Región
Miércoles 13 de mayo de 2026 - 01:30 PM

Hoy es un día especial: ser santandereano, identidad que nace del corazón

La santandereanidad vive en la gente, los sabores y la memoria de su tierra.

La esencia santandereana vive en cada “dígame” y en cada abrazo sincero.
La esencia santandereana vive en cada “dígame” y en cada abrazo sincero.

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En Santander la identidad no se aprende: se hereda. Viene en la voz fuerte del abuelo que no tutea, en la mirada firme de la madre campesina, en el “dígame” seco pero cordial que abre cualquier conversación en una tienda de pueblo o en una esquina de Bucaramanga.

Ser santandereano no es solamente haber nacido entre montañas; es cargar una manera particular de caminar el mundo, con carácter, con orgullo y con una franqueza que a veces parece dura o recia, pero que siempre nace del corazón.

Santander: raíces fuertes, palabra firme y orgullo incomparable.
Santander: raíces fuertes, palabra firme y orgullo incomparable.

Cada 13 de mayo, cuando se conmemora el Día de la Santandereanidad, nuestro departamento vuelve la mirada hacia sus raíces. Y basta recorrer sus caminos para entender que la historia de esta tierra se encuentra escrita en la piedra de los cañones, en el curso bravo de sus ríos y en la memoria de sus pueblos coloniales.

El Cañón del Chicamocha es uno de los destinos preferidos en Santander. //Foto: Tomada de Internet
El Cañón del Chicamocha es uno de los destinos preferidos en Santander. //Foto: Tomada de Internet

Santander es montaña y páramo, es niebla y sol ardiente, es la fuerza de una geografía que moldeó el temple de quienes la habitan.

Dicen que hablamos recio. Y es cierto. Hablamos con las manos, con la mirada, con el pecho erguido. Las palabras aquí no pasan tímidas: se pronuncian con convicción, como si cada frase necesitara dejar huella. Tal vez por eso la santandereanidad también se siente en la música de una guabina, en un bambuco que resuena entre calles empedradas o en los versos inmortales de la “Campesina Santandereana” de José A. Morales, esa canción que parece abrazar el alma de la región.

Pero Santander también entra por los sabores. El mute humeante sobre la mesa familiar, el cabrito preparado con paciencia, el cuchuco compartido entre amigos, la carne oreada secándose al sol y el bocadillo veleño envuelto en hoja de bijao son mucho más que platos típicos: son símbolos de pertenencia. Lo mismo ocurre con la tradicional Kola Hipinto, inseparable de las tardes cálidas y de las conversaciones largas en cualquier plaza del departamento. (Lea además: Los dichos de los santandereanos, ¡mucho lo bueno!)

La memoria santandereana también vive en sus monumentos. Allí está la imponente Estatua Ecuestre del Libertador Simón Bolívar recordando que esta tierra fue protagonista de las luchas independentistas. Porque Santander no solo ha sido escenario de historia: ha sido cuna de valentía. Desde las antiguas culturas Guane y Yariguí hasta las gestas libertadoras, el territorio ha conservado un espíritu rebelde y trabajador.

Y si existe un lugar donde toda esa identidad parece reunirse, es el Parque Nacional del Chicamocha. Entre el vértigo del cañón y la inmensidad del paisaje, el visitante comprende que Santander no es únicamente un destino turístico: es una experiencia cultural completa, una tierra que se cuenta a sí misma a través de su naturaleza y de su gente.

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Monumento a la Santandereanidad. (Foto suministrada / VANGUARDIA)
Monumento a la Santandereanidad. (Foto suministrada / VANGUARDIA)

Durante la colonia, la región prosperó gracias a la agricultura y la ganadería. Más tarde llegaron la industria textil y el desarrollo económico que hoy convierte al departamento en uno de los motores del país. Sin embargo, más allá de las cifras, la riqueza santandereana sigue estando en sus habitantes: hombres y mujeres laboriosos, honestos y profundamente enamorados de su tierra.

La santandereanidad se expresa en la hospitalidad del campesino que ofrece café sin preguntar, en la solidaridad de los pueblos que se unen ante la dificultad y en la dignidad de quienes trabajan desde el amanecer. También vive en la literatura, en las tradiciones indígenas y afrodescendientes, y en la capacidad de mantener viva una identidad pese al paso del tiempo.

Ser santandereano es llevar en la sangre la fuerza de la montaña y en la palabra la sinceridad de una región que nunca aprendió a disfrazarse. Es sentir orgullo cuando suena una guabina, cuando el aroma del mute invade la cocina o cuando alguien, con tono firme y amable, responde simplemente: “dígame”.

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