Desde hace ocho años José Herrera ‘endulza’ una esquina del barrio Conucos de Bucaramanga, con sus golosinas de pata de res. En sus manos está el secreto para que el típico producto de elaboración artesanal sea uno de los preferidos en la ‘Ciudad Bonita’. Esta es una historia cotidiana de la gente que todos los días le aporta a una Bucaramanga sin límites.

Publicado por: TANIA RINCÓN
La primera vez que las manos de José Herrera batieron sobre un improvisado tubo la amarillenta y dulce masa con la que se prepara la gelatina de pata de res o ‘jalea’, como la llaman en Norte de Santander, fue hace más de 14 años, cuando su hermano quiso independizarse luego de trabajar como ayudante de don Darío, un hombre alcanzado en años al que tal vez muchos recuerdan y que vendía el famoso producto de elaboración artesanal, en la carrera 15 con calle 33 en todo el corazón de ‘La Bonita’.
“Mi hermano empezó a vender las gelatinas en la calle 36 con carrera 15, recuerdo que le dijo a mi mamá que le colaborara con las ventas y él comenzó a batir, entonces yo lo observé y le dije: ‘no mano, esto se bate es así y así’, entonces me propuso que nos fuéramos a trabajar juntos, pero yo le dije que no porque detestaba trabajar en la calle. Preciso los primeros tres días que salí con él, nos sacó la Policía corriendo”, recuerda entre risas José.
Sin embargo, aunque no fuera de su agrado, aceptó la propuesta de trabajar en las calles batiendo, como cual artesano moldea su escultura y con la misma pasión que un músico toca su piano, mezclando panela con el colágeno extraído de la pata de vaca y recorriendo caminos que lo llevaron incluso hasta Ocaña, donde para mala suerte, también tuvo que salir por controles de espacio público.
Circunstancias de la vida lo llevaron a renunciar y a buscar a través del comercio cómo llevar el pan a su hogar, fueron varios los años en los que viajó a Cúcuta, Valledupar y hasta Girardot trasportando productos de abastos, pero como dice el refrán ‘el que nace pa’tamal, del cielo le caen las hojas’, y tal vez cosas del destino o como él mismo lo indica, “cosas de Dios”, volvió a retomar su arte y desde hace ocho años se le observa en una esquina del barrio Conucos con su traje blanco y su tapabocas.
Junto a una mesa las gelatinas llenas de maicena y al otro lado siempre de pie está José, con las manos llenas de dulce y su corazón con la fe intacta de que el negocio va a prosperar.
“Si me preguntan cómo aprendí, digo que la gloria y la honra es para Dios, porque él fue el que me guió para llegar hasta aquí. Yo decía que no volvía a este oficio por todos los inconvenientes que se presentan, porque la gente no comprende que uno está es ganándose la vida honradamente, y ya uno a esta edad nadie lo contrata” señala.
De aquel 7 de diciembre del 2007, que pasó vendiendo gelatinas en una calle de Lebrija y del que confiesa incluso sintió vergüenza, solo queda el recuerdo.
“Ese día fue tremendo porque imagínese yo comerciante e irme a batir fue muy duro. Pasó un amigo concejal y me dio pena, pero como él mismo me dijo: ‘por qué se achanta bobo, si es su trabajo y lo que lo va a sacar adelante’. Así me decidí en seguir, dos años duré allá y luego me radiqué acá”.
Y así, en medio de tropiezos, con su negocio lejos de comodidades, en medio del bullicio, del pasar de los carros y del ardiente sol que calienta la ciudad, este bumangués demuestra que está hecho de verraquera y empuje. Sus manos cansadas de batir durante todo el día, no le apagan la esperanza de continuar saliendo adelante.
Su inspiración y principal apoyo es su familia, sus dos hijas que se sienten orgullosas de él, y su esposa, su compañera desde hace 19 años y quien a diario también madruga para preparar la materia prima con la que él sale cada día desde su casa en Floridablanca a ganarse la vida batiendo gelatinas.














