Bucaramanga
Miércoles 26 de octubre de 2016 - 12:01 AM

Queriendo a Bucaramanga con el estómago

En Bucaramanga se come rico, se come abundante, y gracias a la riqueza natural de sus ingredientes se cuenta con una variada oferta culinaria, que va desde los sabores tradicionales de nuestras abuelas hasta la moderna oferta gourmet nacional e internacional de hoy. Un motivo más para querer a Bucaramanga.

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Publicado por: REDACCIÓN VANGUARDIA LIBERAL

Hace poco le preguntaba a una bumanguesa que vive en Estados Unidos qué era lo que más extrañaba de nuestra ciudad, -si era que había algo-, pues allá, en la vida cotidiana tienen todo lo que acá quisiéramos: orden en las calles, limpieza, seguridad, cultura ciudadana, etc.

Entonces, sin titubear, ella me dijo tajantemente: “lo que más extraño es la comida”, mientras sus ojos se cerraban dibujando mentalmente un desayuno bien santandereano.

Y creo que en esto hay un consenso general: cuando salimos del terruño lo que más nos hace falta es nuestra comida. Pero no solo aquella de la casa, la de la mamá, sino la lugareña, con la que crecimos y cuyo olor y sabor nos transporta inmediatamente a la tienda del barrio, a los almuerzos en familia, al paseo de olla, al asado con amigos, a los amaneceres de rumba, a los bazares del colegio...

No hablo solo de la carne oreada, el cabro y la pepitoria. Hablo de la mestiza de la Trillos acompañada de una Kola Hipinto helada. Hablo del jugo de piña fresco, nacido en las montañas de Lebrija, junto a la arepa amarilla de maíz molido, emblema de nuestros desayunos y exportación culinaria por excelencia. Hablo del caldo de costilla del Tony, que era una parada obligatoria e infalible antes de ir a dormir, y así combatir el guayabo del día siguiente, especialmente aquel del bravísimo Aguardiente Superior, ya extinto para el bien de nuestros hígados.

Cómo se extrañan también las empanadas las nuestras, con arroz y no con papa, que se hacen en infinitas variedades y que los bumangueses devoramos a cualquier hora del día en sitios como Empanadas Conucos o Rosmy.

La clave de esta nostalgia es el sabor y este viene directamente de los ingredientes, los cuales se extrañan porque acá son todavía frescos, honestos, autóctonos y reales. Nada de concentrados, congelados o preservativos. Y es que en eso somos una potencia muy por encima de las potencias mundiales. Nuestros huevos criollos son un gran ejemplo de esta afirmación, pues tenemos la fortuna de tenerlos en abundancia, regalos de gallinas alimentadas con maíz y que aún corren libres en fincas de La Mesa de Los Santos. Igual nos sucede con la yuca, que tanto frita como al vapor causa adicción y admiración entre quienes la vienen a conocer y probar en cualquiera de nuestros restaurantes.

Es por esto que es apenas lógico que la oferta gastronómica de la ciudad sea muy completa y variada y que muchos sitios sean obligatorios para quienes el amor primero les entra por el estómago: la cazuela de Mariscos mejor que en la Costa de Pescocentro Búcaro y de Mar Azul. La crema de fríjoles y sus acompañantes extraordinarios en Shangai, el cual creo que es el único restaurante del mundo con un menú de un solo plato y cuyo precio solo se sabe al final. La milanesa napolitana de un restaurante argentino de la calle 54; el filet mignon de La Carreta; las carnes y hamburguesas de Mercagan; el mute, la sobrebarriga y la pepitoria de La Parrilla de Julián; el sancocho sabatino del Viejo Chiflas; los plato típicos de La Puerta del Sol; las morcillas en las fritangas del Malecón en Girón; las obleas Floridablanca y los inimitables dulces Celis.

Más que tradición

Pero no nos quedemos en lo tradicional. Muchas cucharas han pasado desde aquellas primeras hamburguesas en El Rancho de la 33, pues cocineros e inmigrantes nacionales e internacionales trajeron nuevos sabores y nuevas experiencias gastronómicas como la comida peruana de Amuka y Gantú, el sabor chino de Fujiyama, las chimichangas mexicanas de MirRey, el buen sushi japonés de Naruto, las decenas de pizzas auténticamente italianas de Bella Napoli, la comida de mar con color Pacífico de Doña Petrona, los quibbes árabes de Cecilia Nassar y Cure Cuisine, y más recientemente, la “cucina” avanzada en Mia Nonna y Battuto.

Algo que sí tienen en común todos estos sitios (y los muchos otros que no alcanzo a mencionar) y que desde siempre nos ha identificado, es el tamaño de las porciones en los restaurantes, que sorprende y asusta a nuestros visitantes: acá la comida es rica y abundante, como el “Plato de la Casa” de La Puerta del Sol, que alimenta fácilmente a tres personas “adultas normales” con sus cuatro tipos de carnes más pepitoria, pero que un buen santandereano devora con juicio en “una sentada”.

Un consejo les dejo entonces a los turistas: siempre pregunten por medias porciones, o corren el peligro de programar una siesta automática, digestiva y feliz que durará buena parte de la tarde.

Sin embargo y a pesar de toda esta variedad, muchos seguimos llevando en nuestros genes al jornalero, quien después de recoger hojas de tabaco todo el día o de moler caña en el trapiche, era premiado con la joya de la corona de nuestra gastronomía: el mute cocinado a leña, tesoro que hoy se disfruta solamente en paseos familiares o restaurantes campestres.

Bucaramanga es, sin duda, un territorio bendito para los sibaritas y los amantes del buen comer, que la queremos entrañablemente, más exactamente desde el estómago...

*Ingeniero de Sistemas. Subgerente de Tecnología- Vanguardia Liberal.

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Publicado por: REDACCIÓN VANGUARDIA LIBERAL

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