El poder de la naturaleza, sumado a programas de protección y conservación fueron claves para recuperar un valle de frailejones azotado por un incendio en Santander.
Este miércoles se cumple un año de la tragedia en la que las llamas hicieron arder el páramo de Berlín durante cerca de 72 horas. Aquel 22 de enero de 2024, cientos de frailejones, a lo largo de cerca de 45 hectáreas de un predio ubicado en la vereda Ucatá de Tona, quedaron a merced de la tragedia. Lea también: Declaran calamidad pública en Los Santos por falta de agua
Cuerpos de Bomberos, campesinos, Ejército, Policía, voluntarios y hasta helicópteros fueron claves para liquidar el fuego.

Aunque se creía que el fuego había acabado con el valle de frailejones, con el pasar de los días el ecosistema se fue recuperando hasta reverdecer. Un año después, autoridades revelan las estrategias que se utilizaron para recuperar el predio, vegetación y fauna afectados.
De acuerdo con el gerente del Acueducto Metropolitano de Bucaramanga, amb, Juan Carlos Suárez, “desde el momento en que logramos apagar el incendio, activamos una estrategia basada en nuestras acciones de conservación”.
Suárez Muñoz dijo que lo primero que se hizo fue aislar la zona para evitar que personas ingresaran al terreno, que en su momento estuvo en ‘cuidados intensivos’. “Contratamos a personas residentes de la zona para instalar 1.588 metros de cercas perimetrales, lo que permitió aislar por completo el área afectada y protegerla de posibles intervenciones externas”, indicó el directivo.
El segundo paso fue adelantar un monitoreo constante de la vegetación que se quemó, incluidos los frailejones. Según el gerente del Acueducto, “implementamos un proceso de seguimiento mediante parcelas distribuidas de forma aleatoria. Este monitoreo se realizó en colaboración con la academia, lo que permitió evaluar el comportamiento de la vegetación en el área afectada”. Le puede interesar: El milagro de la naturaleza: Así se ven los frailejones un año después del incendio
Paralelo a dicho monitoreo, el amb aseguró que se analizaron especies vegetales predominantes en el área afectada, tomando como referencia un ecosistema cercano que no se afectó durante el incendio. Tras este inventario vegetal, se recolectaron semillas, se germinaron en un vivero de la entidad y luego se trasplantaron a la zona afectada.

Por su parte, la naturaleza hizo su tarea. Durante el incendio, estas plantas cerraron sus hojas más grandes y protegieron a las más tiernas, las que acababan de nacer, con la esperanza de que se salvaran.
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Las lluvias que cayeron durante los primeros días de febrero de 2024 hicieron el ‘milagro’. Las gotas cayeron sobre las hojas más altas e hicieron que se abrieran para captar el agua que recibían. Los penachos de los frailejones se abrieron y estas plantas recuperaron su color y su imponencia. Vea además: Perdieron todo en grave incendio en Sabana de Torres y ya tienen un techo
El Ejército, tras la emergencia, asumió las veces de guardián de la zona. Para entrar al sitio hay que pasar frente a un puesto de control que da acceso a la base del Picacho y donde siempre hay uniformados armados.
La comunidad también fue clave en este proceso y es quien hace el llamado urgente a que estas fábricas de agua se protejan con ‘uñas y dientes’. Para Orlando Velandia, presidente de la Junta de acción Comunal de la vereda Ucatá, la corresponsabilidad es entre los habitantes de páramo y los de las ciudades, porque “esto no es de nosotros, es de todo el mundo. Tenemos que seguir cuidando este páramo porque esa es la vida de nosotros, no solo de nosotros los campesinos, sino de las ciudades también”.














