A comienzos de 1953, en esa añorada, apacible y entrañable Bucaramanga de entonces, la que quizás no llegaba aún a tener doscientos mil habitantes, siendo yo un niño, pasaba con frecuencia frente a la casa de una familia amiga de mi madre, la de Merceditas Barrera y Rafael Correa (padre), quienes, junto a sus dos hijos, vivían en el centro de la ciudad, cerca de mi casa paterna; en ese entonces, los dos Correa Barrera, Rafael y Mario, eran ‘coca colos’ bumangueses que cursaban estudios en el colegio San Pedro Claver.
Pocos años después, primero Rafael y luego Mario, tomaron camino hacia Medellín a estudiar Derecho en tal ciudad. Corrieron los años y, décadas más tarde, cuando regresé a asentarme en Bucaramanga, encontré a Mario Correa Barrera ejerciendo el Derecho con brillantez, destacándose en el foro bumangués por su lucidez y elocuencia, por la exquisita forma y agudeza con que planteaba sus argumentos en las audiencias públicas. Mario, años más tarde, se trasladó a Medellín y allí vivió hasta su fallecimiento.
Rafael, de porte elegante, buen vestir, caballeroso y pausado, era figura del partido Conservador y sus modales, inteligencia y sensatez hicieron que brillara en la actividad política. Desempeñó diversos cargos públicos y estuvo en el servicio exterior de Colombia; luego regresó a Bucaramanga y mucho de su tiempo lo dedicó a algo que le fascinaba: leer, informarse, compartir con sus amigos, ser grato contertulio y agudo analista de los hechos políticos. Rafael fue de terso vivir, lejano a las pasiones ideológicas; analizaba cada hecho con profundidad y acierto.
La vida fue logrando ese hecho exquisito que es que, a medida que los años pasan, vamos casi que volviéndonos contemporáneos de aquellos que en nuestra infancia eran mayores que nosotros. Ese hecho se dio y pude degustar plenamente la amistad de Rafael Correa Barrera, conocer su pensamiento y el terso proceso intelectual que vivió al irse, lenta e imperceptiblemente, alejando de muchas de sus posiciones de conservador raizal y mirar con interés ideas que estaban en un lugar ideológico distinto al del partido en el que había militado. Fue muy interesante el proceso de su pensamiento. Mucho gocé oyendo sus exposiciones en paliques en los que expresaba su opinión sobre hechos y gentes.
En días pasados, quienes le apreciábamos, con tristeza nos enteramos de que Rafael Correa Barrera había dado al viejo Caronte su óbolo y le había pedido que le llevara en su barca al otro lado del río de la muerte, y ya embarcado, lentamente se perdió en la lejanía rumbo al lugar del que no se regresa. Gracias por tu exquisita amistad y bonhomía, apreciado Rafael.












