Desde El Socorro hasta las aulas universitarias y los caminos rurales de Santander, Myriam convirtió la enfermería en una forma de liderazgo humano. Durante décadas recorrió veredas, formó generaciones de profesionales y llevó un programa santandereano a obtener reconocimiento nacional e internacional.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Myriam Durán Parra primero quiso ser cantante.
Antes de ponerse una bata, antes de recorrer veredas de Santander con equipos de salud, antes de liderar un programa de enfermería durante 28 años, fue una niña del Socorro que se paraba frente a otros a cantar. En el colegio lideraba las voces. Participaba en concursos como solista. En las reuniones familiares también cantaba. Y por un tiempo, con esa ilusión intacta de la infancia, llegó a sentirse “la cantante famosa que iba a ser”.
Sus padres, sin embargo, la aterrizaron con cariño. Le dijeron que la música podía acompañarla, sí, pero como un gusto, como un pasatiempo. Que debía pensar en una profesión más fuerte, más segura, más clara para su futuro.
Ella hizo caso. Pero nunca dejó del todo su pasión.
Myriam descubrió en esos primeros escenarios la certeza de que podía ponerse frente a otros, transmitir algo y mover emociones. Una canción podía despertar alegría, euforia, atención. Una voz podía ordenar un grupo, convocar, calmar, abrir camino.
“Ese espacio que me di de querer cantar como solista forjó en mí una seguridad tremenda de manejo de las personas”, recuerda.
Después, en la secundaria, esa seguridad se hizo más fuerte en los coros de la Casa de la Cultura del Socorro. Su director vio en ella ese deseo de expresarse y la animó a presentarse en diferentes escenarios, dentro y fuera de Santander, incluso en televisión. Myriam empezó a entender que allí había una pista de su carácter.
“Yo empecé a sentir que quizás tenía algunas fortalezas para hacer liderazgo frente a los demás”, dice.
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No fue cantante. La vida la llevó por otro camino. Pero tal vez su destino ya le estaba hablando desde entonces. Su capacidad de conectar con otros.
Años después, cuando llegó muy joven a la Universidad Industrial de Santander, Myriam pensó en ser médica. Ese era su deseo inicial. Pero en ese momento apareció una posibilidad más rápida por el lado de la enfermería. Entró, se quedó y encontró allí algo que la atrapó para siempre.

“Me encantó sentir esa forma de poder estar con los demás, de poder darles un alivio, una voz de aliento, de ayudarles a resolver las necesidades que en un momento tenían”, cuenta.
Para Myriam, en la labora de una enfermera había conocimiento científico, técnica, rigor, responsabilidad. Y también había humanidad. Había familia. Había trabajo en equipo. Había dolor, incertidumbre, esperanza.
“Ser enfermera no es fácil. Tiene muchas aristas en el tema humano, en el tema del conocimiento científico, en el trabajar en equipo, comprender la familia y por supuesto el paciente”, dice.
Su rural fue una primera gran escuela. Le dio seguridad, experiencia y la puso frente a realidades que no aparecen en los libros. Luego vino uno de esos episodios que todavía cuenta con una mezcla de humor y orgullo: su llegada al Hospital de Vélez.
Estaba próxima a terminar el rural cuando el secretario de Salud de ese entonces la invitó a manejar el departamento de enfermería del hospital. El lugar atravesaba solicitudes sindicales fuertes. Ya habían pasado varios directivos, médicos y enfermeros, con grandes dificultades para establecer acuerdos con el personal.
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Myriam aceptó el reto.
Cuando llegó, la estaban esperando con cacerolas y tapas de ollas en la entrada del hospital. Era una forma de incomodar a los directivos, de medirlos, de advertirles que allí no iban a entrar tan fácil.
Ella se detuvo apenas lo necesario para tomar una decisión.
“Yo recuerdo que dije: ‘No puedo dar un paso atrás. Yo paso acá por el medio y entro’. Y así lo hice”.
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Ese gesto revela mucho de ella: ese carácter, esa firmeza santandereana.

Al día siguiente hizo algo más difícil que cruzar entre cacerolas: llamó a dialogar a quienes lideraban el inconformismo. Las escuchó. Se enteró de sus molestias. Y encontró que varias situaciones podían resolverse con algo tan básico y tan escaso en muchos espacios laborales: reconocer la experiencia de cada persona.
Si alguien tenía experticia en pediatría, iba para pediatría. Si otra tenía fortalezas en otra área, se ubicaba donde podía servir mejor. Poco a poco fue acomodando al personal y construyendo acuerdos.
“Fuimos acomodando poco a poco el personal y llegamos a buenos acuerdos”, recuerda.
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Esa manera de liderar la acompañaría durante toda su vida: escuchar, entender, organizar y no perder de vista el propósito. Después pasó al Hospital Regional del Socorro, su tierra y más tarde a la Secretaría de Salud Departamental. Allí tuvo la oportunidad de conocer de cerca el sistema de salud en Santander, no desde la teoría sino desde el territorio.
Estuvo en distintos cargos porque le interesaba comprender cómo funcionaba el sistema y cómo, desde cada lugar, se podía buscar beneficio para las poblaciones. Uno de sus últimos cargos en ese periodo fue coordinar en Santander la estrategia de atención primaria en salud.
Entonces recorrió el departamento. Conoció veredas, municipios, caminos. Trabajó con promotoras de salud que sabían quién vivía en cada casa, qué familia necesitaba atención, dónde había una madre gestante, un niño sin vacuna, un adulto mayor enfermo. Los equipos no se quedaban solo en el hospital local o regional. Iban hasta las veredas.
“Me conocí todo el departamento con sus veredas”, dice.
En esos recorridos iban médicos, personal de saneamiento ambiental, vacunación, estadística y otros profesionales. Era, como ella lo recuerda, un equipo interdisciplinario valiosísimo. La gente recibía atención en lugares donde casi nunca llegaba.
“La población realmente recibía una atención ahí a donde no le llega nunca. Le llegábamos con el equipo”.
Después de 18 años en el sector público, con todo ese bagaje encima, apareció otro reto. Una amiga muy querida, también socorrana, la invitó a diseñar y crear un programa de enfermería para una universidad de Santander.
Myriam pudo decir que no. Ya existían otros programas. Estaba la UIS, su alma mater. Había un camino complejo por delante. Pero aceptó.
Lo asumió a pulso. Durante meses trabajó día y noche, convocó expertos en medicina, sociología, psicología, biología y otras áreas, tomó referentes de atención primaria (incluida una experiencia académica con la Universidad de La Habana) y sumó lo aprendido en años de territorio.
Su propósito no era competir ni demeritar a nadie, sino crear un programa pertinente, innovador y profundamente humano. Por eso diseñó, de manera paralela, la formación clínica y comunitaria por etapas de vida, desde la niñez hasta la adultez. Quería formar enfermeros capaces de entender al paciente en su contexto: donde vive, trabaja, crece y se desarrolla.
Durante 28 años lideró ese proyecto con una convicción que repetía como brújula ética: prefería formar mejores personas, con conocimientos, antes que profesionales impecables pero incapaces de reconocer el dolor ajeno.“Para mí era fundamental. Les decía siempre a mis profesores y a mis estudiantes: prefiero una mejor persona, un mejor ser humano que egrese de este programa con conocimientos, pero que sea mejor persona”, afirma.
“No es formar para que hagan este procedimiento tan perfecto. Claro que hay que aprenderlo, hacerlo muy bien, con responsabilidad, pero sabiendo a quién se le está administrando ese procedimiento, ese servicio: a una persona, a un ser humano. No olvidar eso jamás”.

Esa fue una de sus grandes luchas: que la calidad académica no desplazara el sentido humano del cuidado.
Myriam sabía, sin embargo, que los sueños también debían sostenerse con resultados. La primera promoción egresó en 2004 y, cuatro años después, el programa obtuvo la acreditación nacional de alta calidad, el primero de la institución en lograrlo.
Luego llegó el reto internacional. Invitada a Paraguay como representante de Colombia en el sistema Arcusur-Mercosur, participó en la construcción de lineamientos para acreditar programas de enfermería en Sudamérica. Entonces se preguntó: si ayudaba a crear esos criterios, ¿por qué no presentar también su programa?
Lo hizo. Y lo logró.“Mi programa debía tener también una respuesta a nivel global que les permitiera a mis egresados transitar por el mundo. Porque es que somos enfermeros globales. El que sufre una enfermedad acá en Bucaramanga la puede sufrir en cualquier parte del mundo”, dice.
Cuando dejó el proyecto, lo entregó acreditado nacional e internacionalmente, y con generaciones de egresados que hoy ejercen en Santander, Colombia y otros países, incluso como enfermeros registrados en Estados Unidos.
Para Myriam, ese es uno de los mayores regalos de su vida profesional. “Mis egresados, digo mis egresados porque aún lo son y lo seguirán siendo, son apetecidos en el mercado”, dice con orgullo.
Su liderazgo también trascendió el programa. Fue presidenta de la Asociación Colombiana de Escuelas y Facultades de Enfermería durante dos periodos y hoy es vicepresidenta de una asociación internacional del sector.
Desde esos espacios ha defendido una convicción que resume su historia: la enfermería es ciencia y técnica, pero también presencia y humanidad.
Cuando habla de Santander, Myriam lo hace con la serenidad de quien sabe que abrió caminos para colegas, estudiantes y comunidades. Reconoce que no lo hizo sola, pero hay algo profundamente suyo en esa historia: la capacidad de no soltar.
“Yo pienso que somos mujeres recias, especialmente las socorranas. Somos mujeres absolutamente líderes por naturaleza”, dice.
Esa reciedumbre, en su caso fue saber hacia dónde ir, sostener un proyecto, formar estudiantes, acreditar procesos e insistir en que la salud no puede perder humanidad.















