esa imagen arrastró a los presentes hacia un lugar extraño donde surgieron toda clase de teorías sobre rezos, entierros, rituales y brujerías que alimentan la cultura popular.
Uno de los obreros que apoya al equipo de forenses contó que en algunas ocasiones se ha visto a personas ingresar al camposanto en las noches para hacer estos entierros en busca de favores terrenales con la supuesta intervención de quienes yacen muertos. Todo en un contexto de una cultura popular que le otorga importancia a la muerte, sus ritos y celebraciones. En este contexto surgen creencias populares para lograr los “milagros” terrenales deseados.
Leopoldo Rodríguez Quintero, quien maneja un local de productos esotéricos y religiosos, le dijo a Vanguardia que es común que los llamados “chamanes, brujas, curacas” afirmen pedir ayuda para sus trabajos a los espíritus de los difuntos. Ellos, agrega, “fabrican ‘la nanga’, se dice, a una olla grande de barro negra donde supuestamente habitará el espíritu escogido con el cual harán sus cosas (trabajos). Bien, para armar esa logística, utilizan dicha olla, la cual contiene alguna osamenta del difunto que escogieron, junto con algunas hierbas, palos y esencias seleccionadas para el propósito”.
Rodríguez Quintero asegura que en la cultura popular “también es costumbre enterrar objetos en las tumbas deseando que el habitante de dicho sepulcro haga algún maleficio a determinada persona, de la cual pueden haber colocado algún objeto que le haya pertenecido”. Entonces, se utilizan recipientes que contengan ropa, tela, fotos, objetos de la persona a quien va el llamado trabajo. “En otros casos se utilizan secreciones íntimas como orina, saliva, menstruación o semen. A mi tienda han llegado algunas veces personas a decirme: ‘Cóbreme lo que quiera, pero necesito que un fulano no pueda acudir a dar una declaración’. Les contesto que no presto ese tipo de servicios...”.

Al fin se logró extraer la botella de vidrio. Todos miraron su contenido. No era un feto. Tampoco la cabeza de un animal. Por la simple observación, el consenso llevó a que se trataba de un órgano de un animal, tal vez un estómago. Aunque otros aseguraron que se trataría del producto de una biopsia, algo así como una especie de tumor, bañado en un formol viejo. La botella no se abrió. Se trasladó a la zona con el resto de los residuos biológicos peligrosos para su correcta disposición.
El obrero que acompañó el trabajo, una vez la retiró, pidió alcohol para lavarse las manos y, en una especie de ademán, algunos afirman que se santiguó. Luego, las miradas volvieron a las tumbas. Hallar restos humanos es la meta. Lograr identificarlos es una victoria. Estos forenses hacen que la muerte se amedrente por un tiempo, porque alguien, por fin, luego de largos años de espera, regresará pronto a casa.
















