Rescatistas, voluntarios y amigos le dijeron adiós a la única canina entrenada en rescate y búsqueda de personas que hacía parte de la Cruz Roja. La labradora salvó a cientos de personas en la ola invernal de Girón, en 2005.

Publicado por: DIANA CANTILLO
Se acercó y le habló en el tono de voz acostumbrado. Ella la miró enternecida pero sin reconocerla. Entonces, Martha Cecilia Cabezas entendió que había llegado el momento que con tantos paliativos y nebulizaciones en casa había tratado de inhibir. Días antes, habían celebrado con una torta sus 14 años. Pero, inevitablemente, la muerte siempre llega. De manera que Martha debía elegir entre su egoísta deseo de abrazar y despedirse de quien consideraba como a una hija de cuatro patas, aunque fuera por un día más. O la dolorosa decisión de dejarla partir, quedándose con todos aquellos recuerdos y anécdotas que vivieron juntas, ganándole de cierta manera a la huesuda el privilegio de darle descanso con un sueño eterno y acortarle la agonía que esta le tenía preparada.
Así que, en contra de su corazón, decidió que Shaky la había acompañado lo suficiente, en los mejores momentos de su vida, y que había llegado la irremediable hora en la que su fiel y admirada perrita por fin obtuviera la licencia de retiro por más de una década de servicio, rescatando la vida en medio de la tragedia y la muerte en los más crueles desastres naturales ocurridos en tierra santandereana.

Martha Cecilia dio aviso a la Cruz Roja. A la clínica veterinaria donde estaba hospitalizada Shaky, llegó el Director de voluntariado de la seccional y los otros miembros del equipo C-SAR, el grupo de voluntarios que trabajaban de la mano con perros de búsqueda; uno de estos caninos era Shaky. Así como Martha Cecilia acompañó a sus amigos y compañeros de voluntariado cuando sus canes murieron, el turno le correspondía a ella. Y ahí estuvieron a su lado Ernesto Cortés y Orlando Chaparro, voluntarios que hacían búsquedas de rescate al lado de los valientes y fieles caninos Kila y Rex, respectivamente.
A Shaky se le proporcionó la medicina y en un sueño profundo, ella se fue. Desde aquel día, Martha Cecilia no ha dejado de llorar. Recordar que en medio de la emergencia no tendrá a su compañera hace que se le arrugue el alma. Llora y se disculpa por hacerlo. Dice que muchos no entienden su tristeza “por un simple perro”, pero Shaky era más que eso. Ella era una heroína de cuatro patas.
Periodistas, voluntarios y autoridades son testigos del servicio incondicional que prestó Shaky a los damnificados de la avalancha provocada por el Río de Oro, en 2005, que arrasó barrios enteros en Girón. Las labores de búsqueda se extendieron por más de una semana. Shaky salvó a niños y ancianos que pudieron sobrevivir en medio del lodo y los escombros. Cuando caía la noche y las condiciones no eran aptas para seguir con las labores de rescate, Shaky se negaba a abandonar la zona, porque su deseo era seguir buscando vidas. Pero la labradora también encontró los cuerpos sin vida de quienes fallecieron en la tragedia. Durante los dos últimos días de la jornada de rescate en Girón, los socorristas trataron de encontrar, por 48 horas consecutivas, a un desaparecido; sin embargo, nunca se dio con su paradero. Cuando los rescatistas pararon las labores de búsqueda, Shaky pretendía seguir buscando. Ella no medía el peligro ni el cansancio. Según Martha Cecilia, saltaba muros sin importar qué tan altos fueran. Cuando seguía una pista con su olfato, no abandonaba la tarea hasta dar con lo que perseguía. Era experta en rescate y búsqueda en estructuras colapsadas y en campo abierto, labor que se conoce como “rastro”.
Una guerrera
Shaky fue rescatada cuando tenía seis meses. Sus días los pasaba amarrada a un árbol en el patio de una casa en un barrio populoso de Bucaramanga. Se alimentaba de basura que caía de una caneca rebosante. Cuando se subió al vehículo que la sacó del encierro, aún llevaba, entre carne y piel, la correa que la hizo prisionera de un hombre que pensó que la labradora no tenía las capacidades para el trabajo de rescate de personas. Y por eso la desechó en un solar. Dejó de gustarle. Se entretuvo con el animal hasta que la canina aprendió instrucciones básicas, luego la condenó por ‘mala’ a la soledad.
Con el paso a una vida nueva, Shaky no la tuvo fácil. Su alto grado de desnutrición y maltrato la acercaban cada vez más a la muerte.

Parecía que no había remedio. La infección en el cuello no cedía a pesar de los antibióticos que le aplicaban diariamente. Su recuperación fue larga y costosa. Cuando estuvo fuera de peligro, a la labradora se le caía el pelo. Y sólo un tratamiento basado en acupuntura pudo curar el mal de la perrita. Su recuperación fue lenta. Sin embargo, así como Shaky luchaba por sobrevivir, Martha Cecilia Cabezas, una voluntaria que durante 30 años ha realizado labores de búsqueda y rescate para la Cruz Roja seccional Santander, consiguió las ayudas y los medios económicos para costear los tratamientos de la perrita. Algo en el corazón de Martha Cecilia le decía que Shaky había llegado a su vida por una razón especial. Shaky vivió para rescatar vidas.
Desde pequeña, mostró su vocación de servicio. Al ser labradora era una canina dócil, cariñosa e inteligente. La perrita se convirtió en la compañera de dos mujeres: Martha Cecilia y su mamá, una mujer mayor. Fue entrenada y adiestrada para trabajar de la mano de Martha Cecilia en la búsqueda y rescate de vidas en medio de las emergencias y desastres. Ella y Martha fueron inseparables. Son muchas las condecoraciones y menciones de honor que logró Shaky a lo largo de su carrera como canina voluntaria, como aquella entregada por la Gobernación de Santander por su labor en la ola invernal de 2010-2011.
Martha recuerda la vez en la que el mismo Alcalde de San Vicente de Chucurí le pagó un vuelo chárter a Shaky para que encontrara los cuerpos de cinco personas desaparecidas. En la avioneta, Shaky iba sentada en la mitad de dos rescatistas. En esa ocasión, Martha no pudo ir a esa misión, pero permitió que sus compañeros contaran con su compañera. Efectivamente, el grupo de rescate cumplió su cometido. “Esa vieja era una loca”, dice Martha refiriéndose a la labradora, continúa: no le tenía miedo a nada, siempre iba delante de todo el grupo. Tenía un gran olfato. Cuando se le ponía el uniforme es como si se le activara un chip. Fue una amiga incondicional para mí y, sobretodo, para mi mamá fue de gran ayuda y compañía. Tenía un imán con los niños, le encantaba posar y tomarse fotos con ellos. Los niños la adoraban y siempre querían con jugar ella”.
Una nueva amiga
Un amigo cercano a la familia, le regaló a la rescatista una pequeña labradora para que la acompañara a ella y a su mamá en estos momentos de tristeza y soledad. Sin embargo, Martha aclara que Luna no es un reemplazo. La mamá de Martha insistió que sería bueno tener un perro en casa, así que Martha accedió. Incluso, ya Luna roba las sonrisas y los cuidados de Martha, quien sueña con que Luna se convierta en una rescatista como Shaky. Sin embargo, apenas es una cachorra con 45 días de nacida.
Adiós Shaky
Entre 2004 y 2011, Shaky cumplió a cabalidad con su misión en la Cruz Roja. Ni siquiera la bronquitis que la afectó durante sus últimos años de vida impidieron que la labradora interrumpiera su labor de voluntariado. Si bien ya no podía estar en emergencias ni desastres por su avanzada edad, Shaky se convirtió en embajadora de la Cruz Roja. Gracias a su trabajo como ‘relacionista pública’ se logró conseguir ayudas para cientos de personas de escasos recursos que resultaban afectadas o damnificadas por el invierno o incendios el departamento. Shaky dejó el campo abierto por las fotos, desfiles, demostraciones de habilidades caninas, concursos y trabajo con niños. Pero nunca tomó una licencia de descanso y asistió a cuanta integración y ceremonia pudieran organizar como campamentos, encuentros juveniles y socorristas. Claro está que cuando Shaky acampaba, los campistas sabían que corrían el peligro de no dormir a causa de los ronquidos de la perrita.

Antes de echar la última carga de tierra en su sepelio, veinte voluntarios hicieron un minuto de silencio. Shaky, entre sus patas, abrazaba un peluche de tortuga, que era su juguete favorito. Y en el cuello lucía su pañoleta roja, que indica la especialidad que tuvo esta labradora al servicio voluntario de la Cruz Roja. Cuando terminaron de tapar la tumba de Shaky, Martha Cecilia sembró sobre esta un caballero de la noche. Esta planta representa la esperanza para Martha Cecilia, Orlando y Ernesto, voluntarios que conforman el grupo de rescate con caninos C-SAR de la Cruz Roja Santander, de que el grupo de rescate vuelva a conformarse con perros tan fieles y hábiles como lo fueron Rex, Kila y Shaky, porque con la muerte de esta última, ya no quedan caninos que hagan las labores que venían prestando estos tres compañeros peludos.
Quizás cuando florezca el caballero, la pequeña Luna esté preparada para asumir el papel que durante una década tuvo la inolvidable Shaky.














