Magazín cultural
Sábado 11 de julio de 2026 - 01:59 AM

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander

Con más de seis décadas dedicadas a la pintura, el artista bumangués Jaime Enrique Guevara ha hecho del pincel, el café y la disciplina una forma de vida. Desde Charalá, su obra sigue contando historias marcadas por la memoria, la luz, la pasión y una profunda vocación de libertad.

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

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Publicado por: Mauricio Olaya

Un artista que supera las siete décadas y que con disciplina y constancia inicia su rutina diaria con un pincel y un café, ya comienza a hablar claramente de una persona dotada, además de talento, de dos componentes que marcan la diferencia: pasión y disciplina.

Picasso lo dijo a su manera cuando le preguntaron por el secreto de su éxito: “cuando la inspiración llegue a mí, es necesario que me encuentre ocupado”. En el caso del artista bumangués Jaime Enrique Guevara, hoy radicado en Charalá, la frase parece cumplirse al pie de la letra: su rutina diaria consiste en no dejar de trabajar y, por ese camino, no dejar de crear.

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

“La pintura diría que nació conmigo. Nunca fui un niño hábil para el estudio, pero sí para tomar un lápiz, una crayola o una brocha e interpretar mi mundo interior a través del trazo”.

Criado entre grandes limitaciones, desde los tres años vivió en Cúcuta, donde su madre sacó adelante a sus hijos trabajando como oficinista y modista. De ese vigor santandereano parece venir la disciplina que hoy sostiene el oficio del artista.

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

Rembrandt le abrió el camino

La historia íntima de muchos artistas suele iniciar con el encantamiento ante una obra o un maestro, y con el deseo de emular ese objeto admirado. Al maestro Guevara le ocurrió cuando llegó a sus manos una cartilla escolar donde descubrió la obra de Rembrandt: su forma extraordinaria de interpretar la luz, sus figuras humanas sin adornos y ese dramatismo casi teatral que lograba a partir de volúmenes, texturas e iluminaciones laterales.

“Mi primera obra fue una copia de La cortesana ante su espejo. Empecé dibujándola, luego la coloreé y, finalmente, la llevé al óleo, cuando apenas tenía 14 años. Mi primer profesor, crítico y cliente fue el lechero, quien cada mañana, después de entregar la leche a mi madre y antes de que yo saliera al colegio, me veía pintar y me hacía observaciones sobre el color, el tamaño de una mano o el pliegue del vestido. Hasta que un día me dijo que ya estaba lista y, de inmediato, me propuso comprármela”.

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

Ese lechero que vendía leche en las mañanas y en las tardes leía los contadores de la luz era Alfonso Navas. Aceptó cambiarme el cuadro por doce litros de leche que su madre me adeudaba. Con el tiempo, junto a sus hermanos, transformó aquel oficio de repartidor en Lácteos La Mejor, la pasteurizadora más importante de Norte de Santander.

La particular volumetría, el color y la temática social del principal artista de los Países Bajos, que los críticos dimensionaron como estandarte del arte barroco europeo, quedaría convertida en una impronta de la obra del artista bumangués, que hoy con más de sesenta años de continuo trasegar en el arte pictórico, mantiene como su marca, allende de las críticas y hasta el desconocimiento de que haya sido objeto, lo que asume como un factor que define la identidad de su obra.

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Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

“Treinta y dos años después de vender mi primera obra, quise saber qué había pasado con mi primer mentor. Viajé a Cúcuta y, en el mismo barrio de aquella historia, supe que el doctor Alfonso era gerente de una exitosa lechería. Logré llegar a él y la sorpresa todavía me emociona: al entrar a su oficina, allí estaba mi obra, cuidadosamente enmarcada. Nos reconocimos y le propuse comprársela o cambiársela por otra, sin importar tamaño ni costo. Su respuesta fue contundente: esa obra es mi amuleto; me cambió la vida y estoy seguro de que a usted también”.

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

Un fracaso a la sombra de Guayasamín

La historia personal de Guevara está llena de anécdotas, fruto de un largo trasegar por el universo de la plástica, donde todo parece rozar lo onírico y lo imaginariamente posible. Uno de esos capítulos coincidió con el boom del comercio del arte de los años ochenta y parte de los noventa, época en la que, según el maestro, su obra se consolidó, las oportunidades se multiplicaron y vivió una experiencia imposible de olvidar.

“Me encontraba en la oficina de un representante del señor Víctor Carranza, negociando una obra, cuando conocí a un curador de arte y director del Palacio de los Espejos, el principal centro de exposiciones de Quito. Al ver mi trabajo, me propuso realizar allí una muestra, lo que para mí significaba alcanzar el estrellato. Acepté y me dediqué día y noche a preparar 28 cuadros de gran formato, que enmarqué y transporté personalmente desde Valledupar, donde tenía mi taller, hasta Quito”.

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

Así comienza una aventura que lo llevaría a viajar con su obra hasta la capital de Ecuador, llegar a Quito tras casi 70 horas de tránsito y allí enterarse que el mismo día en que recibió la invitación, el director de esta sala había sufrido un infarto y había fallecido.

“Es difícil contar hoy todo lo que pasó por mi mente. Era un extranjero sin recursos para volver y con las esperanzas en el limbo. En Quito, cargado de desazón, vi una sala de arte, hablé con la curadora y le conté mi historia. Ella aceptó ver mi trabajo y, sin más, me llevó con Verenice, hija de Oswaldo Guayasamín. De allí pasé a la casa del maestro, donde conocí a su familia y al propio Guayasamín, quien, en un gesto inimaginable, me invitó a compartir unos tragos. Tras una larga conversación, acordamos vernos al día siguiente en una exposición realizada durante un encuentro de presidentes latinoamericanos y otras dignidades”.

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

Por gestión del hijo del pintor y de la curadora argentina, dos obras de Guevara ingresaron a la muestra. En la noche inaugural, junto a la familia Guayasamín, conoció a figuras políticas y grandes personalidades, entre ellas Gabriel García Márquez.

“La historia siguió con una gran amistad con Verenice, quien por esos días atravesaba su separación. Le hice un retrato y aquello terminó siendo el Florero de Llorente: su exmarido me tildó de amante y anunció venganza. Con una sola venta en el bolsillo, tuve que salir literalmente volado de Quito”.

Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA
Jaime Guevara: el pincel libertario de Santander. Foto: Mauricio Olaya/VANGUARDIA

Estas historias, contadas al calor de un café mientras el artista pinta el reciente suceso de Charalá, son parte de una mañana de palabras, recuerdos y añoranzas. Para Guevara, mientras haya hechos capaces de volverse historia, su pincel y sus telas seguirán siendo documento pictórico de la libertad.

Publicado por: Mauricio Olaya

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