Una familia de norte santandereanos aprendió -de manera empírica un poco y audiovisual otro- el arte de cultivar bonsáis, convirtiéndolo en su forma de vida.

Nariyoshi Kesuke Miyagi cumpliría 100 años el próximo 15 de noviembre de 2025, pero hace más de cuatro siglos que en Okinawa, Japón, sus antepasados hablan del árbol en la maceta, de la fortaleza de las raíces, parafraseando la solidez espiritual que el ser humano debe tener para enfrentar cada reto en la vida.
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La sapiencia detrás de esa leyenda se mantuvo oculta incluso después de que los Estados Unidos asaltaran la isla para tratar de convertirla en una base estratégica, buscando golpear la capital nipona como parte del teatro de operaciones del océano Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.
Los ejércitos aliados avanzaron desde Pearl Harbor, ‘ardidos’ por el bombardeo que los militares de la bandera blanca con el punto rojo en el centro, del Imperio del Sol, lanzaron cerca de Hawái, burlándose del ejército más poderoso del mundo.

Esa ofensa bélica desató la ira yankee a tal punto que Hiroshima y Nagasaki sufrieron el rigor de la bomba atómica cuando Okinawa —con los reyes del sake rendidos— comenzaba a sepultar 100 mil cadáveres.
El recuerdo de Karate Kid
Ah, pero Edinson Torrado escuchó hablar por primera vez de los árboles en los recipientes (eso traduce Bonsái) cuando ya Daniel San le oía a Miyagi los relatos del porqué eran tan fuertes esas plantas ‘obligadas’ a ser enanas por siempre.
Pat Morita (como en realidad se llamaba el actor que eternizó al señor Miyagi) fue quien acuñó en alguna parte de la memoria de Edinson lo que recitaban los libretos de Karate Kid cuando la saga eterna se estrenó en la gran pantalla en 1984.
El ‘secreto’ que devela el arte de cultivarlas le fue revelado por Jorge Aurelio Torrado, su padre, quien también lo había escuchado del abuelo en este lado del mundo, en Norte de Santander.
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Para los Torrado, no fue un tema de película, sino una filosofía de supervivencia, porque concentraron sus esfuerzos en la adecuación de viveros especializados en estos diminutos vegetales, obligados a permanecer chaparros a fuerza del recorte permanente de sus ramas, la dosis exacta de agua y el área de expansión de su raigón.
Esos entornos mágicos creados en materas, como bosques que parecen sacados de Lilliput —la isla ficticia extraída de la mente de Jonathan Swift para que Gulliver se nos metiera en las fábulas de infancia—, ahora son móviles, errantes, viajan por Colombia en la caravana particular de los Torrado, quienes tienen su base arborícola en Fusagasugá, Cundinamarca.
Una parte de esa manigua pitufa que acarrean estaba dispersa esta semana de manera estratégica sobre la margen derecha de la carrera 38 con calle 51, en la frontera ‘cachetosa’ entre los barrios Cabecera del Llano y El Jardín de Bucaramanga, porque por ahí pasa gran parte de quienes saben que esas plántulas son idóneas en los reducidos espacios de las viviendas modernas.

Sobre la berma del edificio Bocamonte, como pasarela de un vivero muy particular, Edinson exponía mini guayacanes, carboneros, guayabos, pinos de estrellas, trinitarios y bugambilias veraneras con más de 14 años, cuyos precios oscilan entre $30 mil, $50 mil, $400 mil y $1 millón.
Su hermano, con otro jardín rodante, hacía lo mismo en Ruitoque, también hablando del Pino Sensei, el ‘original’, el propio, “el que peluqueaba el señor Miyagi en la película”, recita con orgullo Edinson, acariciando las robustas ramas de un arbolito que ya cumple 24 años en carretera sin que se le caiga una hoja, manteniéndose como símbolo de lo que los orientales anhelaron transmitir, ahora emulado por los hermanos Torrado en este bello, colorido y variopinto país: paz, armonía, tranquilidad…

















