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Martes 19 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Santurbán (2) Error de origen, salida del bucle

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ostumbre se unifican expedientes bajo una sola etiqueta geográfica —como agrupar en un mismo análisis a la provincia de Soto Norte con las dinámicas agrícolas de Norte de Santander—, respondiendo más a necesidades de organización institucional que a las particularidades del territorio. Sin embargo, para que el diálogo sea verdaderamente transformador y rompa la inercia de la parálisis, es indispensable caracterizar cada microterritorio desde su propia realidad humana y técnica. Si el problema no se desagrega desde su origen, las soluciones pueden perder vigencia antes de ser aplicadas.

La primera gran oportunidad de mejora metodológica es reconocer que la montaña no es monolítica, ni siquiera en el comportamiento y registro de sus recursos esenciales. El monitoreo oficial del Índice de Riesgo de la Calidad del Agua (IRCA) aporta una evidencia técnica valiosa que va más allá de los promedios numéricos; las matrices de datos de Soto Norte evidencian asimetrías profundas, donde los “silencios” institucionales —meses sin muestras— y los registros de 0,0 en Tona o Matanza contrastan con los picos de riesgo en California y Vetas.

Estos vacíos y comportamientos numéricos no son homogeneidad ambiental, sino que exponen las diferencias en la capacidad operativa, técnica y de control de cada municipio, demostrando que no es viable abordar la conflictividad de la misma manera en las zonas de arraigo minero tradicional que en los territorios con vocación mayoritariamente agrícola o de provisión hídrica.

Tratar a la provincia de Soto Norte como un bloque homogéneo plantea un desafío para la efectividad de las acciones institucionales. Cada municipio posee su propia cuenca relacional, sus dinámicas socioeconómicas particulares y una forma única de interactuar con su entorno. Cuando los espacios de concertación se convocan bajo enfoques globales, se corre el riesgo de diluir las legítimas preocupaciones del campesino custodio o del pequeño minero tradicional dentro del debate macropolítico de los centros urbanos. La urgencia local por la seguridad jurídica y la protección del mínimo vital de subsistencia requiere canales de interlocución con un zoom de alta definición, capaces de sintonizar con la microrealidad de cada población.

El Acuerdo de Escazú exige una pedagogía social basada en la claridad técnica y el respeto a los contextos locales. Para que la protección de Santurbán sea sostenible, las instituciones deben superar las fórmulas universales y conectar las directrices nacionales con la microrealidad de cada municipio, entendiendo que las soluciones efectivas no dependen de medidas uniformes, sino de la capacidad de escuchar y atender el pulso real de cada cuenca.

Reconocer diferencias y desagregar la agenda es el primer paso para construir un diálogo verdadero, donde la protección de los ecosistemas estratégicos sea plenamente compatible con la dignidad humana de las comunidades que siempre han habitado la montaña.

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