102 personas son las damnificadas del incendio de la invasión ‘El Cable’, en el barrio Café Madrid. Esta es la segunda ocasión en la que presenta este tipo de siniestro en el sector.

Publicado por: DIANA CANTILLO
El estallido de la primera pipeta de gas acabó con la pasividad del mediodía. Para quienes vivieron el desastre de la invasión ‘El Cable’, en Café Madrid, los siguientes cilindros jamás se escucharon como el primer bombazo.
Los oídos se taparon. Aun así las explosiones se sentían cada vez más cerca. Al sonar una, ésta advertía que otra casa se estaba quemando y podría ser la casa contigua a la suya. La hora del turno. El suelo se estremecía con mayor fuerza. El fuego estaba encima.
Los ojos ardían. Dolía respirar. El humo denso producía una inmensa necesidad de trasbocar. Se escuchaba la angustia en los gritos de la gente que llamaba a sus familiares; el llanto de niños asustados, de hombres y mujeres desosegados.
El fuego aumentaba sofocado con la brisa del río Sorata que bordea el terreno donde vivían 34 familias. A la una de la tarde del jueves 24 de noviembre, 102 personas, entre éstas 47 niños, padecieron cada paso del reloj. La ansiedad y el miedo le restaron fuerzas a las piernas.
¿Qué hacer? ¿Hacia dónde correr? ¿En dónde está toda la familia? ¿Quién aún no ha salido de la casa en llamas? ¿A quién debe ayudar primero: al niño pequeño o a la otra niña, la mamá? ¿Y el nono?... ¿Qué se puede rescatar en medio de la candela?
Llegó el momento de reconocer que se perdió todo lo construido. Mentalmente se hizo un breve inventario de las pérdidas materiales, que sobrevino con flashes de recuerdos de cada uno de los objetos quemados: como del día en el que lo compró, el momento en el que se lo regalaron o el valor sentimental que se le atribuía.
Luego siguió un lapsus de introspección de contados segundos en donde la vista no tuvo un punto fijo. Mientras que todo alrededor se volvía lento. El miedo minutos antes incrustado en el alma, se vio opacado por la tristeza. Fue la sensación de finalmente estar vivo pero en la calle.
En la quema no hubo muertos. Aunque, la historia pudo a ver sido diferente. Damnificados afirman que se vivió una gran tensión por una niña de dos años que estaba encerrada en una vivienda. La menor fue rescatada por un adolescente de 16 años quien logró sacarla por una ventana. Cuando empezó a quemarse todo, la mamá estaba en la tienda.
Las 12:55 p.m.
Las tejas de zinc de las casas y ranchos de madera hervían bajo la canícula del sol de mediodía. Pocos habitantes deambulaban por los callejones estrechos que separan los frentes de las viviendas del El Cable. En las casas, las familias almorzaban frente al televisor. Otros lo hacían bajo la sombra de un árbol en el andén.
Un terremoto en Panamá y la nueva firma del acuerdo de paz con las Farc eran las noticias principales en la televisión nacional. En las noticias de farándula se hablaba de que un día como ese, el 24 de noviembre, había muerto una leyenda de la escena del rock, Freddy Mercury. También había nacido la conocida ‘Novia de América’, Libertad Lamarque, una cantante Argentina.
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Ese mismo día, en la mañana, Luis Alfonso Contreras, un habitante del Café Madrid se encadenó al puesto de salud, el cual ya no prestará más servicios al público. El hombre pide que se le devuelva ese predio que es de su propiedad, la cual él mismo prestó al hace seis años ISABU para atender a los habitantes del sector. Contreras ha vivido en el salón comunal del barrio desde entonces.
Pero la tragedia personal de este habitante del Café Madrid pasó a un segundo plano en la parrilla informativa de los medios locales debido a la quema que vivieron las familias de ‘El Cable’.
Momentos antes de lo ocurrido, Adriana Delgado había despedido a su esposo Jefreis Moncada, de 31años, a quien veía caminar cuesta arriba por la trocha que conduce a la carretera principal, frente a la portería de Bavaria, en el norte de la ciudad.
Su niño de 3 años jugaba con un carrito en el piso de tierra, mientras ella terminaba de alistar a su hija Shirley Moncada Delgado para llevarla a una cita médica. En eso estaba cuando escuchó el estallido de la primera pipeta de gas advirtiéndole de lo inevitable. Adriana se alarmó viéndose sola en su casa: mitad material, mitad ‘rancho’, como ella lo explica.
Cuando reaccionó se volteó para cargar al niño y salir con sus dos hijos de la vivienda. Pero, del pánico, la niña salió corriendo cuesta arriba, sola. Con el menor en brazos, Adriana persiguió a su hija. En ese momento el temor ya no era por lo que podía hacerle las llamaradas, pensaba en que alguien podría robársela o algo peor. Pero su esposo, quien se devolvió al escuchar el estruendo, se topó con su hija. Ahora Shirley estaba segura.
Juntos se devolvieron al sector donde ocurrió la tragedia. Su casa apenas comenzaba a quemarse. El humo y el ambiente cargado de angustia, no permitían que el niño de tres años respirara con facilidad. Mientras Adriana trataba de calmar al menor, veía como las llamas alcanzaban su hogar.
Pero Jefreis no estaba dispuesto a perderlo todo. Desde hace15 días, su estatus laboral es ser desempleado, víctima de un recorte de personal en una cementera en donde trabajaba como operario de planta. Así que decidió rescatar algo, cualquier cosa. Se subió al techo y quitó parte de éste. Jefreis logró sacar algunos enseres y electrodomésticos.
Una vez toda la familia estaba reunida afuera de la que era su vivienda, Adriana Beatriz Delgado hizo un repaso de su vida en un momento. Abrazó a sus dos hijos y a su esposo, lloraron.
Las llamas llegaron hasta la casa de los Moncada Delgado. Ahí se extinguieron. Con baldazos de agua que recogían del río, vecinos ayudaron a apagarlas. Luego llegaron los bomberos.
Paradójicamente lo que se quemó de la vivienda fue la parte de material: una pared. Y cuando el muro se derrumbó dejó a la intemperie el primer piso. Mientras que el segundo construido de madera, quedó intacto. Es una de las pocas estructuras que quedaron parcialmente en pie. Hoy sirve de refugio también a otra familia: una mujer embarazada, sus dos hijos y su pareja. Ahora viven seis personas y otra que viene en camino.
Dos horas y media después, los bomberos pudieron apagar la conflagración. La defensa civil y la cruz roja atendieron a los heridos. Ese mismo día se levantó un censo en la que figuraban 37 familias afectadas. La gente durmió en la casa de conocidos, amigos y familiares que viven en Café Madrid. Entre más cerca se esté del lote, mejor. ¿Por qué? Temen que los saquen.
El primer día el temor estuvo en que las máquinas retroexcavadoras terminaran de remover los escombros y ya limpio el predio, la Alcaldía tomara posesión de éste. Incluso, quienes quedaron con ‘ranchos’ parcialmente quemados, durmieron en ellos.
Al siguiente día del fuego, las ayudas llegaron. A cada persona se le entregó una colchoneta y una frazada. Un kit con una olla y otros implementos para cocinar, mas no para en qué comer. Y un mercado. Eso fue inicialmente.
Los niños de ‘El Cable’ jugaban por los estrechos callejones con las colchonetas en las cabezas. Se ofrecían a llevar las colchonetas de otros para presumir con los amigos quién tenía más. Competían a quién era capaz de llevar más sin dejar caer alguna. Superando las trampas de la ruta de competición: los palos y tablas atravesadas, los cables que guindan, la ropa tendida. Desde la carretera principal, se veía un desfile de colchones que avanzaba desde el Punto Digital del barrio hasta el predio donde ocurrió el siniestro.
En la esquina del parque, mujeres en taburetes y mecedoras tejidas con material de plástico juegan bingo con dientes de maíz y piedras. Para el resto de los habitantes del Café Madrid la vida sigue normal.
Ese día llegaron los más altos dignatarios del departamento y el municipio. Primero estuvo el gobernador Didier Tavera. Luego el turno fue para el alcalde Rodolfo Hernández, quien entregó $100.000 pesos para cada familia. También estuvo la liberal Sonia Navas quien tiene varias líderes comunales en el sector.
La catástrofe de las familias de esa invasión fue caldo de cultivo para oportunistas del mismo barrio que sacaron mercados y ayudas fingiendo la condición de damnificados. También el político hizo lo propio: cuidar los ‘voticos’ de ‘El Cable’ y ganar su ‘representación’.
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La historia se repite
Jenny Paola Vargas Arciniegas es damnificada del incendio de ‘El Cable’. A ella le gusta el oficio de la peluquería. Quiere ser estilista profesional y siete días después del siniestro se estaba graduando de un curso de belleza. Es madre soltera y tiene tres hijos.
Ella también es sobreviviente de la quema de la antigua estación del Ferrocarril en Café Madrid ocurrida el 4 de junio de 2012. De dos invasiones no quedó el rastro. Sólo quedaron las ruinas de la torre de la vieja estructura. En esa ocasión, las autoridades manejaron la hipótesis de que el fuego había sido provocado por dos niños que juagaban a prenderle candela a la espuma de un colchón viejo.
Es por eso que la explosión de ‘El Cable’, del pasado jueves 24 de noviembre, a nadie tomó por sorpresa. Se trataba de un desastre que se venía venir. Muchos de los vecinos y damnificados son conscientes. Las autoridades investigan si las llamas fueron producidas por un corto circuito.
Por tratarse de una invasión, el sector no contaba con la infraestructura de servicios públicos, presentándose conexiones fraudulentas. Situación que no sólo ocurre en el Norte de Bucaramanga, también en otras zonas de la ciudad.
Como víctima del fuego que prendió su casa en 2012, Jenny no pudo acceder a una solución de vivienda ofrecida por el municipio. A diferencia de la mayoría de los damnificados que dicen que la administración de Luis Enrique Bohórquez no les cumplió con lo prometido, Jenny no logró obtener su casa propia por aparecer como miembro del núcleo familiar de su suegra, quien es beneficiaria de una vivienda de interés social.
Gracias a las tutelas y pleitos judiciales contra la administración, Jenny vivió durante más de una año en apartamentos arrendados pagos por el municipio. Una vez se acabó la ayuda, Jenny volvió a quedar en la calle.
Con ayuda de familiares pudo reunir $5.000.000. Y compró un ‘rancho’ en ‘El Cable’. A Jenny le vendieron las tablas y los sobrantes de construcciones que conforman la edificación de su hogar, porque el dueño del lote es el municipio de Bucaramanga. Ese 24 de noviembre, ella perdió incluso lo que creía que era suyo.
Hoy Jenny hace parte del censo oficial de los damnificados de ‘El Cable’ en el Café Madrid. Pero para acceder al programa ofrecido por la actual administración debe primero separarse oficialmente del núcleo familiar de su suegra. En teoría, después de superada esa traba en el proceso, Jenny tendría una casa nueva.
El miedo al desarraigo
La casa le quedó parcialmente quemada. Duerme a la intemperie. Pero aun así, Adriana no está dispuesta a irse. A decir verdad, prefiere que las ruinas le caigan encima antes de desalojar su pedazo de tierra. De la que no es dueña, sí. Pero cada uno de los ladrillos y de las tablas cuenta. Lo que le quedó de la casa es lo único que le garantiza su derecho a seguir ahí, a reconstruir el ‘rancho’. Porque tierra no hay: ni para comprar ni arrendar. Y ella la reclama como poseedora de una pequeña parte.
Una mujer logró que el alcalde de Bucaramanga le escribiera de su puño y letra las acciones con las que se comprometía con las familias. Ya arrugado por cuanta mano ha pasado para ser leído o mostrado, ese papel es la única garantía que tiene la gente de ‘El Cable’. Las promesas del alcalde se han ido cumpliendo, al menos hasta el día en el que se puso punto final a esta crónica.
La Alcaldía se comprometió a construir un albergue en el predio. Este hogar transitorio será dividido entre 34 familias, de las 37 que se presentaron como damnificadas. Los reales afectados, en medio de un juicio público entre la comunidad, señaló a los colados.
El lote es pequeño. A cada familia se le entregará un módulo con su propia cocina, baños y habitaciones. El hogar transitorio tendrá la infraestructura de servicios públicos. Esa es la promesa. Eso mientras los afectados se reubican en algún programa de vivienda.
Aparte de los roedores y una lora, la única vida que se perdió en el incendio de ‘El Cable’ y que fue llorada perteneció a un gato. El cuerpo del felino fue hallado el mismo día en el que se produjo la conflagración. El gatico pequeño estaba intacto. La muerte al alcanzó animal estando en posición de caza, altivo, listo para reaccionar.
Su dueña, una niña no mayor a 10 años estaba esculcando con una varilla el terreno quemado. Ya había explorado el piso de las otras viviendas. Cuando llegó al espacio en donde quedaba la suya, retomó la tarea en busca de monedas. En cuclillas iba avanzando hasta que se encontró de frente con el cadáver de su gatico. “El gato es muerto mamá. El gato está muerto”, grito llorando.













