Paz en la escena callejera: adiós al mimo más querido de Santander.

La muerte de William Hernando Jerez Medina, el inolvidable mimo Garo, deja un silencio extraño en las calles de Santander, donde durante décadas su figura pintada de blanco convirtió la rutina en asombro. En Málaga, su tierra natal, y en Bucaramanga, donde hizo del espacio público un escenario abierto, hay nostalgia y tristeza por la partida de un hombre que entendió el arte como una forma de abrazar a la gente.

A muchos todavía les cuesta imaginar las afueras de los cines de Cabecera, la calle 36 o el Parque Santander, por citar apenas algunos lugares, sin aquella presencia inmóvil que, con apenas un gesto, era capaz de arrancar carcajadas, sonrojos y aplausos improvisados. Bastaba una mirada del mimo Garo para alterar el ritmo de la ciudad. Mientras el ruido del tráfico seguía su curso, él lograba detener el tiempo.

William llegó al arte después de intentar otro camino. En 1984 viajó a Bucaramanga para estudiar Derecho en la Universidad Autónoma, pero la toga nunca pudo competir con el llamado silencioso de la pantomima. Abandonó seis semestres de abogacía para perseguir una vocación incierta, una decisión que entonces parecía una locura y que, con los años, terminó convirtiéndolo en un referente cultural de Santander.
Autodidacta, obstinado y profundamente sensible, se formó entre libros, festivales iberoamericanos de teatro y las calles bogotanas de La Candelaria. Allí entendió que la pantomima era un lenguaje universal: uno en el que las palabras sobran y el cuerpo lo dice todo.

Y él lo decía todo de verdad. Tenía el carácter suficiente para salir a la calle con el rostro cubierto de pintura blanca, dispuesto a imitar a cualquiera que se cruzara en su camino. Soportaba el cansancio, el calor y hasta los comentarios hirientes de algunos transeúntes. Porque antes de los aplausos hubo rechazo.
Cuando comenzó en Bucaramanga, en 1992, la profesión de mimo prácticamente no existía. Había prevención, burlas y desconfianza hacia quienes hacían arte en las calles. Él mismo recordaba cómo, en 1994, un hombre lo golpeó con una correa al confundirlo con otro artista callejero, en un episodio que, para la época, terminó convirtiéndose casi en un video “viral”. Pero ni siquiera esa violencia logró apartarlo de su oficio.
Garo insistió en su arte callejero. Insistió hasta convertir la pantomima en una expresión respetada. Insistió hasta firmar contratos para asesorías de movimiento corporal y jornadas recreativas. Insistió hasta liderar el grupo de mimos de Santander, Grumps, desde donde impulsó campañas de cultura ciudadana junto a entidades públicas.

Quienes lo conocieron recuerdan que nunca perdió la humildad. Detrás del maquillaje estaba un hombre convencido de que el arte podía humanizar a las personas y reconciliar a la ciudad consigo misma. Por eso defendía con firmeza el trabajo de los artistas callejeros, tantas veces vistos como vagos y no como trabajadores de la cultura.
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Su legado no se mide únicamente en funciones o reconocimientos. Vive en la memoria de quienes alguna vez se detuvieron a verlo actuar, en las monedas depositadas dentro de aquel tarro de papel alargado, en las sonrisas inesperadas de desconocidos y en los jóvenes artistas que encontraron en él una inspiración para perderle el miedo a la calle y al escenario.

Obituario

Las exequias de William Hernando Jerez Medina, nuestro entrañable mimo Grao, se cumplirán este jueves, 28 de mayo, en la Cripta Mausoleo La Esperanza. (Ver obituario)
Despedimos, con profunda tristeza, al que muchos consideran el mimo más grande de la región. Y aunque el telón haya caído para William Jerez, el mimo Garo seguirá caminando, silencioso y eterno, por las avenidas de la memoria. Paz en su tumba.
















