Bucaramanga
Lunes 13 de mayo de 2019 - 12:00 AM

Sandra Barrera: 30 años por amor al arte

Sandra Barrera Ruiz apenas pasaba los 20 cuando sin proponérselo se apropió de la bandera de la cultura en la ciudad. Sin más ánimo que el de demostrarles a los santandereanos que la única forma de hacer una mejor sociedad es a través del arte, lleva treinta años gestionando cultura con altura.

Para Sandra lo más difícil hasta ahora, además de conseguir los recursos, ha sido educar al público para que compre las boletas y entienda que el valor que pagan no es lo que vale el arte que van a ver, sino que es un aporte que ayuda a la corporación a asumir los costos que genera montar todo el espectáculo. (Foto: Suministrada/VANGUARDIA).
Para Sandra lo más difícil hasta ahora, además de conseguir los recursos, ha sido educar al público para que compre las boletas y entienda que el valor que pagan no es lo que vale el arte que van a ver, sino que es un aporte que ayuda a la corporación a asumir los costos que genera montar todo el espectáculo. (Foto: Suministrada/VANGUARDIA).

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Publicado por: Irina Yusseff Mujica

El último papel que interpretó Sandra Barrera Ruiz fue el de un trébol de cuatro hojas, de esos que son más adorno que líneas, cuando estudiaba en el colegio. Porque lo de ser protagonista en las tablas no se le da mucho, pero lo de gestionar que los escenarios culturales no se apaguen, sí.

Tampoco se le da lo de caerle bien a la gente de primerazo. “Las apariencias engañan”, le han dicho varias personas, incluso artistas, cuando se dan cuenta de que no es “histérica, gritona, ‘peliona’ y fría”, sino “una madre” a la que lo único que le pasa es que es santandereana.

“Soy tremendamente sensible y emocional. Me muevo más con el corazón que con la cabeza, si quieres. Eso es lo que me ha hecho tan persistente en esto. Si yo le hubiera puesto cabeza a la gestión cultural en estos 30 años, esto no habría durado ni un año. Aquí el corazón siempre me gana”, asegura.

No sabe si eso está bien o mal, pero ya qué. Ni se arrepiente, ni es capaz de dejarlo. Su familia la ve con admiración, pero también con algo de sorpresa, aún después de tantos años luchando por lo mismo: mantener en pie símbolos y escenarios de la cultura como el Festival Abrapalabra y el Teatro Corfescu.

Sentada en uno de los sillones blandos que hay en la antesala del teatro que hace ocho años recuperó y no ha dejado volver a morir, asegura, sin miedo a equivocarse, que si su gestión se acabara ya mismo, estaría más que satisfecha.

La oveja negra, pero brillante

“Yo estudié en el Instituto Politécnico Femenino. Mi mamá me mandó a estudiar allá con la ilusión de que yo aprendiera modistería, bordados... Y no les quiero contar lo que era cada vez que me tocaba cortar una camisa o una falda y mostrársela a la profesora Cecilia de Niño, que tenía unas uñas maravillosas para pellizcar. Cada vez que tenía un pendiente de alguna materia, yo lo resolvía organizando el acto cultural de algo. Trigonometría por una obra, matemáticas por una presentación artística. Así fue como perdieron una modista y ganaron una gestora cultural”, le contaba Sandra al público que asistía hace dos años a la que sería la última función del Teatro Corfescu, pero que gracias a su gestión siguió en pie.

Esa joven inquieta por los actos artísticos, la danza, el teatro y los cuentos se graduó del colegio y entró a la UIS a estudiar Trabajo Social. Tardó más en ir a la primera clase que en buscar la movida cultural y meterse de lleno en ella.

Al poco tiempo, en el año 89, ya hacía parte del movimiento universitario que inició con los cuentos en “La Gallera”, el auditorio al aire libre de la UIS, las jornadas culturales y los conciertos.

Como con la cuentería les fue también, se les ocurrió realizar el primer festival de cuenteros de Bucaramanga, un evento grande que se saliera de la universidad e impactara a toda la ciudad y hasta al país. Después de rifas, bazares, eventos y búsqueda de recursos aquí y allá, lo lograron en 1992.

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Dos años después, el evento era tan exitoso que dio paso a convocatorias, primero iberoamericanas y más tarde mundiales, de cuenteros y comediantes.

Entonces, con la complicidad de un grupo de entusiastas gestores de procesos sociales y culturales de la ciudad como Francisco ‘Pacho’ Centeno, Puno Ardila, Germán Guerrero y, por supuesto, Sandra, se fundó Corfescu (Corporación Festival de Cuenteros, sin ánimo de lucro) y nació Abrapalabra, el festival internacional de oralidad hecho en Santander con más reconocimiento a nivel nacional. Desde 1998 es Sandra quien dirige ambos.

“Después de eso todo fue una máquina imparable. Hay gente que pregunta que por qué nunca ejercí y yo les respondo ¿qué más trabajo social que este?”, expresa Sandra, quien agrega que de los siete hermanos que son, ella es a la única que se le dio por meterse en esa locura.

“Soy la oveja negra de la familia, pero soy la quinta y no hay quinto malo”, chancea Sandra.

100% pasión

Como la Fanny Mikey santandereana la han catalogado algunas veces, pero ella hace mueca de que no exageren. “Jamás, ella es la más”, responde.

Pero lo que muchos no saben es que un pedacito de Fanny, la actriz, directora y empresaria de teatro colombo argentina conocida como la reina de las tablas, quien falleció en 2008, sobrevive en la oficina de Sandra.

En un estante, justo detrás del escritorio hay una oveja de pilas, la oveja Fanny. El juguete, uno de los preferidos de la ‘dura’ del teatro nacional, pasó a ser de la gestora bumanguesa cuando esta falleció y desde entonces se convirtió en su amuleto.

“Ella me llamaba para algo y yo me quería orinar en los pantalones, gritaba y me llenaba de nervios. Cuando ella murió, para mí fue muy duro, pero a la vez me recordó por qué hacía lo que sigo haciendo. Por pasión”, recuerda.

Esa pasión es la que le ha permitido levantarse varias veces, resistir y dar la pelea cuando por falta de recursos Abrapalabra ha estado a punto de desaparecer o cuando el Teatro Corfescu, que la corporación recuperó en 2011 después de que en los años 90 había cerrado sus puertas como todos los demás teatros de la ciudad, casi cierra definitivamente por falta de apoyo tanto del público como de instituciones.

Sin embargo, lo que más la llena de orgullo no es eso, sino las palabras de la gente que se le acerca después de cada función a agradecerle.

“Hace una semana mi médico me confirmó que no hay nada que hacer y hoy decidí salir con mis hijos al parque, a compartir los últimos domingos que me quedan y me encuentro con este evento y me doy cuenta que así tenga una semana de vida, es mucha vida la que tengo aún. Me doy cuenta que mis hijos tiene muchas razones para ser felices más allá de mí”, se puede leer en una de las páginas de un viejo cuaderno que pasaban todos los sábados y domingos durante “Un Girón de Cuentos” para que la gente escribiera sus opiniones y deseos.

“Haber regalado a la gente, sin saberlo, una alegría, ayudar a transformar su vida, mostrar que los sueños se consiguen, lo vale todo. Esta ciudad nunca hubiera soñado con tener a Fito Páez parado en la Plaza Cívica Luis Carlos Galán, pero ahí estuvo, o a Draco Rosa, Julieta Venegas, Alejandro Lerner, Jarabe de Palo, Rosana, pero aquí estuvieron. Y a tantos y tantos cuenteros, magos, bailarines, actores, de tantas partes del mundo: un japonés contando cuentos, un esquimal contando cuentos, un príncipe de la realeza del Congo contando cuentos. El regalo que se le ha hecho a la ciudad mediante la gestión cultural es un sueño”, expresa Sandra.

Los retos son muchos, dice, pero lo que más anhela y por lo que trabaja cada día es por hacerle sentir a las personas el amor y la pasión con la que ella vive el arte y la cultura, porque solo así se darán cuenta que mantener esos espacios, pagar las entradas y asistir permanentemente al teatro y a las actividades culturales sí vale la pena y es trabajo de todos, no solo de ella, ni de la corporación, ni mucho menos de las entidades públicas y privadas. Algunas de estas, al final, si hay que sacrificar un aporte o un presupuesto, sacrifican el de cultura.

“Sueño con hacer esto hasta el último día de mi vida, pero así, con la misma pasión, que nunca me despierte sin sentir eso, que nunca deje de pasar lo que pasa conmigo cuando estoy haciendo esto”.

Para Sandra lo más difícil hasta ahora, además de conseguir los recursos, ha sido educar al público para que compre las boletas y entienda que el valor que pagan no es lo que vale el arte que van a ver, sino que es un aporte que ayuda a la corporación a asumir los costos que genera montar todo el espectáculo. (Foto: Suministrada/VANGUARDIA).
Para Sandra lo más difícil hasta ahora, además de conseguir los recursos, ha sido educar al público para que compre las boletas y entienda que el valor que pagan no es lo que vale el arte que van a ver, sino que es un aporte que ayuda a la corporación a asumir los costos que genera montar todo el espectáculo. (Foto: Suministrada/VANGUARDIA).
Para Sandra lo más difícil hasta ahora, además de conseguir los recursos, ha sido educar al público para que compre las boletas y entienda que el valor que pagan no es lo que vale el arte que van a ver, sino que es un aporte que ayuda a la corporación a asumir los costos que genera montar todo el espectáculo. (Foto: Suministrada /VANGUARDIA).
Para Sandra lo más difícil hasta ahora, además de conseguir los recursos, ha sido educar al público para que compre las boletas y entienda que el valor que pagan no es lo que vale el arte que van a ver, sino que es un aporte que ayuda a la corporación a asumir los costos que genera montar todo el espectáculo. (Foto: Suministrada /VANGUARDIA).

Publicado por: Irina Yusseff Mujica

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