Entre historias de duelo, fotografías de resistencia y relatos sobre identidad, ExpoQueer 2026 da rostro a la diversidad en Bucaramanga.

Publicado por: John Arias
Una fotografía tomada en una marcha del orgullo, el retrato de una persona atravesada por un vidrio roto y la historia de una madre que aprende a respetar la identidad de su hija después de la muerte.
A primera vista parecen relatos distintos. Sin embargo, en las salas del Salón Departamental ExpoQueer 2026 comparten un mismo propósito: hacer visible aquello que durante mucho tiempo fue tabú en la región.
La primera edición de esta exposición en el Museo de Arte Moderno de Bucaramanga reúne artistas que utilizan distintos lenguajes para hablar de diversidad sexual y de género. Las obras coinciden en una idea fundamental: el arte puede convertirse en un espacio para contar historias que muchas veces no encuentran lugar en otros escenarios. Lea también: Un espacio para existir: Expo Queer 2026 celebra la diversidad en Bucaramanga

“Detrás de la diversidad hay algo que se llama humanidad”
Uno de esos relatos llega a través del cortometraje El último deseo, producido por Julián García y dirigido por James Camargo de Alba. La obra aborda una situación dolorosa, pero profundamente humana: una madre que se niega a despedir a su hija trans como ella realmente era.
En la historia, mientras prepara el cuerpo para el funeral, la mujer sostiene una conversación imaginaria con el fantasma de su hija. Ese encuentro termina transformando su mirada y la lleva a comprender que respetar la identidad de una persona no debería ser una concesión ni un acto extraordinario, sino una muestra básica de amor y dignidad.
“El cortometraje dialoga con respecto a la identidad, entendiéndola como algo que debe ser y que debe estar siempre y que no es algo a lo que tengamos que desear, sino algo con lo que tenemos que vivir y respetar”, explica García.

Lejos de buscar culpables, la producción propone una reflexión sobre las relaciones familiares y la necesidad de construir entornos seguros para las personas diversas.
“Detrás de la diversidad hay algo que se llama humanidad”, afirma el productor. “Nace en las familias, nace en los colegios, las universidades, los amigos, y sobre todo necesitamos entendernos para poder habitar juntos”, agrega.
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Para el artista, es muy importante que Bucaramanga tenga este tipo de escenarios. “Necesitamos entender que la maricada existe, que no tenemos que reprimirla y que estamos en un momento histórico donde la visibilización de las cosas es algo que debe siempre estar. No estamos hablando de irrumpir, estamos hablando de entender y para entender es necesario ver, porque no tenemos modelos”.
García recalca que Bucaramanga entienda y valore el arte queer. “Cuando éramos pequeños en mi generación teníamos al hombre pelo en pecho que aparecía y que se besaba con todas en las novelas, pero no había una ‘marica’ que saliera a decir que se puede ser, que no está mal y que sobre todo hay expresiones que no nos catalogan”.
El orgullo en las calles
La memoria también ocupa un lugar central en la obra de Karen Estefanni Pérez Álvarez, abogada especializada en memorias colectivas y derechos humanos. Su fotografía fue capturada de manera espontánea durante una marcha del orgullo realizada en Bucaramanga en 2024.

La imagen retrata un gesto de cuidado entre integrantes de la comunidad LGBTIQ+, una escena cotidiana que para la autora adquiere una dimensión política.
“Muchas personas suelen preguntarse por qué una marcha del orgullo, ‘¿orgullo de qué?’. Esta fotografía simboliza el cuidado como forma de resistencia frente a las situaciones de discriminación y violencia que todavía existen”, explica.

Para Pérez Álvarez, ocupar las calles sigue siendo un acto de reivindicación. Históricamente, muchas expresiones de afecto e identidades diversas fueron relegadas al ámbito privado o invisibilizadas por el miedo al rechazo. Marchar, dice, significa reclamar un lugar en el espacio público y afirmar la existencia de quienes durante décadas fueron excluidos.
“Esta foto simboliza esa resistencia. Tomar la calle como espacio público, como un espacio que históricamente ha sido negado a las diferentes formas de amor, a las diferentes formas de existir desde nuestra orientación sexual, desde nuestra identidad de género. Salir a marchar es decir que existimos y tomamos este espacio que históricamente ha sido negado”, comenta.
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La fotografía también habla de las llamadas familias elegidas, esos vínculos de amistad, afecto y solidaridad que muchas personas LGBTIQ+ construyen cuando sus entornos familiares originales no son espacios seguros.
Además, Pérez recueda que el arte no solo permite visibilizar estas luchas sino generar sensibilidad, no solamente a través del discurso, sino a través de los símbolos. “Es hacer memoria del camino que llevamos recorrido, de esas luchas que venimos dando”.
De esta manera, la apuesta es sensibilizar para reducir la estigmatización y situaciones de violencia y de discriminación que todavía persisten. “En estos contextos políticos y en estos tiempos suelen ser difíciles para la diferencia, para los derechos humanos, con esos discursos de odio hacia lo diferente”.
Violencia armada contra la población LGBTIQ+.
Otra de las piezas que conmueve a los visitantes es Latente, de la fotógrafa y realizadora audiovisual Natalia Pinilla. La obra presenta a una persona de expresión femenina, con uñas largas y labios pintados, atravesada por un cristal roto.
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La imagen aborda dos realidades especialmente dolorosas: la desaparición forzada y la violencia motivada por prejuicios contra personas LGBTIQ+.
“Muchas veces las personas diversas no tenemos familias que nos busquen; son nuestras familias sociales las que asumen ese papel”, explica la artista.
La obra surgió a partir de conversaciones con una activista de Bucaramanga, que aparece en el retrato, y de reflexiones sobre las desapariciones forzadas en Colombia, particularmente aquellas que han afectado a personas de la diversidad sexual y de género en medio del conflicto armado.
Para Pinilla este espacio es muy necesario. “Es muy importante porque existimos. Así nos quieran invisibilizar, existimos, estamos y cada acto artístico y también es político. Estamos y no nos pueden invisibilizar”, señala.
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Aunque las tres propuestas parten de experiencias distintas, todas convergen en un mismo territorio: la necesidad de ser vistos.
La identidad, el duelo, la memoria, el afecto, la violencia y la resistencia aparecen en estas obras no como conceptos abstractos, sino como experiencias profundamente humanas. Esa capacidad de conectar con las emociones es precisamente lo que convierte al arte en una herramienta poderosa para la visibilización.
“Lo que no se nombra no existe”, afirma Natalia Pinilla. Y quizá esa frase resume buena parte del espíritu de Expo Queer.

En un contexto donde aún persisten discursos de discriminación y exclusión, la exposición propone otra forma de acercarse a la diversidad: no desde el debate político ni desde las cifras, sino desde las historias. Historias que hablan de madres e hijas, de amigos que se convierten en familia, de memorias que resisten al olvido y de personas que, a través del arte, encuentran una manera de decir que existen, que siempre han estado ahí y que también forman parte de la ciudad.
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