Hurgando por los campos de El Peñón, en Santander, hallamos algunas de las puertas que llevan al corazón de la tierra: cientos y cientos de cuevas, cavernas, caminos y montañas que brinda una nueva oferta para el turismo.

Publicado por: Byron Pérez Solano
Hurgando por los campos de El Peñón, en Santander, hallamos algunas de las puertas que llevan al corazón de la tierra: cientos y cientos de cuevas, cavernas, caminos y montañas que brinda una nueva oferta para el turismo.
Somos intrínsecamente sociales, pero como sociedad somos un caos. No merecemos vivir donde vivimos y, cada tanto, olvidamos que este es el único lugar que conocemos. Y es hermoso…
Bello, como aquella puerta al corazón de la tierra en la capital folclórica de Santander, donde una cerradura nos permite acceder por una de tantas cicatrices entre sus montañas, sus cuevas, sus cavernas y sus miles de leyendas está escondido El Peñón, un municipio pequeño con un poco más de 5 mil habitantes, propietarios de estas tierras pintadas de verde y peñas blancas que le dan su nombre.

Lo que nadie cuenta es el frío que se siente, aunque entre tanta caminata uno no se da cuenta de los 2.600 metros de altura que, con los hermosos amaneceres y estos paisajes indescriptibles, no sabes qué es lo que te quita el aliento. Advertencia: lleven buen pulmón. Esta tierra no perdona un mal físico, pero le da la bienvenida a todos por igual.
Llegar a El Peñón es un poco complicado, pero que eso no los desmotive. Desde Vélez salen cuatro rutas diarias a ese destino. Las carreteras no están en sus mejores días y cuando llueve puede que se complique un poco más la llegada. Después de más o menos hora y media de recorrido desde Vélez, una gama de verdes increíbles le darán la bienvenida. Y justo ahí, prepárense a guardar el móvil y no sacarlo para nada más que tomar fotos porque la señal es escasa.

Una vez en el pueblo, no hay pierde: la zona urbana es muy pequeña y se compensa con el corazón gigante de su gente. Los peñoneros son atentos, serviciales y trabajadores. Su economía se basa en la ganadería, la agricultura, y hace unos años comenzaron a llegar muchos visitantes a conocer su riqueza geográfica. Son cientos y cientos las cuevas, cavernas, caminos y montañas para realizar actividades, como dijo don Guillermo, “que no sea pan pa’ hoy y hambre pa’ mañana”. Esa frase se la escuché a todos los que se dedican a guiar a los turistas. Hay muchas cuevas y cavernas, pero no a todas permiten acceso al público todo esto en pro de cuidar los lugares más delicados.

Pero hay muchas abiertas, todas con diferentes niveles de exigencia. No olviden ir preparados y con las botas pantaneras bien puestas. Entre las favoritas de todos los visitantes está La Tronera, conocida también como el corazón del mundo por su particular forma vista desde adentro para los amantes del rappel y lo extremo; la Cueva del Caracol; la Cueva del Indio, un lugar para conectarnos con nuestros antepasados con algunas ilustraciones rupestres; la Cueva del Oro; Las Golondrinas; Los Carracos, que es una cueva inmensa de varios niveles con pasos complicados que ponen a prueba hasta a los más expertos. Y para los amantes de los atardeceres y amaneceres, el Mirador de Panamá, que es el más conocido, y una ruta abierta de manera reciente: el Mirador de las Bromelias. Un consejo gratis: en Panamá los amaneceres son los mejores (lleven cafecito) y en las Bromelias, los atardeceres son la mejor hora para visitarlos.
Ah y en tendencia está el Bosque de Pandora. No es suficiente espacio para contar y, aunque muchos hablan de su parecido con los paisajes de Pandora en la película Avatar, no es así, que nunca lo fue. Nada se le puede parecer a este lugar.
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Entre todas, y desde mi punto de vista, es la ruta más fácil, menos agotadora y la más satisfactoria. Caminar entre esas columnas de piedra hace sentir insignificante a cualquiera ante tanta belleza. Toca fibras sensibles y personajes como ‘el Pirri’ (Guillermo Prieto), un periodista de aventura conocido por todos, no aguantaron las lágrimas y se dejó estremecer por el paisaje.
Pero estos espacios comenzaron a cuidarse un poco tarde; siempre debe haber pérdidas para comenzar a poner cuidado. Cerca de finalizar esta ruta, el guía nos comentaba de una especie de mico o mono pequeño que vivía en ese bosque. Nos habló sobre su naturaleza amigable y cómo se acercaba cómodamente a sus visitantes. Hasta que la naturaleza destructora de nosotros los humanos comenzó a cazarlos; no se sabe con qué excusas o con qué fin, alejando estas especies un poco más adentro de la reserva forestal.

Santander es infinitamente hermoso y debemos darnos a la tarea de recorrerlo de esquina a esquina y descubrir esos paraísos naturales de los que somos propietarios. Pero más importante que eso, debemos ser respetuosos con esos regalos que nos da la naturaleza. Somos los únicos que, desde lo individual, podemos volver cultura general la protección de nuestros ecosistemas.
“Que no sea pan pa hoy y hambre pa mañana.”
















